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Especiales. Reflexiones de
Antonio Canales
Carmen Amaya, un monstruo de belleza
Antonio Canales. Sevilla, diciembre de 2002
Ayer vi bailar a Carmen
Amaya en unos cortos en blanco y negro que me supieron a gloria: 'El embrujo
del fandango' y 'Danzas gitanas'. ¡Qué cielo más esplendente,
qué pureza en el trazado! Se tiene que poseer una integridad a prueba de
bomba para moverse así. Y así tendríamos que vivir, hacerlo
todo como si en ello nos fuera la vida, como si dentro de nada nos pudiéramos
morir, es decir, con lo más auténtico que tenemos. (A decir verdad,
si lo pensáramos bien, morir y vivir son exactamente lo mismo, cada instante
es igual de importante). Carmen Amaya tiene todo lo que se tiene que tener para
abrazar la respiración en toda su plenitud. La fuerza de este cuerpo elástico
como un junco, el desgarramiento, la soledad... debió sentirse tan extraña
en este mundo. Es un monstruo de belleza, no se parece a nadie, es simplemente
ella, Carmen Amaya, ahora y por los siglos de los siglos.
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Carmen Amaya en Estados Unidos en los años 40 (Álbum
particular de Luisa Triana)
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Y aún por encima de todo lo que podía distraerla (el dolor, la
angustia, los problemas de todo tipos que debía o pudiera tener), ella
se centra con una alegría que da pasmo. Y es que no es de este mundo o
es mucho más, pues para hacer lo que ella hace se tiene que haberlo abrazado
también del todo antes de dar el salto y ser ya inasible en el vuelo. Es
la encarnación misma del duende en mayúscula, alguien que baila
ya sumida en la ebriedad, que ya se halla en un estado de gracia semejante al
de San Juan "entre las azucenas olvidada". Precioso, precioso, este
genio danzante. Esos ojos que ya no sabes si están prendidos en la eternidad,
que ya no ven nada porque están ciegos de ver y no ver a la vez, embriagados
de no saben qué porque sienten la sed y no ven la fuente donde saben podrían
al fin beber y quedar colmados. ("Qué bien sé la fuente que
mana y corre, aunque es de noche..."). Son auténticas fulguraciones
del éxtasis, una invitación al vuelo cernido. Muere recibiendo,
la ves como un Fénix en plena aniquilación, deshaciéndose
y recreándose en esta pira de fuego en la que arde sin consumirse.
Creo que baila, además, con el corazón, ya ni siquiera desde
las entrañas, desde lo que tenemos de más lleno y más vacío.
Es un fluir de sangre que abraza el instante y la memoria, que se asienta en el
cosmos como un astro. ¡Y cómo mueve y templa los muslos, virgen santísima!
Eso es una lección de erotismo del refinamiento más extremado. Lo
demás, para quien se lo crea...
¿Ves? A ella supongo que la fama, los aplausos y esas cosas, pues sí,
porque son el reconocimiento de la gente y podía vivir de su arte, cosa
que está muy bien para no tener que putearte en otras cosas, pero que después
ya está. Ella baila y nunca se apaga, baila y ya está, porque lo
lleva en la sangre o ve a saber dónde, acaso en el centro más escondido
del alma.
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