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Esencias jondas y compás:
Montse Cortés. Diego el Cigala. Javier Barón
Y ahora, el tejado
Silvia Calado Olivo. Madrid, 19 de febrero de 2003
Fotos: Daniel Muñoz
Esencias jondas y compás. Montse Cortés,
al cante; con Eduardo Cortés, al toque. Diego el Cigala, al cante;
con Niño Josele, al toque. Javier Barón, al baile; con Juan
José Amador, al cante. Teatro Albéniz. Madrid, 19 de febrero de
2003. 21:30 horas.
Dejando al margen los siempre misteriosos significados de los títulos,
la segunda jornada del Festival Caja Madrid tuvo como hilo conductor el buen hacer
de tres jóvenes artistas. Y entiéndase el calificativo joven, no
por inexperto, sino por profesional con tanta madurez como proyección.
A Montse Cortés se le encomendó la apertura. La cantaora catalana,
acompañada al toque por Eduardo Cortés, salió levantina...
y con ganas. Introducida por la guitarra sordeando, viró hacia la tacita
de plata. Suave, fresca, fuerte, por alegrías de las de siempre, jugando
con los tonos, invocando al de la isla. "¡Camarona!", le gritan
desde algún sitio. Prescindiendo de temeridades, se equilibra por seguiriyas,
quien tanta experiencia acumula acompañando al baile. Continúa comedida,
aterciopelando las soleares, cuajando los tientos tangos con los que se despide
de "un público tan bueno"... con Camarón de la mano.

Diego el Cigala
Entró a porta gayola. Solo, sin preámbulos, se tiró al
ruedo por martinetes Diego el Cigala. Preciso, disfrutándose. De ida y
vuelta: 'Hubo un lugar', guaguancó por bulerías. Acancionado, suave,
bonito. Niño Josele, minimalista, parco en sonidos. Una pizquita del de
San Fernando ("verea del camino")... y soleá. El guitarrista
almeriense rebosa y el público lo rocia de jaleos. Y Diego no se queda
rezagado, ni mucho menos: desenpolvó toda la potencia de su garganta rastrillada.
Con el respetable en el bolsillo y un brillante pórtico de bajañí,
el madrileño fandanguea, saboreándose en cada tercio, desgarrándose
en los cierres. Ya ambos totalmente dados y recibidos, se permiten alardes de
musicalidad que, si bien no son nuevos para otros géneros, sí los
son para el flamenco. Tientos tangos con coplas capturadas de 'Corren tiempos
de alegría' (BMG, 2001), como penúltimo plato, y una bulerías
-Jerez pasado por Lavapiés- de postre. Un concierto dentro del concierto.
Tras el descanso, el baile. Javier Barón, sin argumentos. Bailó
el alcalareño por seguiriyas y por soleá por bulerías, con
intermedio musical por tangos con Juan José Amador llevando la voz cantaora.
No es artista de falso plumaje Javier Barón, no es de esos que se venden
por un aplauso. Su aspecto desarmado y su actitud introspectiva no levantan ovaciones...
con lo fácil que resulta, por otro lado. Ese baile de todo el cuerpo, sin
rigidez, más curvilíneo de lo masculinamente estipulado, entraña
un concepto de movimiento abierto a la asonancia, al dibujo, al espacio. Y ello
sin olvidar un sólido conocimiento técnico y esencial del flamenco,
que dejó entrever con especial nitidez en ese pellizcante (sin amoratar)
dar coba de la bulería final. Los cimientos, bien firmes. Y es que Javier
Barón es de esos que están dejando el tejado para el final... como
Montse Cortés, como Diego el Cigala.

Javier Barón
revista@flamenco-world.com
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