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Un árbol de cordura
Silvia Calado Olivo. Madrid, 5 de abril de 2002
FICHA ARTÍSTICA. Carmen Linares: cante. Gerardo Núñez:
guitarra. Pablo Martín: contrabajo. Ángel Sánchez, Cepillo:
percusión. José Manuel León: guitarra. Agustín Henke:
percusión. Ana María González y Federico Baeza: palmas. Javier
Barón (artista invitado): baile. Teatro Real. Madrid, 5 de abril de 2002.
20 horas.
Una apertura para un cierre. El ciclo 'emociona!!! MUJER' eligió epilogarse
con el prólogo de 'Un ramito de locura', la presentación del tan
esperado nuevo trabajo de Carmen Linares. Fue presentado en off como un álbum
de presencias -fundamental, la de Gerardo Núñez trío- pero,
sobre todo, como un "memorial de ausencias": de su padre, del poeta
Jorge Luis Borges, del solearero madrileño Manolito Heras, de Vainica Doble,
del también poeta José Ángel Valente...
La inmensidad del Teatro Real la recibe con aplausos. Viene de blanco, chaqueta
y falda con tímida capa, mantoncillo marrón. Viene correspondiendo
a lo regio del marco quedándose en pie. Un solo de contrabajo: Pablo Martín.
Y Carmen comienza a cantar por tonás a "la resignación".
La voz tostada, aún comedida. Se incorpora Cepillo a hacer base con cajón
y yembé. Carmen ya se ha crecido, ya ha exhibido gran parte de su infinito
abanico de matices. El sonido se va extinguiendo hasta el silencio...
Gerardo Núñez hace aparición para acometer la soleá
'Pocito de nieve'. Contrabajo y tabla hindú. Un incontenido despliegue
de armonización envuelve el quejío brutal de la cantaora jienense,
que se despliega, que se recoge. Sobre la base de contrabajo que pesa, revolotea
la guitarra... por arriba, por abajo, por en medio. Libre falseteo. Una de ida
y vuelta: 'Milonga del forastero'. Borges. Una segunda guitarra respalda al trío.
Carmen se pone recitadora, se muestra virtuosa en cortes y cambios. Gerardo vira
del punteado finito, a lo recio, a lo contenido, a lo cadencioso, de vuelta a
los picados. Bajo con arco. Carmen ya está cerrando los puños...
y al remate: "Que yo me voy contigooo, donde tú me quieras llevar".

Carmen Linares (Foto: Anahí Cármody)
El grupo, al completo. Dos coros y dos palmeros. La guitarra abre camino, la
siguen tabla india, yembé, cajón y palmas. Canción por bulerías:
'Quiero tu nombre olvidar'. Otra Carmen, la del susurro, precede a la Carmen que,
sin amilanamientos, toma brío. Los cajones alardean de suavidad. Toda la
percusión, de criterio y gusto. Cómo canta Carmen... no limits.
Y Gerardo, blusero, brioso. Todo el grupo, incluyendo a Cepillo, corea el estribillo
de la romera. 'Palma y corona'. El grupo derrocha frescura y sentido de conjunto.
Javier Barón está invitado a bailar. Y lo hace, aupado por un coro
de sabor añejo, con templanza. Ofreciendo inusualidades tales como ¡el
remate de brazos! Carmen está allá arriba, Gerardo es más
escuchador-contestador. Jaleíto buleriero.
Carmen y Gerardo se quedan a solas. Seguiriya. La guitarra se recrea por su
mundo goteándole la frente; la voz, por el suyo. Ella moldea las melodías
bonito, largo. Silencios. Sensibilidad, tensión y expresividad se derraman
proscenio afuera cuando se cambia a cabal. Un quejío final sísmico.
Rescoldo minero en el esbozo de melodía. 'Agua fina por salobre', tarantas.
Guitarra trapecista, potente... Un grito desde la grada: "¡Carmen,
eres sabia, maestra!". Y Gerardo cambia de guitarra para hacer su eco cavernoso
por fandangos. El cante eriza buscando claveles y estrellas. Y, sí, es
sabia y maestra.
Un, dos, tres y... "canta con la voz del corazón, canta mu lento".
Todo el grupo por tangos. Pablo Martín, pizzicato, da cuerpo al conjunto.
Et voilà: el ramito de locura. Gerardo tiene el árbol entero. Reinan
la complicidad y el jugueteo... silencios, cambios. Y la voz con una fuerza, con
unos posos, con una raspadura, con una calidez... La guitarra mira ahora a Jerez
para llevar al grupo por bulerías: 'Labios de hielo', composición
de Pepe de Lucía. Carmen, brutal, estremecedora... y así hasta la
seguiriya construida sobre el 'In pace' de Valente. Culmen de estremecimiento.
El regio templo de la música correspondió a la flamenquería
de Carmen Linares aplaudiendo por bulerías. Pidió un primer bis,
en el que el trío se bastó con un tema de su repertorio. Y pidió
un segundo bis, en el que todo el grupo brindó un prescindible fin de fiesta
por bulerías. Detalles: los minutos de "gloria" para una Ana
María González que, a cuplé, pecó de temeridad prescindiendo
de amplificación; y la pataíta de la cantaora, tras acordarse de
Antonia Pozo, recogiéndose a remolque de Javier Barón. Tras de sí
dejaban una múltiple demostración: que el flamenco puede enriquecerse
desde dentro, que el respeto a la raíz debe puede ser antónimo de
mímesis, que ser flamenco no exime del deber de conocer otras dimensiones
artísticas, que por encima de todo está la música... y que
nada de eso tiene por qué implicar perder la cabeza.
Nota: todo elogio a la calidad del concierto coloca en el mismo primer
plano que a los artistas, a los técnicos de sonido. Juan Miguel Cobos,
al frente.
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