ESPECIAL. ENRIQUE MORENTE, POR JOSÉ MANUEL GAMBOA
Si se calla el cantor,
calla la vida
(a mi amigo Enrique Morente cuando ya duerme en Granada)
Por la clínica La Luz
no quiero pasar
porque me acuerdo de mi amigo Enrique
y me harto de llorar.
José Manuel Gamboa, para Flamenco-world.com.
Madrid, 17 de diciembre de 2010
Hasta hoy no he podido hablar porque las
lágrimas y la congoja me impedían convocar
las palabras precisas -si es que alguna vez di con ellas-,
para despedir a Enrique Morente. Así de fuerte, a
Morente. Responder al inesperado adiós del maestro
más potente, Enrique Morente ¿He dicho algo?
¡Esto sí que son pérdidas!
Y de las que no aguardan ganancias.
José Manuel Gamboa y
Enrique Morente, Festival de La Unión 2007
(Foto Kyoko Shikaze) |
Amigo Enrique, si uno supiera estar a la
altura te escribiría una elegía, qué
sé yo… Antes de meter la pata remitiremos a
Miguel Hernández, aquel poeta que nos diste a conocer
cuando éramos jóvenes, primero alzando la
voz en las tribunas saltándote la censura franquista
y, después, al productor de turno que no quería
registrar la intensidad de los lamentos compañeros:
Yo quiero ser llorando el hortelano... Ahora que
un hachazo invisible y homicida te ha derribado,
tan solo podemos compartir el dolor con tantos y tantos
amigos fetén como nos diste a conocer. Es un consuelo,
como el acudir a tu familia. Tendré que ir haciéndome
a la idea de que ya no me vas a llamar más, según
me quisieron advertir la abuela Rosario y esa Aurora que
como relámpago penetró en tus sentidos alumbrando
de por vida campos de amores. Guardo tu último mensaje:
Gamboíta, que no voy a poder ir a verte hoy y
por el libro de Rafael Romero; que me voy a quedar con Jack
el Destripador…
Nos has enseñado tanto sin dar aparentes
lecciones, nos has socorrido estando siempre oportuno el
primero en el momento preciso con la palabra justa cuando
flaqueaban las fuerzas… Alimentaste el correcto apego
prodigando sonrisas, persiguiendo o provocando colectivos
regocijos, ¡qué de noches las de aquellos días!,
y dando cuentas al que escuchar quisiere del tradicional
cante jondo, el centro que jamás perdiste porque
siempre supiste lo que cantabas. Enrike-ciéndonos
siempre, maestro Morente. El buen árbol de la buena
sombra que nos cobijó se ha quebrado, ya se secó
la fuente de ese manantial de música que nos libraba
de las fatiguillas y las penas. Nos has dado tanto, que
nos lo has puesto muy difícil en este trance. Qué
dolor, qué pesar, qué desazón, qué
tristeza infame e infinita nos abruma.
Enrique
Morente, Casa de América, 23 de octubre de
2010
(Foto Daniel
Muñoz) |
No me va a dar tiempo, me decías
ayer cada dos por tres, ocultando en el socarrón
comentario la verdad de las urgencias que augurabas en silencio.
De momento ahí se quedó la cita para hoy,
17 de diciembre, que te esperaba la Legión de Honor
francesa y no tenías muy claro si ello te obligaba
a desfilar; para ti la Legión, como antes fue para
tu adorada Antonia
Mercé, La Argentina, y para mí un año
más. Motivos –de muy distinta índole,
no cabe duda- había para celebrar, y habíamos
prometido tomárnoslo a pecho, que nunca nos ha caído
mal… Permanecerá pendiente la ceremonia, y
en el disco duro esa bulería con el amigo Gerardo
Núñez y aquella otra con Pepe Habichuela,
y en la agenda una cosita para Joaquín Sabina y un
cedé sobre la obra de Antonio Vega. Y eso no es nada
más que una mínima parte de lo aplazado. El
bullir de ideas morentianas veníase arriba por instantes,
y La Pelota, su mujer, su Aurora, su luminaria, se decía
con la gracia del flamenco acento: “¡Y éste
hombre, que quiere sacar un disco a la semana!”.
Claro, tienen hoy pleno sentido aquellas
premonitorias revelaciones con que salpicabas la conversación
en los últimos tiempos, o, sin ir más lejos,
las revelaciones jamás reveladas que dabas en revelar
a tus gentes. Y ahora nos rebelamos, con Be alta y clara,
nosotros; nos cogemos un rebelamiento de los que
hacen época y, aunque no sirva para nada, en el fragor
del desconsuelo, queriendo pedir amparo, buscar alivio a
las penas, levantamos una tormenta de piedras, rayos
y hachas estridentes.
No ha mucho te vi gemir con rabia ante
la injusta pérdida del entrañable y gran cantaor
Fernando
Terremoto… Al darte la noticia del tránsito
de Mario Pacheco, aquel que dejó retratado en la
mejor portada flamenca que conocemos el despegue que emprendiste
de la mano de Pepe
Habichuela, nos preparabas con un comentario desconcertante
para la agenda de ausencias al acecho. En los estudios CATA,
los antiguos Sintonía donde tanto sintonizó
Mario para sus Nuevos Medios, plasmaste tu último
cante el día que se nos fue. Una semana después
ingresabas a ver la oscuridad en La Luz ¡Válgame,
qué contradicción! Qué triste pasa
este jodío 2010 para nuestros jóvenes
flamencos, de edad o espíritu.
Portada
de 'Despegando' (Foto de portada: Mario Pacheco) |
Cantaste en la Casa de América hace
nada, el 23 de octubre, y te anunciaron de una forma un
tanto rara: “Mayra Oyuela, ex Enrique Morente”.
Quieras que no a primera vista el cartel era para alarmarse.
Antes de ponernos hecatómbicos nos dijimos,
un momento que la están peinando, y volvimos a leer
con mayor cuidado para observar que la cosa era de otro
modo: “Mayra Oyuela, Ex, y Enrique Morente”.
Con tu “jefe” Javier Liñán os
acercasteis después al domicilio de Iker Seisdedos
a, ¡nunca nos ha hecho daño!, festejar. El
anfitrión te ofreció su discoteca y elegiste
a Mercedes Sosa, lo que me hace recordar también
tu propósito de rendir homenaje discográfico
a los cantautores por haber iluminado “siempre a los
de abajo”… La recepción ikertiana
me la cuenta Marisé -que yo andaba por Arahal, mi
pueblo que tanto te quiere y al que tanto quisiste-, y es
ella, mi mujer, quien elige ahora para ti, su “hermano”
Enrique Morente, la canción de Horacio Guarany que
encarnó a la perfección Mercedes y tan bien
te cuadra:
Si se calla el cantor, calla la vida
porque la vida, la vida misma es todo un canto.
Si se calla el cantor, mueren de espanto
la esperanza, la luz y la alegría.
En La Luz, precisamente, enmudeció,
mientras nosotros, sin esperanza ni alegría, quedamos
espantados y el cante jondo siguiendo latía con tiento
en las conciencias así:
Dicen los doctores
que me encuentran grave,
malito de muerte,
yo bien sé que muero;
¡Que me llamen a mí a otro doctor…!
Morente, de poder, se hubiese defendido
asá:
¡Antes morir que perder la vida!
Y nosotros clamando:
Que no calle el cantor porque el silencio
cobarde apaña la maldad que oprime,
no saben los cantores de agachadas
no callarán jamás de frente al crimen.
Que eras grande entre los grandes muchos
ya lo saben, otros lo sabrán y otros ignorantes en
su ignominia seguirán ladrando. Tú, el valeroso
rebelde que por honestidad se arriesgó a perder el
buen trato de los santones haciéndose fuerte en su
propio decir, prefiriendo el desastre a la mediocridad,
pasaste por el eterno alumno. ¡Qué cosas! Libre
te quiero y libre, al fin, te quieren ellos.
Enrique se nos ha ido, y aquí nos
quedamos los demás entre confusiones, fusiles,
venenos y ladrones, muchos ladrones hijosdesumadre
merodeando. Como la brújula que perdió su
aguja, ¡ahora sí que estamos vivos de milagro!
Perdidos en el espacio del silencio, ¿quién
marcará el rumbo a humildes golpes de amistad y sabiduría?
Definió hace poco su colega de aventuras José
Luis Ortiz Nuevo: Es abuelo y es vanguardia ¿Dónde
ahora la vanguardia, y hacia dónde? Resuena por doquier
un, ¿y ahora qué?, desolador que nada bueno
barrunta.
Ni lo vimos partir cuando en la lejanía
ya se difuminaba. Él iba solo tambaleándose.
Te daba mi vida, amigo, porque tú mucho más
a la existencia de los demás darías. Lástima
que no nos dejen hacer estos conciertos, cuando siento
más tu muerte que mi vida y aunque que me perdiera
lo que trajeses.
Que mil guitarras desangren en la noche
una inmortal canción al infinito.
Si se calla el cantor…, calla la vida.