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¡Viva lo dionisíaco!
Crónica
de un neófito en el Festival de Cante de Las Minas de La Unión
Daniel Gil. La Unión (Murcia), agosto de 2002
El reportero llega a Cartagena intrigado, expectante. Son las siete de la
tarde de un 9 de agosto, viernes, y el calor aprieta todavía en esta industrial
y naviera ciudad de Murcia. El de La Unión de 2002 es su primer festival
flamenco, un género que ni mucho menos domina, y aterriza en él
como perdido, a la espera de que empiecen a ocurrir cosas, de que fluya el duende...
Apenas cuatro horas después, con el tiempo de dejar las maletas en el
hotel, cenar algo y coger un autobús urbano que le lleve a La Unión,
el periodista entra en la Catedral del Cante, el antiguo mercado de abastos del
pueblo, de estilo modernista, y sede de las actuaciones del festival. Esa noche,
el edificio, sin duda el más bonito de la comarca, es su puerta de entrada
a uno de los acontecimientos anuales más importantes del flamenco: una
semana de cante, baile y toque sin descanso. Una sobredosis de arte.
El festival ya había empezado cuando aquella velada el periodista subió
al tren del cante de las minas. La jornada anterior, el jueves, la coreógrafa
y bailaora Yoko Komatsubara ofreció su pregón inaugural y dio así
fundamento al deseo de la organización de rendir homenaje en su edición
de este año al país de origen de la artista: Japón.

Niña Pastori en La Unión 2002 (Foto Kyoko Shikaze)
Pero no fue hasta el viernes cuando las figuras empezaron a rendir visita a
La Unión. El cartel, Carmen Linares y Antonio Canales, provocó una
interminable cola de espectadores a las puertas del mercado público. Lo
que el periodista entendió como excepcional esa noche se convirtió
en rutina cuando se cansó de observarlo en las siguientes actuaciones.
La expectación generada por la programación, unida a la peculiar
organización de un festival como este, genera que la entrada del público
retrase siempre el inicio de los espectáculos.
Aquella primera noche, el reportero aprendió que Carmen Linares es enciclopédica.
Es decir, que canta casi todos los palos del flamenco... y muy bien, por cierto.
Aprendió a diferenciar entre lo dionisíaco y lo apolíneo.
Es decir, que no todo lo bien hecho emociona mucho y no todo lo que emociona mucho
está bien hecho. Y creyó aprender con Antonio Canales lo que era
el buen baile. Su actuación y la de sus jóvenes bailaores Juan Ramírez,
Paul Vaquero y David Paniagua, las increíbles dotes técnicas y físicas
que despliegan en el espectáculo, causaron una profunda impresión
en el periodista. Luego, algunos compañeros de la prensa le explicaron
que el baile flamenco no es sólo el zapateado y que el despliegue de Canales
y los suyos está demasiado fundamentado en ese aspecto y descuida otros
como el movimiento de brazos, la coreografía o el canon de los distintos
bailes. Confuso, aquella madrugada el reportero se acostó dándole
vueltas a la difícil relación entre las emociones y la corrección,
entre pasión y técnica, entre lo apolíneo y lo dionisíaco.
Al despertarse el sábado, el joven periodista tomó nota de un
nuevo axioma de los festivales flamencos: las actuaciones no empiezan temprano,
terminan tarde y uno llega a la cama tardísimo. Corolario: nunca se levanta
para desayunar y difícilmente para comer. Aún así, la programación
del festival incluye numerosas actividades diurnas: cursos, conferencias, presentaciones,
homenajes... La escasa afluencia de público que registran estos eventos
refuerza los argumentos expresados más arriba y demuestra que al asistente
a un festival de música lo que le interesa es la música, en vivo
y en directo a ser posible.

Manuel Cuevas Rodríguez. Lámpara Minera de La Unión
2002
(Foto: José Albaladejo)
Al caer la noche, en cambio, el ambiente en La Unión es el de un pueblo
en fiestas. Con las calles principales decoradas e iluminadas y con varias terrazas
instaladas alrededor de la Catedral del Cante, esta se convierte durante toda
la semana en el epicentro de la vida de paisanos y visitantes. Y cuando las actuaciones
principales programadas concluyen, la música y el ambiente siguen presentes
en las calles. Bien en las mismas escalinatas del mercado, con el público
tan pendiente del cante como de sus churros con chocolate; bien en la terraza
Latino, un pequeño bar allá, más abajo, que ocupa con sus
mesas toda la otra plaza, y que invita a comer pan con aceite y tomate cuando
los parroquianos ya han dejado de preocuparse por qué hora es. Colorido,
peculiar, con sabor, divertido.
Aquella noche de sábado, en la segunda de las galas flamencas, José
Mercé reinó en La Unión. Al término de su poderosa
actuación, decenas de niños gitanos le alargaban sus manos desde
los pies del escenario en adoración al mesías del cante. Su arte,
y la íntima comunión con su guitarrista, Moraíto Chico, pusieron
en pie al público presente en el mercado. La intervención de Mercé
restó quizás relevancia al recital del guitarrista Carlos Piñana
y su grupo. La innegable calidad del artista murciano y de sus músicos
echa leña al fuego al debate entre lo dionisíaco y lo apolíneo,
que seguía azorando al periodista.
Cartagena amanece el domingo adormilada, callada, apagada, como moribunda.
El reportero sale a la calle y no encuentra un alma. Comercios y bares cerrados,
kioskos abiertos pero sin periódicos (pura contradicción), paseantes
que no salen a pasear. La jornada festiva, en mitad del mes de vacaciones, agudiza
la impresión que produce esta ciudad, sumida en una profunda crisis industrial
desde mediados de los años ochenta. Orgullosa de sus ruinas romanas y cartaginesas,
la localidad acumula ruinas contemporáneas, víctima de un chocante
diseño urbanístico, que múltiples pintadas en sus paredes
achacan a los poderes de la capital de la región, Murcia. La Unión,
que es un pueblo, pequeño y modesto, causa muy distinta impresión.
Su ambiente humilde y sus calles bien cuidadas y decoradas en estas fechas, con
la plaza del mercado como órgano distribuidor de su vida ciudadana, le
dan un aire acogedor.
Son cuarenta y dos años los que el festival de cante cumple con esta
edición. Pese a la amplia experiencia, la organización del mismo
sigue siendo la de un festival de pueblo, escasamente profesional. Eso dota al
de Las Minas de algunos inconvenientes, como los ya citados retrasos o cierta
campechanía en las convocatorias de sus actividades. Sin embargo, tiene
otras muchas ventajas. Durante el discurrir del festival, el paso de los artistas
por La Unión resulta muy cercano a visitantes y habitantes del pueblo;
y su condición casi de verbena popular le da un sabor verdaderamente peculiar.
Aquella noche de domingo, sin embargo, el aspecto organizativo mostró
su peor cara. Un problema con las pruebas de sonido, que causó un retraso
de hora y media en el arranque del espectáculo, provocó el enfado
del primer artista anunciado, Diego Amador, que, a los mandos de su piano y su
grupo de músicos, apenas ofreció veinte minutos de actuación.
Con el público que llenaba el mercado a punto de organizar una revuelta
popular, y con versiones cruzadas de Amador y los responsables del festival sobre
lo ocurrido, llegó Niña Pastori y puso paz. Su espectáculo
es poco flamenco y quizás chirría en el centro de una programación
como la de La Unión. Pero los espectadores que habían acudido aquella
noche a la Catedral del Cante lo hicieron, en su mayoría, madres e hijas
sobre todo, para escuchar a la cantante gaditana. Y a fe que salieron satisfechos.
La Paquera de Jerez llegó a Cartagena el domingo por la noche y el rumbo
del festival cambió definitivamente. Cuando ella se marchó, el miércoles,
a periodistas y miembros del jurado les era difícil recordar todo lo ocurrido
durante el fin de semana. Su presencia, siempre arrasadora, cumplió con
las expectativas, tanto en lo artístico como en lo humano. El reportero
despertó el lunes nervioso, inquieto. El pasado invierno había tenido
la ocasión irrepetible de acompañar a Francisca Méndez Garrido
y a su familia durante la serie de recitales que la cantaora ofreció en
Tokio, Japón. Más allá de lo estrictamente profesional, que
en su día quedó plasmado en un reportaje que aún se puede
leer en este rincón de la red, el joven periodista desarrolló una
intensa relación personal durante aquellos días lejos de casa con
La Paquera y su gente. Pero, a la vuelta, no había retomado el contacto
con ellos hasta ahora. Sabía que los iba a encontrar y le preocupaba cuál
sería la acogida. A media mañana, cuando se encontró con
el hermano de la cantaora, Pepe Méndez, en el hotel que éstos ocupaban,
sus dudas desaparecieron. La familia jerezana volvió a tratarle esos días
en Murcia como a uno más de sus miembros y el reportero disipó sus
dudas. El viaje, la inmersión flamenca en el festival, ya había
merecido la pena. La experiencia de cercanía humana con alguien como La
Paquera tiene un valor incuestionable.
Su actuación estelar, de La Paquera se entiende, se haría esperar
hasta el martes por la noche, tras el homenaje que le rindió el Ayuntamiento.
Y, lo dicho, formó la revolución. Con su peculiar estilo, siempre
estremecedor, conquistó al público que, en pie, pero rendido a su
carisma, la ovacionó largamente. Al fin, el periodista pudo resolver su
diatriba filosófica: ¡Viva lo dionisíaco!
La noche anterior había actuado el ballet flamenco de Yoko Komatsubara
que, compuesto por una sabia mezcla de bailaoras nipones y bailaores y músicos
españoles, ofreció un entretenido montaje de Bodas de Sangre. Más
que justificada la orientación del festival al mercado flamenco japonés.
El miércoles, más que mediado ya el calendario del festival,
arrancó el concurso. Adiós a las estrellas del arte y paso a los
aspirantes. La treintena de concursantes se hizo con la Catedral del Cante y empezó
el sota, caballo y rey de mineras, cartageneras y otros cantes de Levante. Fuerte,
muy fuerte. Esos días, hasta la resolución final del sábado,
la gloria de las grandes estrellas fue sustituida en los camerinos por los sueños
de gloria. Jóvenes artistas en busca de un triunfo que cambie el rumbo
de sus carreras, que les dé el empujón definitivo para saltar al
escalafón de los artistas con nombre propio.
El domingo, los ganadores -Manuel Cuevas al cante, Antonio Soto a la guitarra
y María Ángeles Gabaldón al baile- saboreaban la resaca del
triunfo de vuelta a sus lugares de origen. Ese mismo domingo, el reportero empezaba
su proceso de desintoxicación. Diagnóstico: sobredosis flamenca.
Tratamiento: música pop y telebasura. Un vistazo al calendario del dormitorio
le provoca sudores fríos: ¡sólo quedan quince días
para que arranque la Bienal de Sevilla!
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