|
PACO DE
LUCÍA. ‘COSITAS BUENAS’.
XIII BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA 2004
Paco de Lucía
y los humanos
Silvia Calado. Sevilla, 14 de septiembre
de 2004
Fotos: Daniel Muñoz
‘Cositas buenas’. Paco
de Lucía: guitarra. Duquende, Montse Cortés,
La Tana: cante. Niño Josele: segunda guitarra, percusión,
palmas. Piraña: cajón. Alain Pérez: bajo.
Antonio Serrano: armónica, teclado. Auditorio de la
Cartuja. Sevilla, 14 de septiembre de 2004. 22 horas. XIII
Bienal de Flamenco de Sevilla 2004.
Seis años habían pasado desde que Paco de Lucía
actuara por última vez en Sevilla. Y Sevilla lo esperaba.
Seis mil personas de toda condición llenaron, a pesar
del elevado precio de las localidades, todo el aforo del Auditorio
de la Cartuja, un espacio al aire libre, herencia arquitectónica
de la Expo’92. Desde una hora antes de que comenzara
el concierto, la ‘isla’ era un hervidero de fans
-entre ellos, muchísimos artistas flamencos, sobre
todo, guitarristas- que gradualmente fueron colmando el espacio.
Cuando Paco de Lucía hizo aparición en el escenario,
el auditorio se estremeció, enloqueció. Todo
fue tomar asiento el maestro y blandir la guitarra, y un silencio
sepulcral invadió el foro. Fenómeno sobrenatural.
Paco de Lucía |
|
| |
|
Con el palmeral que siempre lo enmarca como única
escenografía, será por tener cerca a la inspiradora
tierra de Yucatán, entró en faena rescatando
de su amplísima discografía la rondeña
‘Mi niño Curro’ (‘Siroco’,
1987). Desde la primera nota quedó claro que este músico
pertenece a otra galaxia, a otra dimensión. Como dice
Tomatito, “está Paco y después estamos
todos los demás”. La música brota de no
se sabe qué mágico lugar, como obra de hechicería.
Lo mínimo, lo máximo. La delicadeza, la fuerza
animal. Toda la variedad de matices de la que es capaz la
música va intrínseca a esas manos... a esa mente.
El público va reaccionando del ‘shock’
inicial y algunos ya gritan ‘oles’, ‘pacos’
y ‘maestros’. Impresionante.
Como por tomar contacto con el mundo, se hace acompañar
de humanos que cantan y marcan el compás. ‘Antonia’,
bulería por soleá, trae el primer tema de ‘Cositas
buenas’. El ritmo que encierra esa guitarra no es de
aquí. Duquende, Montse Cortés y La Tana hacen
coros. Piraña y Niño
Josele (sí, sí, el guitarrista) mantienen
el ritmo, multiplicando un mismo patrón. Y el maestro
sabe replegarse, escucharlos. La bulería continúa
brotando de su guitarra deconstruida, fragmentada, como vista
desde las entrañas. Y cunde el frenesí en la
grada. Él los arenga con otro tema por bulerías,
con otro planeta. Estratosférico total. Sonríe,
disfruta. Y sus manos se pierden en el primer plano de las
pantallas gigantes. Qué inmensidad en ese reinventarse
de cada instante. Qué manera de naturalizar las piruetas
que en otros serían mero fuego de artificio. Cómo
cambia de registro para sumergirnos en las honduras de la
soleá del ‘Luzía’.
Nos lleva a donde quiere... y nos dejamos llevar. Esto es
un viaje a un lugar imposible, con escalas en una historia
musical propia y de todos. Alguien grita “¡Paco!”.
Paco contesta “¿Qué?”. Y participamos
de la broma, del ‘flash’ de humanidad. Es que
es un ser tranquilo. La primera parte del concierto toca a
su fin con la guitarra en ebullición, que nos penetra
cuan inyección de adrenalina. Éxtasis.
El paréntesis sirve para asimilar, en lo posible,
la experiencia. La segunda parte tiene otro tono. Los instrumentistas
de los que se rodea ahora Paco de Lucía no forman banda
y, por tanto, la música no es una vivencia, no hay
una interacción. Todo el mundo coincide en acordarse
del sexteto, ese en el que cada uno era en su instrumento
un ser estratosférico. Claro que así, Paco de
Lucía está aún a más distancia
del planeta tierra y todo lo obnubila. Incluso la producción,
que sorprende por lo parco de los medios audiovisuales, la
iluminación y la propia escenografía siendo
la estrella que es, teniendo la cotización que tiene.
El maestro se sigue mirando dentro, vuelve a mirarse en el
tiempo. ‘Sólo
quiero caminar’ viene a la guitarra con los aires
rumberos de ‘Palenque’. Fuego a discreción.
Los coros festivos, la armónica que replica la melodía
protagonista, el bajo que persiste en sí mismo, el
teclado ‘ochentero’ que afea. Y Duquende
que homenajea a ese Camarón de la Isla que lo tiene
poseído. “Suenan campanas del alba”. Suena
‘El Perol’. Y la guitarra cabalga sobre su cabalgar,
secundada por aires latinos. Cambio de tercio. Desde abajo,
va emergiendo pasito a pasito lo que será la bulería
‘Volar’. Y la va alimentando dosificadamente hasta
hacerla crecer. Todas las voces tienen su espacio. La armónica
recuerda ‘La Tumbona’. Más leña
al fuego, más sensaciones, más... Fiebre. ‘Cositas
buenas’ (2004) viene casi solo. Esa introducción
es de desmayo. El concierto sigue la misma línea que
llevaba, quizás ahora aún tienen más
papel el cante, siempre por fiesta. Paco de Lucía se
autorreferencia, ligando todos sus momentos, todas sus etapas...
que son, al tiempo, las referencias, los momentos y las etapas
del flamenco reciente.
| |
 |
| |
|
“Gracias. Aunque da mucha ‘jindama’, es
un gustazo tocar en Sevilla, ¡bendita tierra!”
Las palabras caen sobre el auditorio como una auténtica
bendición. Y ‘Ziryab’
(1990) es el santiguarse que reafirma a todos en esta fe.
Esta música sobrepasa la música, se va, se va
más allá. Es del cielo cuando manda la guitarra,
toca el mundo de los humanos cuando ellos la osan tocar. Y
para Paco de Lucía es como un juego. El público
pita, patea, hace palmas, grita. El divino se hace de rogar...
pero vuelve. Y lo hace con, claro, ‘Entre dos aguas’...
pero actualizado, revisitado con toda la sabiduría.
Treinta años de universalismo musical contenido en
una sola pieza. Treinta años de genialidad compensada
con el fervor de los humanos.
revista@flamenco-world.com
|