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Israel Galván
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ISRAEL GALVÁN. ‘ARENA’.
XIII BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA 2004

Deconstrucción

Silvia Calado. Sevilla, 3 de octubre de 2004
Fotos: Daniel Muñoz

‘Arena’. Israel Galván: baile y coreografía. Enrique Morente, Diego carrasco, Diego Amador, Miguel Poveda, Cuarteto de Percusiones de la Orquesta Joven de Andalucía, Banda Los Sones: colaboración especial. Alfredo Lagos: guitarra. José Anillo: cante. Isaac Vigueras: percusión. Bobote y Eléctrico: palmas. Mercedes Bernal: Gaita del Gastor. Dirección artística: Pedro G. Romero. Dirección escénica: Belén Candil. Teatro de la Maestranza. Sevilla, 3 de octubre de 2004. 21 horas. XIII Bienal de Flamenco de Sevilla 2004.

‘Bailador’, el toro que mató a Joselito el Gallo en 1920. Coreografía primera. “La tarde que mataron al Espartero, Belmonte que era un niño se quedó quieto”. Canta Enrique Morente desde el tendido-pantalla. Y le recoge el cante en el ruedo el banderillero Miguel Poveda. Israel Galván se queda quieto. Lleva pantalones cortos por la rodilla, está descalzo y no se mueve. Un brazo viene a la vida, una mano, un talón, los dedos de los pies... Torea. Y se oyen sus jadeos. La guitarra suena por malagueñas. El cante se fractura en sílabas. Poses antiflamencas y antitaurinas, como caricaturas de la vida. La médula del baile al descubierto. Soleá. Caña. La música en el lado referencial. La iluminación ‘caravaggiesca’. Silencio. Reflexión.


Israel Galván

El audiovisual curiosea por el tendido, mostrándolo violento, bárbaro. El mensaje se ha dado: “El público es la muerte”. Y hay que mostrar al asesino. Vuelve al cante el ‘Granaíno’, como el astado que quitó la vida a Ignacio Sánchez Mejías en 1934. Por supuesto, Lorca. El llanto. La básica manera de proyectar el verso sobre un óvalo verde rompe la estética de las sombras de los percusionistas sobre el telón blanco de fondo. El centro de atención está en la arena. Israel Galván y una mecedora metálica. El bailaor y el toro de prácticas. El torero, el toro, el artista, el pensamiento, la muerte. El grito en la chapa, el chirrido como mal presagio, el debate vital. Angustia. Balanceo. El equilibrio en el abismo. El movimiento del bailaor está libre de etiquetas. Libre. Atonal. Desinhibido. A las cinco de la tarde.

Otra vez los asesinos. Otra vez el cante desde el tendido-pantalla. ‘Pocapena’, tercera coreografía, el toro que mató a Manuel Granero en 1922. La deconstrucción de la alegría. Una gaita de cuerno de toro. Al público le suena irrisorio. El cuadro flamenco a escena. Cante, guitarra, palmas. Y el bailaor... tonal, concreto. Oles. Música y movimiento departen con soltura, se entienden, se retan. Cortes, silencios y vuelta al baile con saber y sabor, pleno de detalles y matices. El público estalla en una ovación.

Tendido-pantalla. Enrique Morente sentencia: “Es el que mejor torea porque ha matado a su sombra”. Ni sombras, ni tinieblas. ‘Burlero’. La luz roja y, vestido de rojo, Diego Carrasco. Chuflillas por bulerías. La voz medio perdida. El bailaor entre él y el burladero construido con palmeros. Baile por bulerías. Un paréntesis en la abstracción. “La pata p’alante y sobre la pata, todo el cuerpo”. Y así lo escenifica Israel Galván, bailando con todo el sentido, exteriorizándose. El respetable se divierte. Y ríe y ole. “Si yo tuviera que tomar, tomar la alternativa, que me la dé Israel Galván”. Cada lance lleva un aplauso adosado. Y al final, la ovación.

Enrique Morente e Israel Galván son también público. Otro cante. “Ese toro que está parado en medio del ruedo, me está diciendo que yo, debería seguir su ejemplo”. Metamorfosis. De bailaor a toro. De torero a toro. Diego Amador se sienta al piano. Seguiriyas. Israel Galván arrastra la pata sobre el albero. Pedro G. Romero, omnipresente en cada segundo de la obra, ha querido darle a esta coreografía aún más trascendencia de la que por sí tendría, intervencionista, acotando la libertad de interpretación: “Campo de concentración. Holocausto. Israel y Palestina. El muro de las lamentaciones y el muro de la vergüenza”. Soledad. Desesperación. Lucha inútil ante un final inamovible. Agonía. Demencia. Embestidas contra el muro-burladero. A cabezazos marcando el compás plañidero. Entendimiento entre piano y bailaor. Expresividad afín. Densidad. Intensidad. Hasta casi desfallecer.

Sexta coreografía: ‘Cantinero’. Penúltimo cante del maestro Morente. “Cuando se está toreando no se está engañando al toro, se le está desengañando”. Banda de música. Pachanga y réquiem. Matador. El bailaor asesta puñaladas. Coloca sendos cuchillos a los lados de sus botas. Zapateado asesino. Otro cuchillo en la boca. Circense. Parodia. Ridículo. La sevillana se queda en los remates de cada copla, de pie sobre una mesa metálica. Para trascender la trascendencia, el director artístico apunta hacia “la leyenda del Guernika de Picasso, que empezó a fraguarse en los apuntes de una suelta de vaquillas”. Saltos. Palmadas. Sin botas. Descalzo el bailaor para el último cante. Deconstrucción final del movimiento. Ovación final. Quizás, si como ‘Galvánicas’ o ‘La metamorfosis’ muere en el estreno, sea la única ovación que reciba este nuevo envoltorio artístico contemporáneo ideado por mor de la coartada del bailaor de vanguardia. Un deseo. Que no sea por egoísmo creador por lo que se prive al mundo de este genio del movimiento.

revista@flamenco-world.com

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