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BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA 2002. MINOTAURO

La cuasi valentía

Silvia Calado Olivo. Sevilla, 8 de septiembre de 2002
Fotos: Javier Hurtado

Minotauro. Antonio Canales. Bailaoras: Mónica Fernández, Sonia Fernández, Laura González. Bailaores: Juan de Juan, David Paniagua, David Romero, Paul Vaquero, Antonio Sánchez. Cantaores: José Luis Carmona, Antonio Suárez, Guadiana, Luis Carmona, David de Morón. Guitarristas: José Jiménez, El Viejín, y David Cerreduela. Cajón: Sabú. Violín: Bernardo Parrilla. Flauta: Eloy Heredia. Guión: Lucho Ferruzzo. Diseño de iluminación y escenografía: Sergio Spinelli. Teatro Lope de Vega. Sevilla, 8 de septiembre de 2002. 21 horas.

Sin justificaciones. 'Minotauro' tenía que haber salido adelante por sí misma, presentarse con valentía ante el público sevillano, sí, en la Bienal de Flamenco. Antonio Canales optó, sin embargo, por reafirmar previamente el referente en un montaje de los de salir del paso titulado 'Noche de café cantante' y, después, lanzar el dardo con su nueva propuesta... que, como avisó, no dejó indiferente. "Yo he venido a ver flamenco". "Perdón por haberte traído". "Esto es la Bienal de Fla-men-co". "Lo que tiene que hacer es bailar". "No lo entiendo". Comentarios de esta guisa salían de un patio de butacas que, a pesar del desconcierto, fue respetuoso hasta el final con el artista.

Desconcierto. El sentimiento tiene su por qué: gritos, violencia, mal, ruidos, dolor, disparos, sustos, máquinas, ángulos, poco flamenco... del evidente. La declaración de intenciones de Antonio Canales ya exponía que en esta "adaptación libre del mito del Minotauro, me he permitido no tener ataduras y contar la historia de un hombre atormentado, víctima de los pecados ajenos". Dicho y hecho.

El bailaor sevillano -en excelente forma, por cierto- tomó de un buffet libre de recursos escénicos y musicales, toda la apoyatura de este hilo argumental. De la parte musical pendían rarezas como canciones de la cantante islandesa Björk, creadas para la banda sonora de la película de Lars Von Trier 'Bailar en la oscuridad', demoníaco guitarreo trasmetal, griots del poniente africano refrescados, naturaleza... Y, por supuesto, flamenco: en directo, brillante Guadiana al cante, dando pinceladas de su segundo disco 'Brillo de luna' (Nuevos Medios, 2002), por ejemplo, en la seguiriya; y enlatado... corrió por cuenta de Miguel Poveda la bulería en comandita de la borrachera que cierra su trabajo 'Zaguán' (Harmonia Mundi, 2001). De la parte escenográfica destilaban know how y buenas ideas en la luz, siempre enfatizando la trama con matices y gusto, y en el decorado, recreando ese ahogante mundo de las máquinas pletórico de cadenas. De la parte dancística manaba novedad formal, aciertos coreográficos en el manejo del grupo, danza más allá de la flamenca (llámese clásica, contemporánea o étnica inclusive) y hasta ciertos momentos de buen baile. De la escenificación-interpretación-teatralización, cierto regusto a topicazo en situaciones ya tópicas: la pelea, la borrachera, el desafío, la salvación. Y del general, tensión, intensidad y sorpresa, lo cual tiene el innegable valor de lo excepcional en carteles del género.

El desconcierto del público era mascable cuando cayó el telón. No todos se pusieron en pie, ni siquiera todos aplaudieron. Ya lo habían hecho antes, cuando Antonio Canales se justificaba en aquel metaescenario con faroles de burdel en el que no había nada que explicar... ni motivos para el desconcierto.

revista@flamenco-world.com

 

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