ESPECIAL. CURSOS DE BAILE
FLAMENCO FESTIVAL DE JEREZ 2007
Un ‘ratillo’ por soleá
Silvia Calado. Jerez, marzo de 2007
El cómo se aprende el
baile flamenco es un asunto que intriga, y mucho, desde
siempre. La revista ‘Nuevo Mundo’ publicaba
en 1930 un reportaje de la periodista Rosa Arciniega de
Granda titulado ‘Lo que cuesta el aprendizaje del
baile español’. La avezada escritora se colaba
en el estudio madrileño del maestro Román
para intentar descubrir por sí misma los ‘misterios’
del aprendizaje.
-¿Cuánto tiempo
se necesita para aprender todo esto?
-Depende de las aptitudes
de cada una. Pero con todo hay pa un ratillo. Para algunas,
ese ratillo es toa la vida.
Ya lo dijo el maestro: incluso,
toda la vida. Y para darle la razón, sólo
hay que calzarse unos zapatos, con su tacón, sus
clavos y su angostura. Ni el planta-tacón es fácil,
lo aseguro. Pues para dar fe de ello me infiltré
como alumna de los cursos del Festival
de Jerez 2007, que es el resumen de cómo gentes
de todo el mundo afrontan, desde que el flamenco es flamenco,
ese “ratillo” que es asimilar el baile.

Curso de Rosario
Toledo en el Festival de Jerez 2007
(Foto Daniel Muñoz)
Y es que el festival que se celebra desde
hace once años en esta flamenca ciudad ya convoca
a casi un millar de alumnas de medio mundo, compartiendo
protagonismo casi con los propios artistas. No es normal
ver una ciudad andaluza de hoy ‘tomada’ por
chicas orientales, mediterráneas, americanas o
nórdicas, correteando de un lado a otro hasta la
madrugada en busca de flamenco... y, muchas veces, hasta
con las faldas de lunares puestas. Juro. Quien sigue el
ritmo del festival lo entiende, pues a veces no hay ni
tiempo de cambiarse. Hay cursos a las diez de la mañana,
tertulia a la una de la tarde, cursos a las cuatro, conciertos
a las siete, teatro a las nueve, concierto a las doce,
peña y jarana hasta el amanecer... Y así
quince días. Con lo cual, saber elegir es un arma
eficacísima en este festival: hora, lugar... y,
por supuesto, curso.
De los treinta y tantos ofertados en
esta convocatoria, una servidora tenía que inclinarse
claramente por alguno de nivel básico, que una
tiene cierta experiencia y taconazos en su haber, pero
menos constancia de la precisa. Y es esa cuestión
del nivel un tema serio, pues suele abundar el alumno
que se tiene en demasiada estima y acaba fastidiándole
las clases tanto al profesor como a los compañeros
que eligieron el nivel adecuado.

Ángel Muñoz
en el estudio
(Foto Daniel Muñoz)
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También sería mejor la
segunda semana, pues estando cubriendo el festival, ya
estaría más encarrilado el trabajo. Y la
hora pues, forzosamente, a las cuatro de la tarde, una
vez redactada la reseña y demás escrituras
del día, una vez asistido a la rueda de prensa
y a la tertulia correspondiente, y una vez comido. Quedaría
así tiempo para una ducha express y para estar
en el espectáculo de las siete... dios mediante.
Así que con estos condicionantes, quedaba elegir
entre Ángel
Muñoz y Rosario
Toledo, entre la soleá y las bulerías.
Necesitada de sosiego, la soleá. Y del profesor
tenía más que buenas referencias, tanto
en los estudios como en los escenarios. Aunque qué
difícil es elegir en este claustro donde, sépanlo,
figuran muchos de los mejores maestros de esta disciplina,
tanto veteranos como jóvenes, por todos los palos
y para todos los niveles. Matilde Coral, Manolo Marín,
Merche Esmeralda, Javier Latorre, Javier Barón,
Isabel
Bayón, Rafaela Carrasco, Rafael Campallo, Mercedes
Ruiz y muchos más. Vamos, que lo mismo la noche
antes han estado recibiendo aplausos en el Teatro Villamarta...
y ahora están en su clase remangados.
Pues en los estudios de la calle Francos
estábamos veinticinco y una servidora, puntuales
todos, para tomar la primera clase el domingo a las cuatro
de la tarde. En los estrechitos vestuarios se cruzan los
primeros saludos... en las más variadas lenguas
que se puedan imaginar. Inglés, francés,
alemán, japonés... ¿y español?
No, español no. Aunque es cierto que ya hay compañeras
que se esfuerzan en chapurrear el idioma mío y
del profesor, seremos más el profesor y yo quienes
nos decantemos por el inglés para comunicarnos.
Si bien es cierto que el idioma del movimiento corporal
es universal, toda esa información adicional que
no está en los cursos a distancia ni en las escuelitas
del extranjero, entran mejor por la vía de la palabra.
“No tan rápido”. “Mantened la
velocidad. Suave, suave”. “Con fuerza, diferenciando
el sonido del tacón y de la planta”. “Así,
en el último instante”. “Ten las piernas
un poco flexionadas”. “Que la fuerza venga
desde atrás”. “Y... siete, ocho, nueve
y diez, un, dos”. Cosas así, pero en inglés.
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Alumnas a compás
(Foto Daniel Muñoz) |
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Tras las presentaciones de rigor, de
cabeza a la faena. Ángel estableció, de
entrada, el método que seguiría cada día.
Primero, estirar y calentar. Segundo, repeticiones a base
de combinar la planta, la punta y el tacón. Tercero,
aplicar la técnica al estilo en cuestión,
en nuestro caso, la soleá. Cuarto, poner en práctica
lo aprendido con guitarra y cante en directo, de Jesús
Álvarez y Anabel Rosado. Quinto, uuuuuffff... desmayarse.
Exagera una, que por algo es sevillana, pero no son estas
clases para marear la perdiz, no. Estas clases son para
trabajar duro, para tomarse muy en serio esto del baile
flamenco. Esa es la premisa, ya después cada uno
se marca su objetivo. Hay quien viene dispuesto a llevarse
la coreografía a toda costa. Y ahí las más
empecinadas son las orientales, muchas de las cuales alquilaban
un estudio al terminar la clase para seguir practicando.
Hay quien viene a completar su repertorio de pasos. Hay
quien viene a capturar flamencura. Hay quien viene a ejercer
de fan. Hay quien viene a pasárselo en grande.
Y hay quien, además, viene a aprender. Como dijo
el maestro el último día, “espero
que hayáis aprendido, un poquito o muchísimo,
cada uno lo que haya podido, pero espero que hayáis
aprendido. Yo he aprendido mucho de cada uno de vosotros”.
Y no dijo “cada una” porque
había no uno, sino tres chicos en la clase. Y no
saben lo rarísimo que es. Normalmente, la mayoría
de los estudiantes de este tipo de cursos de baile flamenco
son mujeres de entre veinte y treinta años. Y en
esta clase la mayoría daba este perfil, pero también
había señoras entraditas en años
y, como he dicho, tres hombres. Aunque para caso único,
el de la clase de Rosario Toledo donde, según me
contó, había una niña checa de diez
años. Ni edad, ni sexo, ni nacionalidad. El flamenco
no discrimina.
Así que los veinticinco y yo,
cada uno de su padre y de su madre, traductores, escultores,
amas de casa, bailarines y periodistas, sudamos, ‘sufrimos’
y disfrutamos por igual. Bueno, no igual del todo, pues
el tamaño del aula dejaba algo que desear y los
de la parte de atrás teníamos que hacer
esfuerzos adicionales para ver lo que sucedía junto
al espejo. Eso sí, en cuanto el profesor se percató
del problemilla, lo solucionó rápidamente
repitiéndolo absolutamente todo de la mitad para
atrás. Aunque quede dicho que otros espacios donde
se imparten cursos del festival son bastante más
holgados y luminosos. Algunos, como el que se ha montado
en la Bodega de Los Apóstoles, con botas de vino
reposando y todo, es una delicia. Pero la creciente demanda
aprieta... y la oferta no responde.
En fin, pero que se superó el
inconveniente. Y es que Ángel Muñoz, y conste
que no es ‘peloteo’ de alumna satisfecha,
tiene la capacidad de personalizar sus enseñanzas,
a pesar de lo numeroso del grupo. Está siempre
atento a cada alumno, corrigiéndolo, entendiendo
su capacidad, potenciando sus virtudes... y haciéndolo
trabajar, físicamente, bastante más de lo
que se cree. Sobre todo, en las dos primeras partes de
la clase. Y es que, casi sin darte cuenta, ya estabas
marcando por soleá.

Curso de Rosario Toledo en
el Festival de Jerez 2007
(Foto Daniel Muñoz)
Aunque la finalidad de un curso de nivel
básico no es aprender una coreografía, sino
estudiar la técnica por un determinado estilo,
al cabo de doce horas teníamos montada la salida,
la primera letra, la escobilla y la segunda letra. Una
combinación de pasos, giros, desplantes, marcajes
y remates que iban naciendo sobre la marcha. Sí,
sí, porque lo que hacía el profesor en el
intermedio, cuando cerraba los ojos apoyado en la fachada,
era pensar en los siguientes movimientos. Así se
comprende que pidiera la grabación a los alumnos
que sacaron sus cámaras al final, pues esa soleá
estaba hecha a la medida de esta clase. Antes, no existía.
Por eso se explican anécdotas
como la del cuarto día, cuando Ángel era
incapaz de recordar uno de los pasos de ayer... y, al
cabo de quince minutos, teníamos no una, sino veintiséis
versiones del paso. La escena tuvo tela de arte. Aunque
la verdad es que el ambiente fue de lo más distendido
a lo largo de todo el curso. Y así lo marca el
profesor, con una personalidad encantadora. Tanto que
la tarde de la despedida hubo hasta lágrimas. No
sería de extrañar que surgiera de esa clase
el club de fans del querido bailaor cordobés. Quizás
con sede en Brighton... a donde sé que fue a parar
la camiseta sudada del maestro dentro del bolso de una
alumna. “See you next year!”. Ojalá...
Y ojalá estuviera viva doña Rosa Arciniega
para matricularse, que no hay mejor manera de saber de
qué se escribe que sudándolo.