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LA GRAN PARADOJA: DE LA SAETA A LA BULERÍA
Alberto García Reyes
Al
son del cascabeleo de unas reses subyugadas a los mandatos del hombre, nace el
cante del labriego. "¡Arre mula!", dice el acemilero mientras
entona una canturria monocorde que exige mayor desparpajo en la trilla al animal.
Y luego, cuando llega la feria del ganado, el mismo cinchador que antes tarareaba
en las gañanías las melodías de su tedio, se deja embaucar
por el mosto y el trueque transformando los jalones de las bridas, a compás,
en molimientos de nudillos sobre la madera. ¡Ay la feria! La compra-venta
de ganado era quizás la excusa perfecta para salir de las fanegas de tierra
cercada, donde la fatiga se daba la mano con la hambre y la uva embriagadora no
era más que un sueño maldito, humilde quimera de unos hombres ahítos
de faena y escasez. Pero abril, el mes que altera -no adultera- las rutinas de
Sevilla, era la luz en las negruras de aquellos mozos a los que sus señores
premiaban con trabajarle el ganado en el mercado de Ybarra y Bonaplata. Porque
tras la intensa jornada de acarreo y trasiego de animales les aguardaba con impaciencia
la taberna. Y allí, el cante nacido del folclore o de la necesidad, se
hacía género cabal entre chatos de mosto del Condado y manzanilla
de Sanlúcar.

Puede
que después, con el tiempo, la Feria de Sevilla haya elegido las sevillanas
para componer su banda sonora. Pero la génesis fue otra cosa. En las primeras
casetas se cantaba por seguiriyas y soleares, por tonás y trilleras y,
en algún caso, también por sevillanas, que no hay que olvidar que
éstas también constituyen uno de los palos del flamenco. El origen
del cante se asienta sobre las figuras de ciertos ganaderos y matarifes, precursores
de los viejos profesionales que después aprovecharon acontecimientos de
este tipo para cantar en las tascas -o casetas- a cambio de unos reales. Sirvan
de ejemplo las palabras de Juan Martínez Vilchez, Pericón, que José
Luis Ortiz Nuevo recogió en su libro "Mil y una historias de Pericón
de Cádiz":
"Yo
le veía la cara a Tomás Pavón y me daba miedo mirarlo, y
es que en la caseta de al lao había un pianillo que no paraba de tocar
sevillanas... y el pobre Tomás na más que pensar que tenía
que cantar con el pianillo aquel se ponía malo, hasta que ya el presidente
de la caseta donde trabajábamos mandó dos o tres recaos y por fin
consintieron de parar un rato el pianillo; entonces aprovechó Tomás
para cantar por seguiriyas; cantó una vez y ya no cantó en toa la
noche porque, desde luego, es que allí no se podía".
Esta
escena, que no está fechada, pudo haber ocurrido allá por los años
veinte, pues el menor de los Pavón nació en 1893 y Pericón,
en 1901. Ya por entonces, el flamenco, un género que siempre ha sido poco
entendido por las mayorías, empezaba a abdicar su mandato inicial en favor
de las citadas sevillanas de pianola. La feria, con setenta años ya de
historia, había transformado el intercambio de ganado en fiesta y jolgorio.
Y el cante fue de los primeros en hacerse a la transformación: de las jonduras
de antaño a la liviandad actual.

No
hay un solo cantaor de renombre que no haya pasado, sin embargo, por alguna de
las casetas feriales. Entre el tumulto de bailes y palmas aún sigue habiendo
sitio para las voces cabales, que hacen de la bulería un imperio con el
que defender el flamenco actual. Cantaores como Juan Peña El Lebrijano,
Paco Taranto, José de la Tomasa o Pepe Collantes y bailaores como Antonio
Canales o Manolo Marín mantienen vivas las esencias con las que nació
el festejo abrileño. Y demuestran que Sevilla, tan paradójica como
maravillosamente, sabe pasar, con el alma indemne, de la queja de la saeta a la
euforia de la bulería en sólo unos días, en las mismas gargantas.
Como cuando los labriegos de la génesis cambiaban las asfixias del trabajo
por las ebriedades del vino. En fin, como Sevilla misma.
Alberto García Reyes
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