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'CHANO LOBATO, MEMORIAS DE CÁDIZ'
Juan José Téllez y Juan Manuel Marqués
Capítulo 1. "Ese barrio de Santa María..."

Chano Lobato y Antonio Carrión (Foto: Javier
Hurtado)
El Barrio es el de Santa María: sabor a pescado y a matadero, con casas
apuntaladas hasta por el corazón de sus letrinas, empedrado antiguo y vecinos
cuyos bisabuelos ya se conocían entre sí, los mismos que ellos,
retén de guardia en unas callejuelas que nunca vinieron a menos porque
nunca fueron a más. La gracia y la miseria, el yin y el yan de una ciudad
de palacios dieciochescos y de minúsculos partiditos, de burgueses opulentos
y despiadados asustaviejas.
"Yo nací en la calle Botica número 27, que hasta su muerte,
el pobrecillo de El Morcilla vivió en esas habitaciones. Hace esquina la
calle Mirador y en la otra esquina nació El
Mellizo. El Morcilla es el que decía que le había puesto esa
placa de mármol a su abuelo, que le había costado un dineral. Eso
decía El Morcilla, yo no sé, como es tan embustero..."
Demasiadas imágenes en su magín como para que pueda traducirla
fácilmente en palabras: "Yo tengo referencias, ese barrio de Santa
María...", y pone Chano Lobato, los ojos soñadores, como si
su retina evocase sucesos remotos, un paisaje fósil, un sabor añejo
que apenas ha variado por sucesos triviales, alguna barra de aluminio en donde
estuvo la madera de pino de un bache legendario, el cuplé carnavalesco
donde antes reinaron alegrías y soleás de Cádiz, la fachada
enlucida de una casa restaurada o, por citar un caso reciente, la mudanza del
Piojito desde su mercado hasta las lejanas estribaciones de Puerta Tierra.
"Yo he estado ahora poco en Marruecos y he visto calles así que
me recordaban al barrio en aquel tiempo, la gente sentada a la puerta en verano
y mucho ambiente flamenco. Sobre todo, la tienda del Mataero, en la que paraban
todos los flamencos. Cada vez que había reuniones buenas allí se
concentraban, Rosa, la madre de La Perla, todos los flamencos del barrio y de
Cádiz. Espeleta,
Ignacio, paraba allí, se sentaba en unos sillones grandes de anea, en la
puerta del Matadero. De Ignacio y de mucho. Había un hombre que me llamaba
la atención de chico, que fue matador de toros, Agualimpia, que era un
pincel, arreglado y todo.
Muchos flamencos, Varita, el puntillero de la plaza de toros, y luego fue Charol.
Su mujer, Mercedes. En fin, Casa Constantino, Casa Andrés en la calle Mirador,
La Constancia. Por quítate y no te menees se formaba una fiesta. ¡Y
esos bautizos que duraban tres días, pero sin guasa, cada vez a más...!
Ya en el bautizo, terminábamos por la mañana, vámonos an
ca María La Morcillera, que vivía por El Falla, familia de Santiago
Donday y su hijo Agustinito, que bailaba muy bien; su hijo Curro, que era de la
edad mía y ha muerto".
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Barrio del Pópulo
(Foto: Andalucía.org)
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Era un panteón familiar y obrero, que se las ventilaba en lo que podía,
un santuario personal del arte, con figuras entrañables y prodigiosas como
aquella Rosa La Papera a la que cita, pero que no terminaba en el Barrio, propiamente
dicho, sino que se extendía al Pópulo, al Mentidero, y sobre todo,
a La Viña y La Caleta, que son las antípodas de Santa María,
el territorio que completa la geografía humana del niño que fue
Chano Lobato. Era un mundo sin otra raza que la del ingenio, sin mayor presupuesto
que el de la escasez, sin otro idioma que el del compás.
"Yo me he criado con Jineto, el tío de Juanito
Villar, con su madre, con Pilar, La Jineta, Pablo, Curro, Gertrudis, todos
los gitanos del barrio. Después, para más, estaba La Posá
que era de Clarita Baena, Chano, que era primo hermano de ella. La posá
tenía arriba un corredor y abajo estaban los corrales, las cosas. Los flamencos
que venían eran canasteros, llegaban a veces a ver a sus familiares presos
y como la cárcel estaba enfrente, se quedaban allí... En Cádiz,
estaba la posá del Mesón, en el barrio del Mesón, pero la
del barrio era esa que estaba enfrente. Venían con los hatos. En la cárcel,
siempre había un familiar o algo y las criaturas querían verlos
pero tampoco tenían mucho que gastar. De chiquillo, me iba con ellos y
pedía rancho en el cuartel de San Roque. Vivíamos mezclados... Ya
se acostumbraban a la vida nuestra. Había uno que le decían El Gordo,
descalzo, jugaba a la pelota con nosotros y aprendió que quitaba el sentío.
En Cádiz, no ha existido eso de las diferencias entre payos y gitanos.
Yo, desde chico, la noción que he tenido no era esa. Con los hijos de allí,
nos llevábamos como hermanos, una familia. Eran los canasteros, venían
y se acostumbraban a la vida nuestra. Cuando fui a Barcelona por primera vez,
vi esa cosa del racismo, de las diferencias y me daba pena. Fue al entrar en un
cine, iba yo con dos o tres flamenquitos y, entonces, me dio mucha cosa. Les llamaron
la atención, y eso ya hace muchísimos años. A mi, esas cosas
no me gustan. Por unos y por otros. Los flamencos del barrio, todo el mundo para
el colegio desde chiquitito. Se enamoraban, se hacían novios, se casaban
y ya están. Dar una vuelta, ese compás y meter mano... Ese es flamenco,
pues no lo era. Esa cosa, de niño, la hemos vividos todos".
Su imaginario de Cádiz era una isla, donde no cabían las diferencias
de ningún tipo, más que las que mediaran entre la fortuna de los
enriquecidos y el instinto de supervivencia del resto de sus pobladores: "La
gente vivía del Muelle, el matadero estaba enfrente, los flamencos en Cádiz
siempre se han buscado la vida. Lo de gitanos y payos, yo no lo he conocido. Eso
que te he contado antes, todo el mundo para el colegio, de jóvenes que
se miraban de chiquillos y luego se casaban. Lo mismo daba que ella fuera flamenco
y él no. O que ella lo fuera y él, no. Había una mezcla muy
grande, en ese sentido. Y para meterse a cantar o a bailar no era menestare nada
más. Hablar del caló, o no, nunca lo he oído. La gachocita,
el gachó, el tomatuno, la cebolluna, nada más. En Cádiz,
no se ha escuchado esa palabra de payo. Sino primo, ¿tú eres flamenco,
tú vendes cal? Hasta ahí llegan. Ni decir payo con guasa, ni decir
gitano con guasa. Allí la palabra gitano, en Cádiz, ha sido como
un halago. Qué cara más gitana. Qué flamenco vienes. Has
sido como un galardón. Cuando ya he ido para arriba, he visto ya esa tirantez,
esa cosa".
Así se recuerda Chano Lobato, en la fotografía ocre de los años
30: "Yo era un niño como todos los niños, malo, travieso, normal.
Me agarraba a una juerga por cualquier motivo. En la tienda del matadero paraban
todos los gitanos del barrio, toda la gente trabajadora del Muelle y había
siempre motivos de juerga. Había una ventanita por la que me pasaba las
horas muertas escuchando cantar. Y, luego, un bautizo, quítate y no te
menees, esas fiestas que lo mismo eran en La Viña que en Santa María,
aquello ya sabes como es, chiquitito".

Murallas de Puerta Tierra (Foto: Andalucía.org)
"Lo que cuento es verdad, unos cosquis que me daba Ignacio Espeleta para
averiguar qué había comido. Y yo le decía que si, pero para
que me diera una gorda, aunque no fuera verdad que había comido lo que
él decía. El le ponía falta a todo el mundo. Me acuerdo perfectamente
de él, porque vivía en el Campo del Sur, al lado de una casa que
era de Chano Baena, su hermana Clarita. Entonces, allí venían muchos
gitanos canasteros, porque la cárcel estaba enfrente y venían muchos
con los hatos. Allí metían sus bestias. Me acuerdo de ese hombre;
Almejita, su hijo se llamaba como su padre. Ese chiquillo estaba en el colegio
del Campo, el de La Salle, los hermanos esos que tienen el baberito, que allí
estuve yo pero me echaron porque hacía muchas rabonas y me fui al colegio
del Campo, que era mixto, niños y niñas. Ahí, en ese colegio,
yo estaba en la clase de los mayores y Almejita era el primero de la clase, gitano
por los cuatro costados. Era el niño más listo del colegio. Cantando,
ese niño, era un brujo, porque en casa de Conrado, que era almacén
y tienda, donde paraban muchos viejos flamencos, el niño se iba allí
a escuchar, a escuchar. Tenía un conocimiento de los cantes de Enrique
o como hacía la soleá del Morcilla, un fenómeno. Era muy
bonito y cuando se hizo mocito y estaba un poco tocado al pecho, murió
muy joven. Cantando, un fenómeno. Un fenómeno, de verdad. El padre
se lo llevó a Barcelona. A los seis días, lo que yo te digo, se
vinieron para acá. Estuvieron parando en un sitio que hay allí en
Las Ramblas, en el arco del Teatro, que es una pensión bastante grande,
un piso corrido, que yo he parado allí también. Entonces, mandó
un telegrama a Cádiz y como se llamaba el sitio El Gato Negro, decía:
Nosotros bien, miau".
revista@flamenco-world.com
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