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ESPERANZA FERNÁNDEZ.
‘EVOCACIÓN’
XIII BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA 2004
Íntimo
Silvia Calado. Sevilla, 8 de octubre de
2004
Fotos: Daniel Muñoz
‘Evocación’. Esperanza
Fernández: cante. Curro Fernández, Pedro
Peña, José de la Tomasa: cantaores invitados.
Miguel Vargas: bailaor invitado. Manolo Franco, Miguel Ángel
Cortés: guitarras. José Manuel Ramos, Luis Peña:
palmas. Vicky Brkic, Luna: baile. Teatro Lope de Vega. Sevilla,
8 de octubre de 2004. 21 horas. XIII Bienal de Flamenco de
Sevilla 2004.
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Esperanza Fernández |
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Aún con Carmen Linares en el paladar, otro recital
vino a subrayar la excelente salud del cante femenino. Esperanza
Fernández evocó a su estirpe, a Triana, a Lebrija
y a los grandes creadores del pasado en un recital íntimo
y sosegado, sencillo y correcto. La cantaora sevillana tejió
cada cante con entereza y sensibilidad, acentuando esa otra
cara introvertida de su voz y su actitud, pulcramente flamenca
esta vez (que a la Bienal también ha venido con jazzeros
y clásicos y...). Y como por sentirse más arropada,
salió rodeada de los suyos, de su padre Curro Fernández,
Pedro Peña y José
de la Tomasa, en calidad de artistas invitados. Junto
a este añejo trío cantaor comenzó el
concierto, los cuatro alrededor de una mesa, al golpe, por
soleá. Todos a media voz, como sin molestar. Y la dejaron
sola, para que continuara y recreciera el cante, secundada
por la guitarra de Miguel Ángel Cortés. El cante
manando lento, dejándose paladear, tímido aún
el ‘crescendo’. La sonorización, en contra.
De pie espera al bailaor invitado, Miguel Vargas, su marido.
Sobre el vestido color oro viejo, con semicola de volantes,
se coloca con aire el bellísimo mantón bordado.
Y le dice al magro baile una farruca con la que quiere rendir
homenaje ‘A la Niña
de los Peines’, cantaora a la que evocaría
alguna vez más a lo largo del concierto. Dos velocidades.
Dos calidades. De bailaor a palmero, uno de tres. Compás
de alegrías. Y en lugar de las cantiñas de Pinini
habituales, unas romeras dedicadas ‘A Antonio
Mairena’. A dos guitarras, sin entenderse bien ambas.
Ella, la cantaora, en el centro. Y de allí, a la malagueña
(adaptada por José de la Tomasa), un estilo que también
se sale de su repertorio y que defendió con total solvencia.
La guitarra clasicista de Manolo Franco entra tremoleando,
fino encaje. Ortodoxa la guitarra, ortodoxa la cantaora...
parsimoniosa, sensible. Llega el abandolao y la sonanta no
la sabe alzar, le absorbe la energía. Y la malagueña
ha de resolverse hacia dentro.
Miguel Vargas |
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La seguiriya, también del sobrino nieto de Manuel
Torre, insistió en el recogimiento, en Triana y
en sus cantes de fragua. Plena de facultades, bordó
el cante. Y el público siguió profesándole
inmenso respeto. No se oyeron más que la voz y la guitarra,
hasta el cerrado aplauso final. La transición hacia
la Esperanza Fernández extrovertida, la de la fiesta
y el apunte de baile, vino por medio de los tientos tangos,
ese palo que le es connatural. Ella se torna entonces expresiva,
más comunicativa con la audiencia. ‘A mi abuelo
El Vega’. Escala en Lebrija, de donde es la mitad de
su familia. La guitarra de Cortés quiere también
cantar y también sacarle oles al público. La
voz levanta el vuelo, en paralelo. “Sentadita en la
escalera, esperando el porvenir y el porvenir nunca llega”.
Pero la subida no continúa. Vuelta hacia dentro con
la granaína ‘La Alhambra de noche llora’,
vuelta a la exploración de otros territorios. De fondo,
dos bailaoras de manos, brazos y poses. Cálida la luz,
tan tenue siempre en este teatro. Y ya la subida final, por
bulerías. ‘A Lebrija’. Entran las dos guitarras,
para darle tiempo a cambiarse el vestido, rosado ahora, pero
se traba el entendimiento. Letra. Baile. Letra. Baile... Coplas
del pueblo. Cuplé: ‘A tu vera’. La media
naranja. La naranja entera. Entrega total. Toda la escena
para su cante-baile. El público estalla en una ovación.
Y se le devuelve con un bis antifiesta, una ronda de tonás
a cargo de los invitados y la cantaora. “¡Cuánto
vale ese cuadro!”.
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