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Pureza y clasicismo: José
Menese. La Macanita. José de la Tomasa
Cien por cien de Menese
Silvia Calado Olivo. Madrid, 18 de febrero de 2003
Fotos: Daniel Muñoz
Ficha artística. José Menese, al cante; con Antonio
Carrión, al toque. La Macanita, al cante; con Manuel Parrilla, al toque;
y Chícharo y Gregorio, al compás. José de la Tomasa, al cante; con Manolo
Franco, al toque. Teatro Albéniz. Madrid, 18 de febrero de 2003. 21 horas.

José Menese con Antonio Carrión
"Eres el mejor cantaor de España". "Todo el mundo es
bueno, pero tú más". Los piropos iban dirigidos a José
Menese. Y con razón. El cantaor estaba limpio, pleno, dándose entero...
lejano de aquel que tantas veces durante un tiempo, demasiado tiempo, ha decepcionado
sobre las tablas. Con un repertorio diverso que tocó estilos hoy poco escuchados
como la mariana, los caracoles y la petenera, el de La Puebla de Cazalla hizo
de la templanza su estandarte, dosificando los lances de bravura. Sólo
faltó a la tan olvidada regla de respetar los cantes ya acometidos por
mor de la soleá, que Antonio Carrión le tocó al seis con
tanto gusto, con tanta tensión y tanto acierto que mereció el único
aplauso para el toque de la noche (afuera nívea). Mención para las
letras, por hacerse oír y por poco oídas. La jondura fue en aumento
conforme el recital tocaba a su fin. Con una salida al toque que llevó
a Menese pronunciar el requiebro "te voy a comer el corazón, por mi
madre", el cantaor partió en busca de la seguiriya. Y la encontró
allá abajo, cerquita de la toná que dedicó a aquel viejo
minero de ojos sanguinolentos que en Puertollano le dio una moneda años
ha por haber cantado bien por soleá. Cantó José Menese. "De
un tiempo a esta parte estoy torpe, hablo poco". Quien quiera entender, que
entienda.

La Macanita
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José de la Tomasa
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Justo la estructura contraria, de dentro a afuera, había seguido La
Macanita un rato antes. La cantaora jerezana, vestida con traje blanco de volantes
y mantoncillo rojo, empezó con tientos y terminó con esas sus bulerías
a cuplé que se cantabaila, pasando previamente por estilos como
la soleá o la seguiriya. Aunque el toque de Manuel Parrilla no le insufló
demasiado oxígeno, Tomasa Guerrero supo exponer todo el abanico de matices
de su voz, esa tan melosa como dura, tan firme como dúctil. Repertorio
tradicional y coplas con inconfundible marchamo Isidro Sanlúcar destiladas
de 'La luna de Tomasa' (Senador, 2002), dieron contenido a un recital que abrochó
con su gente vía fiesta por bulerías. Un cierre que fue clímax
no sólo de la cantaora, sino de toda la primera parte de la jornada inaugural
de este festival. Acompañado a la guitarra por Manolo Franco y su toque
preciosista, José de la Tomasa había sido el encargado de abrir
el telón de una noche de cante por cante. Acordándose de Joaquín
el de la Paula se preludió por soleares de Alcalá para proseguir
camino por tierras gaditanas. Del cantiñeo a la mina, toreando la prudencia
con poca fortuna, resolviendo a pulmón in extremis. Sin escatimar
en elogios hacia Madrid, el descendiente de Manuel Torre quiso ofrecer "el
himno nacional de mi familia, el cante por seguiriyas", con tétricas
rimas de puño propio. De ahí salió también una que
"escribí el otro día viendo las cosas tan raras que están
pasando en el mundo": Como dos niños mimaos / están jugando
a la guerra / los juguetes que les han dao / pueden destruir la tierra / tienen
al mundo asustao. El fandango, al que todavía después pospuso
un cante por toná, levantó al público que llenaba el Teatro
Albéniz en lo que pudo entenderse como unánime 'no a la guerra'.
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