Ángeles Gabaldón
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GALA DE GANADORES DE LA UNIÓN

Crear o copiar: Unión o desunión

Alberto García Reyes. Sevilla, 1 de abril de 2003

Baile: Ángeles Gabaldón. Cante: Curro Fernández, Manuel Lombo. Guitarra: Manuel Pérez, Keko Baldomero. Guitarra: Antonio Soto. Percusión: Antonio Morales. Palmas: Gemma Garcés, José Ruiz. Cante: Manuel Cuevas. Toque: Fernando Rodríguez. Teatro Central. Sevilla, 1 de abril de 2003. 21 horas.

 

Ángeles Gabaldón en el Teatro Central de Sevilla
(Foto: Tomoyuki Takase)
   

Un mantón de lirios se apoya sobre las eneas. El clasicismo se vaticina. Y sale ella. La niña de los brazos espirales se come las tablas. Administra su cuerpo al milímetro por el amplio metraje de la escena. Reina el equilibrio. Por peteneras. El fario se vuelve bueno dentro de una bata amarilla al desafío. Su escuela brota de las manos, siempre como palomas, siempre como esculturas. Baila el cante. Baila el toque. Baila. No expone técnica, no. Baila, que es más. Mucho más. Menea el mantón con extrema naturalidad. La cola parece no estar. Gira sobre los pies por decenas hacia su izquierda. Mete los pinreles donde caben. Ase la tela con la zurda y se regodea zalamera en sus bajos. Curro pasa ducas dobles en la grande. Lo mandan las leyes. El atrás coge ritmo. El mantón vuela a una mano. Por eso Ángeles Gabaldón yergue la sesera en el paseíllo de cierre. Quien pueda que lo mejore. El palo que amortaja le da la vida. Paradojas del arte. Tiempo de guitarra.

Antonio Soto se busca por soleá de viejas cadencias. No se sosiega. Su frenesí lo traiciona. El toque por arriba exige pausa, respiro, por más que su eterno fraseo lo delate como adalid de los diestros. Cambia el aire hacia la tierra que lo premia. La taranta sigue siendo tradicional, con armonías sostenidas de rancios pretéritos. Es capaz de alargar el trémolo hasta la extenuación y despacharse como Dios por alzapúas. Mas sigue faltando mansedumbre. Tampoco llega por alegrías, ejecutadas casi al límite del formato de baile, ahítas de cortes y falsetas repetitivas. Mas el paradigma de la velocidad vacua se contempla por bulerías. Por arriba. La ceja sigue todo el tiempo al primero para buscar alivio. La carrera es total. Los oídos se abarrotan. Asueto, por favor. El cante gana sitio. Uno de Osuna se mete en las Cuevas mineras para demostrar que por allí no hay quien le eche mano. Domina los tercios levantinos con holgura, arremetiendo con fuerza contra ellos. Contra todos. Pero se descubre por cantiñas. El compás no le tiene querencia. Nada está matizado, ni por el Pinini, ni en las del Contrabandista. A partir de aquí el vagido de Manuel se convierte en regüeldo. Echa fuera la seguiriya a base de empujones jerezanos, pero alarga los tercios hasta la nada, hasta donde a nadie le importa que lleguen. Porque los pulmones sirven para hacer submarinismo. Véanse los fandangos, sobre todo el del Gloria de entrada, donde estira la dicha sin adornarla nunca. Ay, ay, ay, ay. En los graves de la saeta sí se ve a un cantaor con recursos. Mas empeñarse en aguantar hasta el último suspiro para rematar la faena es trabajo equívoco. Quién tiene un antídoto.

El baile regresa anunciando un taranto. María Ángeles se exhibe con los brazos acentuando los tiempos con hechuras. Y llega la sorpresa. La voz de Juan José Amador surge con los pícaros rockeros de Rafael y Raimundo a sus espaldas. Pata Negra. La Gabaldón aguanta el taranto. El fondo entra por tangos. La entrega forma parte del espectáculo 'Inmigración', la primera creación de la bailaora. Tres bailaoras multirraciales saltan el estrecho, nadan, sufren. Ella aguanta el taranto. La buscan. Dos se integran y bailan por Levante. Una no. Y suavemente las caderas de la bailaora marcan la entrada a compás. Ole. Viva La Unión de los pueblos. El corte, por ser primer avance de un próximo estreno, está descontextualizado. Porque es imposible asimilar lo que se ve si no se sabe por qué está ahí. Pero que viva La Unión de los pueblos. Y el baile de Sevilla. Y las bailaoras con desplante. Y las noches donde lo nuevo revuelca a lo viejo. Porque ningún tiempo pasado fue mejor. Que no. Constante eterna: crear versus copiar.

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