|
LEBRIJANO. ‘LÁGRIMAS
DE CERA’.
XIII BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA 2004
Pasión... y
vida
Silvia Calado. Sevilla, 26 de septiembre
de 2004
Fotos: Daniel Muñoz
‘Lágrimas de cera’.
El
Lebrijano: cante. Pedro María Peña: guitarra.
Michel Laccarino: segunda guitarra. Alexis Lefèvre,
Faical Kourrich: violín. Nacho Gil: saxo soprano, clarinete
turco, lera y midi. Mangu Díaz: buzuki y glisentar.
Manuel Nieto: bajo. Antonio Coronel: percusión. Tete
Peña: cajón. Rosario Amador, Ana González,
Lucía Montoya, Morenito de Coria: coros y palmas. Teatro
de la Maestranza. Sevilla, 26 de septiembre de 2004. 21 horas.
XIII Bienal de Flamenco de Sevilla 2004.

El Lebrijano
‘Lágrimas
de cera’ es “un atrevimiento”. El Lebrijano
creó este disco hace ya cinco años. “La
discográfica Emi me encargó que hiciera un refrito
con los recortes de grabaciones de bandas de música
que tenía para sacar un disco de Semana Santa, pero
dije que no me valía, que prefería hacer un
disco desde cero”. Y resultó, según las
propias palabras del cantaor, “un avance de mis sentimientos
hacia delante”. El asunto era delicado, habida cuenta
del fervor religioso que Sevilla profesa. El Lebrijano lo
resolvió a su modo, sin amedrentarse. Y en lugar de
tirar de cornetas y tambores, buscó sonidos y voces
de otras latitudes exentos de prejuicios y presiones. Y en
lugar de saetas, canta a la virgen una feliz alboreá.
Pero Sevilla aún no conocía esta obra en vivo,
aunque sí se ha llevado a escenarios de otros países.
Y el ‘estreno’ en el Teatro de la Maestranza y
en el marco de la Bienal venía a ser la prueba de fuego.
El escenario se había convertido en un paso sevillano,
con una gran cruz de madera, cuatro altos cirios encendidos,
el suelo alfombrado de claveles rojos, la sala perfumada de
incienso y los haces de luces entrando como por vidrieras
sin color. Los músicos formaban semicírculo
y El Lebrijano vino a colocarse en el centro. Primero arrancó
la música y después se oyó su voz...
todavía reservada. El prólogo del concierto
vino a ser ‘En el soto’, un clásico del
cantaor arreglado para la ocasión con más sobriedad,
con más elegancia. Truena. La mano derecha dibuja las
nubes. Violines orientales. Dulces coros. ‘Soleá
de las candelas’ entra con un solo de guitarra de Pedro
María Peña -hermano de Dorantes y sobrino, pues,
de Lebrijano-, cuyo toque se torna interesante. La letra se
basa en un pasaje del poeta Isaías y la voz honda la
dice con toda la densidad de la soleá, con unas palmitas
sordas como base.
El repertorio propio de ‘Lágrimas de cera’
comienza ahora con ‘Eclipse’. Sonidos eléctricos
generados con instrumentos de cuerda, vientos arábicos,
violines, panderos y guitarras se funden en un uno armonioso,
empastado, entendido... y entendible. La introducción
de la sonanta para ‘Sentencia’ es piropeada. Cambio
de tercio. El drama de la pasión de Jesús tiene
un extrovertido tono vitalista, como esperanzador. El Lebrijano
va alzando ya su voz, la ensancha y le imprime su personal
expresión. No tendría por qué ser una
sorpresa la pulcritud del grupo, pero es que no siempre las
bandas flamencas se presentan en los escenarios tan ensayadas...
por desgracia. El arreglo de los dos violines captura la atención
del público, que disfruta de la entrega del cantaor
y sus discípulos. La clá lebrijana que ha tomado
el teatro ya no reprime el griterío. El clímax
de la obra viene con ‘Lágrimas de cera’,
tema presentado por percusiones, cuerdas y saxo. Como contó
días antes el cantaor ante la prensa, esta canción
busca “sensibilizar sobre lo que ocurre en el mundo;
con horror, vemos cada día en la televisión
sufrir a niños, a madres...”. Y lo hace de forma
luminosa, con una música bella, caleidoscópica.
El cante brota con peso, con sentimiento, tan expresivo, tan
entregado ya por entero.
Jesús habla con María. ‘La profecía’.
Tonos bajos de origen eléctrico que suena a indio y
a órgano, pero quedan las guitarras. Lebrijano habla
de un vaticinio de muerte. Y los coros femeninos le contestan,
con un lamento. Punto de giro. Crescendo de todos. ‘Pena
de madre’. Antonio Coronel hace redoblar la caja. Y
Lucía Montoya canta la saeta más dulce jamás
oída. ‘Romero Santo’ es una canción
que El Lebrijano dedicó a su padre que siempre llevaba
a los costaleros un ramito de romero que ahuyentara el mal
‘bajío’. El tema es rico, dinámico,
con espacio para cada uno y para todos. Y, al final, una vibrante
superposición de voces. En ‘Saeta al cantar’
es El Lebrijano quien toma la iniciativa, con los brazos abiertos
hacia atrás. El ritmo es como de tanguillos y da cobijo
a la saeta de Antonio Machado, “que estaba llamada a
estar en la obra”.
‘Como del cielo al Rocío’ empieza recogida
con el cantaor y la caja, para acabar siendo una alboreá
cantada a la Virgen, para que la mezan como a las novias gitanas.
El Lebrijano no deja hueco ni a que se desahoguen sus fieles
y ya entra con el capítulo de la resurrección
en ‘Sonando a gloria’. La música pasa de
ser suave y ambiental, a tomar el carácter de la bulería
de cadencia lebrijana. El cantaor sigue creciendo... y el
grupo lo acompaña, a su paso, como en una ascensión.
La ovación no se hace esperar. “¡Viva Lebrija!”.
El primer bis es ‘Lágrimas de cera’, pero
con la diferencia de que el cantaor está ahora de pie,
desplegando toda la capacidad de su voz y su expresión,
casi, casi rockero. El grupo continúa divirtiéndose.
Y hay que brindar otro bis al respetable, que hace palmas
a ‘Sentencia’. El Lebrijano dice que este concierto
es un “réquiem flamenco”, pero un réquiem...
‘allegro’.
revista@flamenco-world.com
|