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CAPULLO · LEBRIJANO · EL TORTA. FESTIVAL FLAMENCO CAJAMADRID 2008

Hard cante

Capullo de Jerez : cante. Manuel Carrasco: guitarra. Jesús Flores, Luis y Ali de la Tota: palmas/ Lebrijano : cante. Pedro María Peña: guitarra/ El Torta : cante. Juan Manuel Moneo: guitarra. 16º Festival Flamenco CajaMadrid 2007. Teatro Albéniz. Madrid, 1 de febrero de 2008. 20:30 horas


Capullo de Jerez (Foto Daniel Muñoz)

Qué triada. Qué crudeza. Anoche el cante en el festival flamenco madrileño fue una experiencia dura. Capullo de Jerez, El Lebrijano y El Torta son artistas terminantes, pasados de personalidad... rayanos en la frontera de 'lo salvaje' que tanto se jalea en el flamenco. Unos más que otros y de distintas maneras, eso sí. El más pasado en este sentido fue Capullo de Jerez, que zamarreó, fracturó y revolcó su repertorio habitual, hecho de estilos como bulerías, fandangos y tangos con abigarradas letras propias que, cuando el público consigue entender, aplaude a rabiar. De su acompañamiento, lo mejor, las palmas... que es lo que prende la mecha que empuja al cantaor a desprender esa extraña energía. Aunque casi dé calambre.

 

Lebrijano (Foto Daniel Muñoz)
   

En El Lebrijano, que ya es veterano maestro, este concepto de lo heavy toma otro significado. El suyo siempre fue flamenco bisagra entre lo tradicional y lo evolutivo. Y su manera de interpretarlo, con esa rotundidad que aplica a todo lo que sale de su ancho pecho, convierte su propuesta en un todo único, grande. Combinó temas tan intemporales como 'En el soto', más dichos que cantados, con cante ortodoxo. La soleá fue una petición casual, pero necesaria, pues desveló unas hechuras profundas que hasta entonces no habían asomado. Cómo torneó el cante, como lo creció. Y eso que dice que aún le da miedo el escenario. Del "pobre corazón mío" a la seguiriya, de ahí al trabalenguas por bulerías. El público se rindió ante El Lebrijano. Y él se fue como el papa, dejando besado el escenario.        

Tras dos horas de emociones, fue preciso un descansito... que el público estaba ya de un inquieto inaguantable. Y entonces, irrumpió El Torta, ahora ave fénix. Madrid lo esperaba, aunque casi más al personaje y su mitología, que al increíble cantaor que es. No hay nadie que haga del cante una experiencia tan dramática, tan traumática, tan sufrida. Como si un espíritu lo poseyera y tuviera que recurrir al cante como un modo de exorcismo. Se agarra la ropa, se arranca botones, golpea el micro, se le engarrotan los dedos... se transfigura. Y lo mismo por alegrías, que por soleares, que por esas malagueñas a la que torció los renglones, que por seguiriyas, que por tangos recordando a Luis de la Pica, que por bulerías. "Déjame vivir". Ese fue uno de sus últimos tercios. El cantaor jerezano es puro 'pathos'.


El Torta (Foto Daniel Muñoz)

 
 
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