BIENAL DE FLAMENCO
DE SEVILLA 2006. DORANTES EN CONCIERTO
Piano abierto
Silvia Calado. Sevilla, 11 de octubre de 2006
‘Dorantes en concierto’.
Dorantes: piano, música.
Tete Peña: percusión. Manolo Nieto:
bajo. 14º Bienal de Flamenco de Sevilla 2006.
Teatro Central. Sevilla, 11 de octubre de 2006.
21 horas

Dorantes (Foto: Daniel
Muñoz)
Ya por lo escueto de la ficha artística
se intuye. Ni cuartetos de cuerda, ni cantaores,
ni tablas indias... Dorantes
busca ahora intimidad. Un objetivo que no persigue
otra cosa que cercanía con el oyente. Por
eso plantó veinte butacas dentro del escenario,
para estar rodeado de público. Además,
como aquí no hay trampa ni cartón,
le quitó la tapa al piano y lo dejó
tan abierto como su propia música. Este concierto
es un nuevo ejercicio de libertad, incluso respecto
al flamenco. Siempre ha estado en la raíz
de su discurso, pero nunca tan poco evidenciado.
Aunque se intuyeron soleares y bulerías,
no estaba en las soleares y las bulerías
el eje de la propuesta. El escalafón del
reconocimiento de estilos -ese ejercicio que tanto
gusta a los conservadores- está en el pianista
más que superado. Y es que su música
es del todo libre.
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Dorantes y
Manolo Nieto
(Foto: Daniel Muñoz) |
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El concierto arrancó desde
el sentimiento, con una pieza de evocaciones: ‘Atardecer’.
Continúa en esa amplitud de perspectivas
que convierte en imágenes su música.
Avanza ya las composiciones que conformarán
el tercer disco, ya prometido para finales de año.
Y de la intimidad a la luminosidad de los sonidos
que casi cuentan historias. Por instantes, cita
la ida y la vuelta, pero se revuelve y levanta el
vuelo por caminos no trazados. Prosigue con una
pieza de sutilezas y matices, lista para dejarse
llevar. De su último trabajo ‘Sur’
escoge ‘La danza de las sombras’, un
tema con una melodía juguetona, poblada de
salpicones y pellizcos. Mira durante unos segundos
las teclas y sumerge las manos. Interviene el flamenco
como por soleá, aunque a la manera Dorantes,
casi la única que ha logrado desatar al piano
de la guitarra. Y el resto es volar sin trabas ni
obstáculos, sobre las blancas y negras o
sobre las cuerdas mismas. Qué bonito. Cuántos
oles. La recta final del concierto la aborda con
el acompañamiento de bajo y cajón.
Y lo cierto es que el piano se bastaba. Quizás
no lograron los otros dos instrumentos captar el
clima y el discurso de este piano solitario, sobrándoles
un poco de todo. Juntos hicieron algo así
como un zapateado, para pasar a la rumba ‘Barrio
latino’ y terminar por unas ‘bulerías’
dedicadas a los Peña, representados en el
patio de butacas por el padre Pedro Peña
y por el tío El Lebrijano, entre tantos otros.
Pieza vigorosa y vitalista, casi casi un juego.
La ovación no se hizo esperar... ni tampoco
la respuesta llamada ‘Orobroy’,
el principio de Dorantes.