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FESTIVAL CAJA MADRID 2004
Capullo de Jerez. Juan Moneo. Antonio el Pipa
Jerez en la Corte
Candela Olivo. Madrid, 21 de febrero de 2004
Fotos: Daniel Muñoz
Ficha artística. El Capullo de Jerez al cante
con Diego Amaya a la guitarra y Luis de la Tota al compás. Manuel Moneo
al cante con Juan Moneo hijo a la guitarra. Antonio el Pipa al baile con
Tía Juana la del Pipa, Enrique el Extremeño y Manuel Tañé
al cante, Pascual de Lorca y Juan Moneo a la guitarra, Joaquín Flores a
las palmas. Teatro Albéniz. Madrid, 21 de febrero de 2004. 21 horas.
No sólo Cádiz estaba ayer en Madrid. Mientras por las calles
circulaba el carnaval (un 'Talgo' lleno de comparsas 'ilegales' desembarcó
por la tarde en Atocha), el Teatro Albéniz era tomado por Jerez, por el
flamenco de esa isla de lo jondo. Tres flancos fueron cubiertos: el del cante
fresco y peculiar de Capullo de Jerez, el del cante con solera de Manuel Moneo
y el del baile en familia de la Compañía de Antonio el Pipa. Fin
de fiesta. Fin de festival. Y el teatro boca abajo.

Capullo de Jerez
El
Capullo de Jerez ofreció un recital breve, pero suficiente para mostrar
su peculiar propuesta. Salió relajado, dejando fluir su voz rota, su sentida
queja, por soleá. Cuan filósofo de la existencia, cantó a
la vida en unos cuantos fandangos de los que tanto como la ejecución, destacaban
las letras... de una originalidad pasmosa. ¿Quién ha cantado antes
a la "transmisión de pensamiento"? Los tangos no se hacen tampoco
esperar. Y uno se transporta al barrio de Santiago, a esas tabernitas donde suena
'Este
soy yo' en perpetuo 'loop'. Todo sabor, todo existencialismo. "Y esto
no es vivir, esto no es vivir". Sobre la vida misma y su circunstancia reincidió
en unas bulerías que desenvolvió subiendo, bajando, retorciéndose,
lastimándose. Se ganó la complicidad del público con su mensaje
y también con su soltura: es que hasta promocionó su nuevo disco
entre copla y copla. Remató la faena, como ha sido habitual en todos los
cantaores de este festival, dejando el micro atrás. La audiencia se quedó
con ganas de más.

Juan Moneo
Manuel Moneo, con su hijo al toque y tres palmeros, expuso con corrección
un repertorio típicamente jerezano: soleá, seguiriyas, fandangos
y bulerías. La voz, madura, añeja. El cante, anciano, con solera,
de medio alcance. La intención, "que no se pierda la pureza y las
raíces". Interpretó con serenidad, con seriedad, "pa los
güenos aficionaos", siguiendo la guitarra -limitada por arcaicos cánones-
cada uno de sus pasos. El fin de fiesta, como buenos jerezanos, fue un corrillo
por bulerías, en el que quien más bailó fue el de la bajañí.
"¡Viva Jerez!".
Cuando se levanta el telón tras el descanso, Antonio
el Pipa aparece plantado en medio del escenario, de inmaculado blanco. El
menos es más fue el 'leit motiv' del primer número, en el que prescindiendo
de música, baila a un compás de bulerías que no se oye, pero
se siente. Silencio, pitos, marcaje, pose... poco más. El atrás
se le incorpora algo más tarde, terminando de redondear este intento de
hacer de la bulería un número solista, que ya mostró el pasado
año en el Festival de Jerez, que dentro de unos días inaugurará
con nuevo montaje. La segunda
faena es por alegrías, él vestido de corto, Tía Juana la
del Pipa cantándole con su voz tremenda. El baile es más de paseo
y de pose, más aéreo, más líquido, que de tierra.
Unos cuantos apuntes de pies tan sólo. Y un mucho de guiños al público
pues El Pipa, y él es consciente de ello, sabe ganárselo tocando
resortes como la sonrisa, el beso, el coqueto girar de hombro... Enrique el Extremeño,
otra garganta poderosa, emprende la soleá, acordándose de Alcalá,
de Joaquín el de la Paula, de Manolito María. Y El Pipa la resuelve
con un paso a dos junto a María José Franco. La evolución
de la bailaora ya es perceptible, cada vez con más autoridad, más
elaborada su estética, de femenina curva y de redaños. Ya entrados
en calor, es decir, en bulerías, la fórmula encandila al respetable:
el reto, el pique, el duelo. A continuación, el tono cambia y se vuelve
solemne para la seguiriya. El bailaor forma estampa con su tía, que le
canta al oído, con su garganta cavernosa, carbónica. Se puso de
manifiesto algo especialmente bonito y no tan habitual: la complicidad entre el
grupo, el cariño, el hacer ver que se está a gusto. Y hubo abrazos
y besos y sonrisas cómplices de uno a otro. Esta encantadora familiaridad
se reforzó en la coletilla por bulerías y en el fin de fiesta, en
el que nadie se quedó sin bailar. Fin de fiesta. Fin de festival. Muchos
minutos fueron los que el público aplaudió. Apoteosis.

Antonio el Pipa
revista@flamenco-world.com
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