DIEGO EL CIGALA & TOMATITO. VERANOS DE LA VILLA 2009
Cantaor, tocaor y más
Silvia Calado. Madrid, 25 de julio de 2009
’40 kilos de arte’. Diego
el Cigala: cante. Tomatito: guitarra.
Paquete: segunda guitarra. Piraña, Lucky Losada:
percusión. José Maya: baile. Yelsi Heredia:
contrabajo. Veranos de la Villa 2009. Escenario Puerta del
Ángel. Madrid, 25 de julio de 2009. 21:30 horas
El flamenco no es una música solar.
A lo jondo le van más los cielos nocturnos. Qué
fatiguitas debió pasar Diego
el Cigala al abrir el concierto con unos cantes a
cappella, de esos de drama fragüero y oscuro dramatismo.
Aún era pleno día en estas primeras estribaciones
de la madrileña Casa de Campo cuando el recital dio
así comienzo. Muchos de los dos mil quinientos que
cubrían por completo el aforo aún se estaban
ubicando y haciendo crujir la estructura metálica
de la gran grada provisional. Aún relucía
la ciudad a la izquierda. Aún se percibía
lo desangelado de este nuevo escenario Puerta del Ángel
que, extramuros, sustituye al histórico patio del
Cuartel de Conde Duque como epicentro del festival Veranos
de la Villa.
Contrastando el repertorio, el testigo
lo tomó Tomatito.
El guitarrista almeriense, recibido por un público
ya más metido en situación, abrió el
canal de comunicación escenario-grada con uno de
sus temas más emblemáticos, las alegrías
‘La Ardila’ de su no menos emblemático
álbum ‘Guitarra
gitana’. Palmas y percusiones lo respaldaron en
su decidida incursión en la tabla. Y entonces comenzó
el mano a mano que anunciaban los carteles. Cigala y Tomate
formaron estampa clásica, cantaor y tocaor. Y jugaron
a exiliar las prisas del respetable, interpretando primero
unos aires mineros. Después, ya casi bajo la noche,
llegaría la soberbia soleá, un sentido diálogo
salpicado de pausa, de hondura y de personalidad en cada
uno de los dos instrumentos. Un clima así de apretado
necesitaba distensión. Y tomó, curiosamente,
forma de sevillanas. Gitanas y oros. La playa de Sancti
Petri y las Islas Filipinas. El calor que ambos habían
logrado, de repente, se disipó y se echó en
falta un guión que, para el global del espectáculo,
midiera dinámica y fluidez. Por un lado, Tomatito
tiró del grupo para extractar ‘Spain’.
Por otro lado, más desconectado aún del todo,
el bailaor José
Maya se expandió a solas con un encadenado de
virguerías de pies y cabellos acompañado de
percusión, palmas y las voces de, entre otros, Saúl
Quirós y Simón Román.
Terminado el entremés, el concierto
volvió a su ser. Cigala y Tomatito, ahora en formato
grupo, fueron dando forma al repertorio que demandaba la
mayor parte del público, ese flamenco crossover
que tan buenos resultados le ha dado, especialmente, al
cantaor madrileño. Tintes transatlánticos,
rositas encarnadas, Salvaoras, lo brasileiro, lo afandangado.
Y todo ello musicalmente elaborado y encajado con sentido.
Con el bolero, Cigala afinó al máximo su conexión
oído-garganta. La banda inventa un nuevo contexto
para ‘María de la O’, el público
se anima. Y los músicos se despachan generosamente
tanto desplegándose por el rico mundo de la bulería
como dulcificándose en una entrañable vidalita.
Los tangos fueron espacio flexible para el clímax
y la despedida, dando cabida desde al ‘Sé de
un lugar’ de Triana, como al estribillo del ‘Picasso
en mis ojos’. Pero si una referencia fue insalvable
en este concierto fue Camarón,
a quien Tomatito acompañó desde ‘La
leyenda del tiempo’ hasta el final. Explícitamente,
apareció a retazos de su repertorio, incluso en un
coro que refirió su “nada es eterno”.
Pero tácitamente estaba en la estampa, en la actitud
musical que legó y, seguro, en el espíritu
y en el recuerdo. Y más, cuando cantaor y tocaor
volvieron a quedarse solos para despedirse definitivamente
con un bis por fandangos que dejó en el aire la palabra
“libertad”.