ENRIQUE MORENTE
Cante apolíneo
Candela Olivo. Córdoba, 11 de julio de 2002
Ficha artística. Enrique Morente: cante. Manuel Parrilla:
toque. Bandolero: percusión. Gran Teatro. Córdoba, 11 de julio de
2002. 22 horas.

Enrique Morente (Foto: Daniel Muñoz)
Opinión generalizada es que si un espectáculo
de baile es difícil de vender, más aún lo es uno de guitarra
y casi imposible uno de cante. Falta la excepción para confirmar la regla.
Ni Javier Latorre ni Cristina Hoyos habían logrado con sus nuevos espectáculos
llenar el Gran Teatro días atrás en el XXII Festival de la Guitarra
de Córdoba. Pero Enrique Morente puso el cartel de no hay entradas. Y sin
artificios: cante y sólo cante. El cantaor granadino dividió su
recital en dos partes cuyo carácter marcaba su atuendo. Con traje de chaqueta
y camisa blanca, Enrique Morente acometió un recital tradicional de cante,
sin más compañía que la de la guitarra de Manuel Parrilla.
Con camisa negra y con Bandolero formando trío, el otro Enrique Morente
mostró su faz avanzada.
Con traje de chaqueta y camisa blanca,
se prologó con cantes de serranía. Ya entonces desplegaba su arrebatadora
personalidad melódica pero ¿por qué tan susurrado? Cantando
bajo y sin apenas esfuerzo, el granadino esbozaba su tirititrán para cantiñear,
pegando el tiro al aire, cerrando por titirimundis. Las malagueñas -"del
convento las campanas"- traían consigo cierta apertura de voz, pero
continuaba cantando a plumilla, haciendo bella la incapacidad. Y, en la misma
línea, dibujaba espirales por una soleá que remató bruscamente,
incluso sorprendiendo a la guitarra, por puertos. La seguiriya que cerraba la
primera parte contuvo alguna de sus características subidas limpias, pero
sin llegar a romper... rozando, acariciando, esbozando.

Enrique Morente (Foto: Daniel Muñoz)
Con camisa negra, entró recordando
el lorquiano llanto de la guitarra. Vino más crecido, más entero,
pero rasante. Y así buscaba a Alberti, por alegrías: "Si mi
voz muriera en tierra". Y se sumergía después en la malagueña,
con autorreferencias que buscó en 'Negra, si tú supieras', envalentonándose
para despertar al sereno que. "Yo, poeta decadente y español del siglo
veinte". Acancionado, encaja ayeos en su ser morentiano, modelando su voz
para conseguir belleza. Aún así, sabía que no estaba viviendo
su mejor noche y, en un arrebato de honradez, dio las gracias y pidió disculpas
por "nuestros errores, nuestras caídas, nuestras levantás".
Dicho esto y sin apenas respaldo tocaor, acometió unos tangos que iba salpicando
de detalles propios: el "vendiendo flores" de 'Omega', "como el
amargo en la corteza verde" de 'Lorca'... Anunciando el ocaso, vira a bulerías.
La garganta está templada y, si bien se remite a Machín, basa el
tema en su personal interpretación del repertorio tradicional menos explorado.
Y eso, de por sí, es un valor. El público está en pie, tan
fan como aficionado. Y pide más. Enrique Morente, el de la camisa negra,
responde al bis por fandangazos, alargándose hacia dentro, perfilando curvadas
melodías, prolongando esa forma apolínea de cantar que se conforma
con la belleza sin dar lugar al estremecedor quejío de Dionisos...
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