BIENAL DE FLAMENCO
DE SEVILLA 2006. MERCEDES RUIZ, ‘JUNCÁ’
Madurando
Silvia Calado. Sevilla, 24 de septiembre de
2006
‘Juncá’.
Mercedes Ruiz: baile, dirección
artística, coreografía. Santiago Lara:
música, guitarra. El Choro, El Nano: baile.
Jesús Méndez, El Londro, David Palomar:
cante. Javier Ibáñez: segunda guitarra.
Jesús Lavilla: piano. Perico Navarro: percusión.
Diseño de luces: Francis Mannaert. 14º
Bienal de Flamenco de Sevilla 2006. Teatro Alameda.
Sevilla, 24 y 25 de septiembre de 2006. 21 horas
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Mercedes Ruiz
(Foto: Daniel Muñoz) |
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El gloriosos ‘alianda’
de La
Paquera de Jerez enmarca ‘Juncá’.
Así empieza y así acaba. Y es que
el nuevo espectáculo de Mercedes
Ruiz es, en intenciones, una glosa al flamenco
oriundo de un territorio muy concreto del mapa de
este arte: no ya Jerez, sino el barrio de San Miguel.
Allí nació la bailaora, respirando
del tarro de las esencias destapado por grandes
artistas de lo jondo. Y con esta excusa, ha dado
forma a un espectáculo estándar, portable
y efectivo, pero carente de batuta y concepto escénico,
aún técnicamente desorientado, y que
aporta poco más que su espléndido
baile solista, de momento.
Tras el quejío, la presentación
en triángulo. La bailaora y los dos bailaores
invitados -El Choro y El Nano- acometen una vehemente
coreografía por bulerías con la que
logran insuflar adrenalina al espectador. Una pausa
para el cante, que principia Jesús
Méndez por alusión a su tía,
que continúa el también jerezano Londro
y que cierra el gaditano David Palomar con una letra
en la que recuerda la genealogía del cante
de la tierra glosada. De súbito, reaparecen
los bailaores. Todo potencia, pero sin control.
Para entonces ya el trabajo de Santiago Lara en
la composición se va entreviendo, aunque
prime lo rítmico.
Mercedes Ruiz vuelve a escena vestida
de terciopelo verde. Silencio y percusión.
Compás de fragua. Sólo marcajes, sólo
gestos, sólo poses. Y esos guiños
a Carmen
Amaya cruzándose de pitos el rostro.
Jesús Méndez entra con el ‘trintrin’
del yunque. Cante enjundioso. Y ella le baila de
espaldas, creciendo en vertical. Ya en medio del
triángulo de cante, basa su baile en el compás,
en escogidas dosis de pies, en reconcentrada fuerza,
demostrando que es una de las bailaoras de su generación
a destacar. Rebosa flamencura, intensidad, un algo
físico. Y no puede evitar, al exhibir su
virtuosismo, celebrar sus logros con sonrisas, traicionando
el dramatismo de la pieza. En actitud y por un instante,
va por bulerías. Pero retorna al ‘pathos’
cuando se enfrenta a Jesús Méndez,
cara a cara y en claroscuro. Escalofrío.
Dos prolongados números de transición:
la malagueña cantada que evoca a Manuel Torre
y Antonio
Chacón; y la bulería por soleá
que plantean los bailaores cada uno a solas.
Al fin vuelve la protagonista a
pacificar la escena con un baile que, frente al
de sus compañeros, rebosa quietud y paladar.
Vestida con bata de cola roja, tiñe de movimientos
las notas ‘jazzeadas’ del piano y al
cante meloso de David Palomar, martirizado todo
el concierto por los fallos del micro. Brazos a
cámara lenta, manos exquisitas. Danza libre
más a la evocación de la música,
que a la música misma. Quería así
acordarse de Lola Flores. “Soleá, mi
soleá”. La letra de la zambra anuncia
el siguiente número de la solista. El traje
es ahora negro, reforzando el tono inicial de la
pieza. Las luces se desatinan del todo. El baile
está montado con y para la guitarra. El papel
de Santiago Lara es más que loable, en composición
y en interpretación, al llevar todo el peso
musical del montaje. Baile seco, serio, paseado...
que, de repente, rompe hacia tierra. A tope de velocidad,
a tope de fuerza, con nervio, con redaños.
Pausa para el previsto aplauso y vuelta al baile,
ya hasta el fin de fiesta -muchos minutos después-,
por bulerías, esas populares y divertidas
de las que los diez integrantes de esta banda de
estreno fueron participando. El público aplaudió
con fervor a la bailaora que se descubrió
hace unos años en este mismo festival como
ganadora del concurso de Jóvenes Intérpretes.
Pero ya no es una bailaora revelación y el
camino a la madurez ha de intensificarse.