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CHARO CALA. ‘PARA
LAS SEIS CUERDAS’.
XIII BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA 2004
Soñar con los
ojos abiertos
Silvia Calado. Sevilla, 16 de septiembre
de 2004
Fotos: Daniel Muñoz
‘Para las seis cuerdas’. Charo
Cala: baile y dirección artística. Alfonso Zurro:
dirección escénica. El Junco y Carlos Cardoso:
baile. Juan José Amador, Enrique Soto, Inmaculada Rivero:
cante. Salvador Gutiérrez, Fernando María: guitarra
y música. Tete Peña, Roque: percusión.
Amadeo: contrabajo. David Moniz: violín. Mustelier:
vientos. Teatro Central. Sevilla, 16 de septiembre de 2004.
21 horas. XIII Bienal de Flamenco de Sevilla 2004.
Charo Lara |
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El Teatro Central, el espacio de las nuevas propuestas, abre
al fin un escenario a la décimo tercera edición
de la Bienal. Y lo hace con una artista novel en esto de ser
cabeza de cartel: Charo Cala. La bailaora sevillana, que pasó
del cuerpo de baile de la compañía de Cristina
Hoyos -que estaba allí como espectadora- a dedicarse
por entero a la enseñanza, ha querido dar un paso adelante
en su carrera y acometer una producción en solitario
para rendir homenaje a su padre, el guitarrista José
Cala ‘El Poeta’. Y para abordar este proyecto,
ha tenido a bien rodearse de colaboradores de primera línea
como el dramaturgo y director de escena Alfonso Zurro, los
cantaores Juan
José Amador y Enrique
Soto, el bailaor El Junco... ‘Para las seis cuerdas’
es una obra cuidada, en la que cabe, quizás con demasiada
holgura, el sencillo baile de una artista inspirada por su
propia biografía.
Comienza con un sueño, con una mirada al pasado y
al interior. Niebla, tenue luz (horror, de nuevo, para los
fotógrafos que cubren este festival) y ella recogida
en el suelo, con una cinta encarnada que cubre sus ojos. La
música, cercanísima al ‘5mujeres5’
de Eva Yerbabuena. Martinete, violín, palmas. Alrededor
de la mujer danza un bailaor. Y ella, al fin, se incorpora
con tan leve movimiento, que aún no alcanza a bailar.
Algo de brazos, algo de manos, algún paseo... y algún
recurso escénico que tapa lo que su técnica
no cubre. Lo mismo hace el cante de Enrique Soto, primero,
y de Juan José Amador, después, por seguiriyas.
La bata de cola no es tal, aparece en vano.
El riel de focos baja. Unas estructuras metálicas
abstractas ocupan la trastienda abierta, como recordando siempre
la irrealidad. Los diez músicos en escena -colocados
en diagonal en el lateral derecho del escenario- se relajan.
Actitud de compadreo. Estamos en un ensayo. Son los recuerdos
del teatro. El capítulo titulado a ‘el trabajo’
se evoca con cantes de trilla. Bailan El Junco y Juan Carlos
Cardoso con la protagonista, ellos más que ella. Ahora
llegan a su mente las giras. Como atrezzo, se coloca una fila
de maletas translúcidas. Dentro, un barco, una guitarra,
una fotografía en blanco y negro... Cardoso hace su
solo por tientos tangos. Baile dúctil, preciso, con
nervio.
Ahora ella escenifica ‘el mestizaje’, la ida
y vuelta de un artista que recorría el mundo enrolado
en las ‘trupes’ flamencas de entonces. Inmaculada
Rivero agarra con rabia la habanera. Charo Cala está
en escena. La voz en off vuelve a oírse: “Cuando
estás lejos, ¿te acuerdas de nosotros?”.
Y El Junco baila esta añoranza por soleá, con
ese templado y estilizado baile suyo que nunca llega a romper,
que tiene momentos brillantes como, esta vez, el baile sobre
la maleta de madera. Él es quien, de hecho, recibe
el único ole unánime de la noche. El espectáculo
toca a su fin. Con esa voz de dentro aludiendo a los consejos
y prohibiciones, se da paso a las bulerías. Otra vez,
el trío. Charo Cala está flanqueada por sus
dos bailaores invitados. Y entre ellos, rebosantes de enérgica
juventud, hace lo que puede. Vuelve el ambiente tenebroso.
La puerta de luz se abre. “No sueñes con los
ojos abiertos”. Y Charo Cala desobedeció.
Compañía de Charo Lara
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