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FESTIVAL FLAMENCO DE JEREZ 2004
Carmen Cortés. 'La Celestina'
Literatura
Silvia Calado. Jerez, 6 de marzo de 2004
Fotos: Daniel Muñoz
Ficha artística. 'La Celestina'. Celestina: Carmen
Cortés. Areusa: Trinidad Artíguez. Melibea: Natalia Ferrándiz.
Calixto: Isaac de los Reyes. Pármeno: Nino de los Reyes. Sempronio: Álvaro
Paños. Coreografía: Carmen Cortés. Dramaturgia, dirección,
escenografía, vestuario: Gerardo Vera. Música: Gerardo Núñez,
Juan Manuel Alonso. Teatro Villamarta. Jerez de la Frontera (Cádiz, España),
6 de marzo de 2004. 21 horas.
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Carmen Cortés
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Los clásicos de la literatura son constante inspiración para
el flamenco. La octava edición del Festival de Jerez da buena cuenta de
ello. Hace unos días el Ballet Español de Murcia puso movimiento
al mito de Penélope. Mañana el Nuevo Ballet Español mostrará
su versión de Romeo y Julieta. Anoche Carmen
Cortés se metió en la piel de La Celestina, la alcahueta cuya
historia escribió en el medievo Fernando de Rojas. Todos estos ballets
flamencos teatrales afrontan dificultades comunes: que la adaptación haga
entendible la historia, que el drama y la danza convivan armónicamente,
que el texto sea tratado con respeto, tanto si se usa como inspiración,
como si se es fiel al guión... En el caso de la obra que se ha estrenado
en el coso jerezano, la legibilidad es -como todo en la vida- relativa. La historia
comienza narrándose desde el presente en un lóbrego local de ensayo.
La profesora descubre en la mochila olvidada de una alumna el libro 'La Celestina',
comienza a leerlo en voz alta y se convierte en su protagonista, con sus pupilos
como personajes de la historia: Calixto, Melibea, Areusa, Pármeno y Sempronio.
Hubo quien salió convencido de que si no conoces el libro, no entiendes
el montaje. Sin embargo, lo explícito no es necesariamente positivo; y,
desde luego, la obra dirigida y dramatizada por Gerardo Vera -que ya ha llevado
este clásico al cine- también podría leerse como una comunicación
de los conceptos universales contenidos en el original: la conspiración,
el engaño, la maldad, el amor, el paso del tiempo, el vicio, la carne,
la codicia, la muerte. El baile y el teatro se encargan de transmitirlos y concatenarlos.
De cómo casan ambos lenguajes podría decirse que no es este un ejemplo
de obviedad fácil o burda. Carmen Cortés se basta de su temperamento
y de su carácter para cuadrar un papel que le viene a medida. Y lo resuelve
más con un gesto facial, con un remate de pies o con un plante de brazos,
que con artificios interpretativos. Los otros cinco personajes ejecutan sus roles
con un baile correcto, más apolíneo, en distintas relaciones (a
dos, a tres, solos). Ni coreográfica ni dramáticamente se hace nada
por evitar las cansinas y empalagosas escenas de amor y sexo.
Dos elementos son fundamentales para que la obra fluya: música y escenografía.
La música, firmada por el guitarrista Gerardo
Núñez y el compositor Juan Manuel Alonso, cumple la función
de ambientar la obra, de enfatizar el mensaje de cada escena, de crear tensión
e intención. Bebe del flamenco -son inconfundibles las escalas del jerezano-,
del clásico renovado con cierto aire medieval y de los ruidos, caminando
sobre estructuras como la bulería, la soleá o la seguiriya. Guitarras,
bajos, baterías, percusiones varias, búhos, goteras... contribuyen
a dar forma a las composiciones. La escenografía busca dar contexto y estética
a la historia, desde el urbano garaje del presente al campo nocturno, pasando
por marcos más abstractos que concretos. Se vale del fondo transparente
para jugar con la profundidad y la convivencia de distintas escenas, del humo,
de las luces, de misteriosas mosquiteras translúcidas que caen del cielo
de modo efectista y establecen espacios ocultos, misteriosos, sensuales. El caso
es que este nuevo acercamiento de Carmen Cortés al ballet teatral cumple
y aprueba con nota. Las obras de este tipo que hasta ahora han pasado por el festival
no habían dejado el listón muy alto; las comparaciones son odiosas,
pero inevitables. Y es evidente que este montaje está, por supuesto, a
un nivel muy superior, a pesar de sus caídas en el tópico o de su
denso ritmo, detalles que se pasan por alto frente a tantos momentos de brillantez.

Compañía de Carmen Cortés
Oportunidades y proyectos
Sí, claro, a lo largo de la jornada ocurrieron otras muchas cosas. En
la Bodega de San Ginés a mediodía, el arquitecto Manuel Collado
presentó el 'macroproyecto' de la Ciudad del Flamenco, un futuro centro
cultural múltiple en el convivirán un auditorio, un museo y una
escuela superior de flamenco. El centro, aún en fase de diseño,
se ubicará en un edificio de nueva planta en el casco histórico
de la ciudad, con un coste -de momento- de veinticinco millones de euros. Por
la tarde, el cante en estado puro volvió al Museo Taurino, con el cantaor
sevillano José de la Tomasa. A medianoche, la bailaora Carmelilla Montoya
acudió a la sala La Compañía con un cuadro de altura en el
que destacaban El Extremeño, Juan José Amador, Angelilla y Lucía
Montoya... Esta actuación tuvo regusto de retorno, después de una
temporada en la que la bailaora ha estado más centrada en la enseñanza
que en el directo. "Jerez me dio mi sitio cuando aún tenía
catorce años y me a volver a dar la oportunidad como bailaora solista".
Así sea.
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