BALLET CRISTINA HOYOS. TIERRA
ADENTRO
Un filme en directo de vida y de muerte
Candela Olivo. Córdoba, 8 de julio de 2002
Ficha artística. Cristina Hoyos: baile y coreografía.
Carmen Lozano, Pepa Mercé, Mar Montero, Mónica Hidalgo, Cristina
Gallego, Encarna Fernández. Bailarines: El Junco, Francisco Martín,
José Vidal, Jesús Marín, Jesús Ortega, Javier Romero
y Juan Antonio Jiménez. Cantaores: David Palomar, David Sánchez,
Mercedes Cortés. Guitarristas: José Luis Rodríguez, Antonio
Sousa, Roque Acevedo. Y la niña: Carmen Bellod. Escenografía y dirección:
José Luis Castro. Gran Teatro. Córdoba, 8 de julio de 2002. 22 horas.

Compañía de Cristina Hoyos (Foto: Daniel
Muñoz)
"Cuéntame que la vida sigue".
Cuando la voz en off que lee la carta pronuncia esta petición, comienza
el ir y venir en el tiempo con el que Cristina Hoyos ha querido dar forma a la
novela de Juan Cobos Wilkins sobre el pueblo minero onubense de Río Tinto.
'Tierra adentro' acude, para ello, a una inusitada batería de recursos
escénicos que dan pie a una obra de celuloide en vivo. Los fundidos, los
flash-back, los cambios de escenario, la iluminación, la dramatización,
el incorporar al atrás en el reparto... hacen del espectáculo un
largometraje en el que los diálogos se cambian por movimiento corporal.
Y con ello se cuenta la dramática relación entre la vida y la muerte
de quienes se alimentan de las entrañas de la tierra.
El contraste entre ambas caras es el
que da hilazón a las escenas. Se llora la desesperación, el recuerdo,
el acatamiento de las leyes naturales, el propio fin de la vida... tanto en el
baile en solitario de Cristina Hoyos, la primera persona, como en el baile comunal
de los hombres, cuando la "cámara" se traslada al interior de
la mina. La bailaora y coreógrafa sevillana echa mano de elementos corporales
que poco tienen que ver con el efectismo para expresarse: las manos, los brazos,
los arqueos para acariciar la tierra, el gesto. Los hombres, con el estilizado
baile de El Junco a la cabeza, recurren por el contrario a los pies para marcar
el rítmico compás con el que extraen el mineral, para exponer el
control que la tierra ejerce sobre ellos. Cantes levantinos, seguiriyas, soleares
y un estribillo enlatado a base de corno inglés y violín enfatizan
esta faz oscura. Se jalea a la vida, por antítesis, en las fiestas comunales
por tangos o por bulerías, dándoles contexto de patio o de plaza
de pueblo. Y ello salpicado de detalles como que la cantaora cante arrodillada
mientras arregla en un cesto una guirnalda de flores, como que los guitarristas
estén sentados a la mesa de celebración.
Cristina Hoyos da varias lecciones de buen
hacer en este montaje. Una es la capacidad de mover grupos en la escena, utilizando
recursos como la heterogeneidad en las composiciones o el baile en distintos niveles
de altura. Otra es el uso de la música, obra de José Luis Rodríguez,
para dar apoyatura al argumento... que quizás, intencionadamente, no sea
tan ligado como la narrativa tradicional manda, pues priman las sensaciones y
la sugerencia. Uno más es el impecable dominio del formato teatral, totalmente
al servicio de la obra que podrá verse de nuevo el próximo septiembre
en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, en el marco de la XII Bienal de Flamenco.

Cristina Hoyos (Foto: Daniel Muñoz)