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FESTIVAL DE JEREZ 2004
Antonio el Pipa. 'Pasión y ley'
Día uno
Silvia Calado. Jerez, 27 de febrero de 2004
Fotos: Daniel Muñoz
'Pasión y ley'. Antonio el Pipa: baile y coreografía
(el escultor). Lola Greco: artista invitada y coreografía (la pasión).
María José Franco: baile (la ley). Juana la del Pipa y Enrique el
Extremeño: cante (la tradición). Manuel Tañé y Miguel
Rosendo: cante (los trabajadores). Pascual de Lorca y Juan Moneo: guitarra (los
trabajadores). Alexis Lefèvre: violín. Nacho Gil: saxo y clarinete
turco. Sudhanva Rajagopal: percusión. Felipa del Moreno: cante. Joaquín
Flores: palmas. Música original: Dorantes. Guión: Luis Olmos. Teatro
Villamarta. Jerez de la Frontera (Cádiz, España), 27 de febrero
de 2004. 21 horas.
Jerez ya está de festival... de octavo festival de baile flamenco y
danza española. Lo dicen los carteles de la flamenca vestida con ochos
que son lunares, las colas en el teatro, los rasgos orientales que pasean por
la calle Larga, el ir y venir de maestros de la danza flamenca (de paisano), el
olor a vino que sale de la Bodega de San Miguel cuando, pasado el mediodía,
concurren allí artistas, curiosos y medios de comunicación... Por
cierto, inauguraron este foro de ruedas de prensa y tertulias Mario
Maya y Lole Montoya, quienes presentaron ayer sus respectivas propuestas y
se dejaron querer por cámaras y grabadoras. Y también lo dice, para
quien viene de lejos, la suavidad del clima, el azahar a punto de estallar, la
bondad del tapeo, los ecos jondos que salen del mercado de abastos.
Antonio el Pipa
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Enrique el Extremeño y Antonio el Pipa
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Inspeccionado el terreno y asentado el campamento, la primera misión
era 'Pasión y ley', el estreno de Antonio
el Pipa con el que se inauguraba el festival. Todo el papel estaba vendido,
los incondicionales del bailaor llenaban el teatro, prevenidos de "un cambio
de registro". La estrella de los jerezanos, en efecto, renunció a
su estándar de espectáculo lo cual, de por sí, resulta interesante.
El argumento era el que sigue: un artista, en este caso escultor, se ve atrapado
en la disyuntiva de elegir entre la norma, lo establecido, y lo pasional. De un
lado estaban la bailaora María José Franco y, en el papel de la
tradición, los cantaores Enrique
el Extremeño y Tía Juana la del Pipa. Del otro lado, estaba
la bailarina Lola Greco. El dilema se resuelve con pasos a tres, pasos a dos y
estampas del tipo cantaor-en-pie-que-interactúa-con-bailaor, por varios
palos. Si se desgaja el espectáculo, hay que destacar aquellos números
en los que intervino Lola
Greco, pues esa danza mágica, etérea, gaseosa... resulta conmovedora,
como de otro mundo, magistral. María José Franco, por su parte,
lució en lo flamenco, con su moverse curvilíneo, pero le quedó
grande lo interpretativo. Antonio el Pipa, tan entrenado en lo dramático,
no pudo o no quiso eludir la sobreactuación; y, en cuanto al baile, no
defraudó en su registro habitual -para lo que se reservó amplios
huecos, especialmente, por bulerías- y pasó con suficiente sus devaneos
con la danza, quizás eclipsado por la talla de la invitada. La narrativa
del espectáculo, aún a pesar de los inconvenientes de lo conceptual,
resultó fluida, no indigesta. Estéticamente, el espectáculo
se resolvió con luz, apoyatura siempre del guión; mientras que otros
efectos quedaron en pretensión. La música firmada por Dorantes,
aportó ambiente, clima y continuidad a la obra; la música interpretada,
tras el velo, en directo -que tanto se acordó del 'Manantial'
de Ara Malikian- reforzó escenas y respaldó el cante de las dos
voces maestras. En conjunto, señalando que con rodaje acabarán de
encajar las piezas, la obra tiene la triple virtud de ser dinámica, de
ser variada y de contar con un reparto de alta calidad. Y, de hecho, gusta. El
público aplaudió a rabiar, satisfecho con ese otro Antonio el Pipa.
Carmen Linares, la armonía
Al caer el telón del teatro, muchos fueron los que procesionaron hasta
la Bodega de los Apóstoles, dentro de la 'ciudad' de González Byass.
Envuelta en un intenso olor a jerez, la amplia sala de columnas y barriles recibía,
repleta de público, a Carmen
Linares, bálsamo cantado. La cantaora ofreció, abanderada a
la guitarra por Juan Carlos Romero, un completo recital que el respetable paladeó
con actitud de ceremonial religioso. Cantó la linarense malagueñas,
cantiñas, taranta, tientos tangos, una bella canción afandangada
del concierto 'De la melancolía', bulería por soleá, seguiriya
y bulería, muchos de ellos de su último álbum 'Un
ramito de locura'. La voz madura, serena; el cante sabijondo, inquieto; la
guitarra atenta, sensible. Y el gusto tan colmao que en este primer día
quizás ni hicieron falta los servicios de la peña de guardia.

Carmen Linares
revista@flamenco-world.com
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