De sueco por Jerez. Crónica de un neófito en la Fiesta de la
Bulería
Plaza de Toros de Jerez de la Frontera.
Cádiz. 15 de Septiembre 2001.
Silvia Calado Olivo
Duda resuelta: en la Fiesta de la Bulería no sólo se canta por bulerías.
Ni siquiera es la reina de la fiesta, aunque sí el engrudo que da ligazón
a esa noctámbula corrida flamenca, donde ni hay toros ni toreros. Apostado
en la barrera, por si las moscas, el neófito se sienta a digerir lo que
ante sus ojos despliega el coso jerezano una cálida noche de septiembre
(del 2001, para más señas).

Sobre el albero se alza el escenario, con un decorado que, a lo naïf,
retrata la arquitectura popular de los señeros barrios de esta ciudad de
cante y vino: teja, cal y hasta el cordel con la ropa oreándose, a compás
de levante, en la azotea. De un balcón pende una silueta, la de Sordera,
cantaor del terruño al que Jerez dedica la trigésimo cuarta -porque
los ordinales existen, señor presentador- edición del festival.
El detalle, sólo a la vista de requetecuriosones, dos puertas de acceso
al escenario, una en cada extremo. Bien, hasta ahí. Pero es que sobre el
dintel de una dice Santiago, sobre el de la otra San Miguel. Explicación
para el preguntón: "Es que en Jerez es así". Ah.
A eso de las diez de la noche, ya las sillas de tijera están hasta la
bandera, aunque ha habido quien al enterarse de la ausencia de La Paquera, vía
manuscrito colgado en taquilla, se ha dado media vuelta con un "entonse no
hay ná que hasé" en los labios. Los que optan por capear la
falta de la cantaora que acostumbra a dar la puntilla a esta fiesta, toman posesión
de sus asientos con todas sus consecuencias, niños, ancianos y casaderas
incluidos. Como la noche se augura prolongada, las provisiones no escasean. Que
el neófito pudo vislumbrar, desde su aún desconfiada posición
de retaguardia, una nevera de playa por allí, una bolsita llena de bocadillos
por allá y unas tortillas de patatas por acullá. Bebidas, ni que
decir tiene. La escena se replicaba tendido arriba, tanto en sol como en sombra.
Y, eso sí, a pesar de las fiambreras y el papel de aluminio, elegancia
a raudales. ¿Y de dónde sale ese esperanzador olorcillo a fritanga?,
se cuestiona el neófito. Pues del espectacular puesto de patatas fritas
de producción online que un alemán estudia con verdadera admiración
y de los cartuchos de chocos fritos que, al peso, se despachan en las barras.
Uf, alivio estomacal.

¿Y las bulerías? Pues en el aire, en la grada, en el sillerío,
en las trastiendas... Pues es un respetable de cinco mil personas -ya en corrillos,
ya al unísono- el que prologa a las figuras del cartel. El nutrido cuadro
flamenco Fernando Terremoto estrena el escenario por bulerías cantabailadas
de corte cupletero. El neófito prefiere reparar en el vendedor de camarones
que porta cesto y atril para dar movilidad al establecimiento. Digno de ver. La
voz dura de Elu de Jerez tampoco supo acallar del todo el permanente murmullo,
a pesar de la soleá y los fandangos que Parrilla de Jerez supo acompañar
al toque con delicioso tempo. Vicente Soto, con la estampa de su padre por sombra,
arremetió por unas alegrías que, aunque parezca mentira, el público
acompañó a las palmas y ¡cerró a compás! Se
mete pa dentro por seguiriyas, con una parca guitarra de Manuel Parrilla, se alivia
por fandangos... pero tanto el aficionado atento, como la familia, como el grupete
botellonero, piden fiesta. Y la tienen, por bulerías, claro. Y si el hijo
de Sordera sale del escenario, pataíta mediante, no importa, la gente sigue
autoabasteciéndose de soniquete jerezano. Eso hasta que la bailaora María
del Mar Moreno sale al ruedo por romeras, romance y bulerías. No fue ella,
ni ellas, sin embargo, la guinda de la primera parte, sino la ronda de tonás
que se marcaron, saliendo alante, Antonio de Malena, Luis Moneo y Luis de Pacote...
Silencio. Público en pie.
A la altura del intermedio ya el neófito había comprendido que
ningún astado lo asaltaría de camino a la barra y, armado de valor
y gazuza, se confundió entre los cinco mil. No sin antes deleitarse, junto
al alemán, con la mágica máquina cuarentona del patatero.
Ni dejar de recorrer las entrañas de la plaza, salpicadas sus bóvedas
del eco buleriero de improvisados grupúsculos de aficionados. Absorto en
la decisión de volver a la barrera o cazar silla -ambos escaños
rivalizan en dureza, pensó-, dio comienzo la segunda parte. Y con una de
las mejores faenas por bulerías que dio la noche, las que, al golpe, acometió
la familia de Los Zambos, recreando el ambiente de los antiguos tabancos jerezanos.
Ellos sí que se tomaron en serio el nombre del festival hasta el cierre
de su intervención, en el que se hicieron acompañar de las bailaoras
La Yoya y La Curra y las cuerdas de sendos Parrilla. De repente, el neófito
se estremece. Juana la del Pipa pide silencio desde su garganta rota "porque
ehtoy cohía". Bronca, bronquísima, se canta se medio baila
se escenifica las letras. Y tientos y soleares y el temple de Manuel Parrilla.

Vicente Soto
Y eso hasta la entrada en escena de Fernando Terremoto quien, desde los mismos
toriles, lanzó una entrada larga, potente. Pero supo recogerse para subir
la fiesta a su cénit, con unas malagueñas a las que la contención
convirtió en delicatessen. Sintió el vello, el neófito. Y
el eco de Enrique El Mellizo, también. Tira de pecho en las seguiriyas,
sigue por fandangos y salta de la silla ¿por? bulerías, con un Parrilla
de Jerez fiel a su papel de acompañante, sabio, comedido. Un torbellino
llamado Aurora Vargas hace tambalear el escenario. Poderosa, inconteniblemente
festera, la cantaora sevillana y única forastera del cartel, entra con
Niño de Pura dando los buenos días para epilogar la buena noche.
El neófito está paseando por el coso. Las rodajas de patatas ya
no salen disparadas de la máquina mágica, el sillerío ya
está desmembrado, los niños (y algún que otro adulto) cabecean
en sus puestos. ¿Dónde está el señor de los camarones?
¿Y Capullo de Jerez? A alguien escucha decir que, en esta ocasión,
la fiesta no había pellizcado al personal. Quizás por lo dilatado
del festival, quizás por la ausencia de La Paquera, quizás...
Seis horas después, las chicharras ya no se oyen. El amanecer se prepara
para salir de chiqueros. El paladar tiene regusto a toná y a malagueña.
Ahora toca buscar fonda...
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