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Moraíto. Festival de Jerez, 7 de marzo de 2006
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Moraíto
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FESTIVAL FLAMENCO DE JEREZ 2006. MORAÍTO/ EL GÜITO

“¡Sabiduría!”

Silvia Calado. Jerez, 7 de marzo de 2006
Fotos: Daniel Muñoz

‘Moraíto en concierto’. Moraíto: guitarra. Pepe del Morao, segunda guitarra. Ignacio Cintado: bajo. Bernardo Parrilla: violín. Luis Carrasco, Marcelino Fernández: percusión. Filarmoney de Santiago (Bo, Chícharo, Gregorio): palmas/ ‘La soleá’. El Güito, Mari Paz Lucena, Nino de los Reyes, Rafael Peral, Jesús Carmona: baile. Juan Serrano, José Maya: guitarra. José Giménez, Antonio Giménez: cante. 10º Festival de Jerez 2006. Teatro Villamarta. Jerez (Cádiz, España), 7 de marzo de 2006. 21 horas


Moraíto (Foto: Daniel Muñoz)

Filarmoney de Santiago (Foto: Daniel Muñoz)

“¡Sabiduría!”. Tomatito dio la clave desde el patio de butacas. De sabio a sabio. Sólo una palabra para sintetizar toda la historia que cabe en la guitarra de Moraíto. Los principales síntomas de sabiduría son que no padece de ‘composicionitis’ ni de ‘estrenitis’. Apenas estrenó unos luminosos tanguillos (que incluirá en su próximo disco ya en preparación), rememoró sus buques insignias -por supuesto, los inmensos tangos ‘Rocayisa’- y refrescó su formato de grupo con violín, bajo, percusión y las certeras palmas de la Filarmoney de Santiago. Entretanto, reinterpretaciones del repertorio clásico de los maestros del toque. Bulerías. Soleares. Seguiriyas. A la manera de Moraíto. Con el peso de su guitarra, que se mide en toneladas y en siglos. Con su compás. Ya no se sabe si Moraíto va a compás o si el compás va a Moraíto. Se lo preguntan muchos aficionados y lo padecen los propios guitarristas flamencos: ¿por qué la obligación de crear y crear repertorio propio si hay tantas partituras por interpretar? Que se lo digan a un concertista clásico.

 

El Güito
(Foto: Daniel Muñoz)
   

O que se lo digan a El Güito, que no es ya que reinterprete piezas de otros, es que sólo interpreta una pieza, la misma pieza, año tras año, década tras década. Ahora, en lugar de ‘Mis recuerdos’, se titula ‘La soleá’. Pero se trata del mismo planteamiento que hace dos años en este mismo festival: la soleá enmarcada en un supuesto estreno de cuestionable calidad. Incluso esta vez ha habido recortes en el cuadro, con sólo dos guitarras y dos cantes de tablao, que lograron ahondar en lo mortecino de la situación. Hasta la llegada de la misma farruca y la misma soleá, recayó sobre la bailaora Mari Paz Lucena, en lugar de la María Vivó de entonces, resolver en solitario y con corrección muchos minutos de espectáculo, primero por bulerías y después por taranto. El resto del tiempo se lo repartieron los tres bailaores, cada uno con un ‘adrenalínico’ solo por alegrías, bulerías y seguiriyas, respectivamente. Optando por los números individuales, el cabeza de compañía libró a la audiencia esta vez de las habituales descoordinaciones de sus coreografías de grupo. La soleá llegó como estaba previsto, con cada gesto y cada movimiento exactamente en su sitio. Nadie duda de que esa soleá es un referente vivo del baile flamenco, pero con el paso del tiempo y tal envoltorio va corriendo el riesgo de fenecer.

Vida y esperanza


Rosario Toledo
(Foto: Daniel Muñoz)
 
   

La vida estaba unas calles más allá. El ciclo de medianoche ‘Solos en Compañía’ tenía esa duodécima jornada de festival reservado justo el contrapunto, el recital de Rosario Toledo. Y no es que a la lozanía se le suponga forzosamente calidad, pues en estos ciclos paralelos se han presenciado algunos pinchazos inesperados de jóvenes valores que, en ocasiones, no han sabido conducir su oportunidad. No fue, desde luego, el caso de la bailaora gaditana. Basándose en cantes propios de Cádiz, interpretados por dos voces tan solventes como son las de Juan José Amador y José Valencia -omnipresente en este festival-, la bailaora ofreció un recital redondo. No necesitó rellenos ni interludios, ni parafernalia alguna. Vino a bailar, que era el asunto. Arrancó con la malagueña de El Mellizo con bata de cola de los colores del mar. Apuntando hacia las maneras de Belén Maya en sus fantasías liberadas de compás, danzó con dulzura y dibujo de pies para arriba, con la cola como compañera de juegos. El cambio de vestuario duró apenas una letra de cante por soleá a cargo de Juan José Amador. La bailaora, quien ha forjado su baile en compañías como la de Javier Latorre y como pareja de Joaquín Grilo, plasmó su personalidad en un baile de tradición que llevó a interesantes registros nada convencionales en estructura y forma. La artista invitada tuvo a continuación su hueco por bulerías. Cante extraño y barroco el de Carmen Grilo. Amador canta a capella. Tiempo de seguiriyas. La bailaora bracea a sus espaldas. Ahora busca la tierra al percutir con los tacones, codeándose con los músicos de igual a igual. Y sin olvidar el resto del cuerpo. Firme, personal, estética. Y, al final, las alegrías. Las apunta la invitada. Y cuando la temperatura es la justa, aparece Rosario vestida de pedrería y tonos de fuego. Entra enérgica. Se desliza con plástica por la escena, nunca de la misma manera. Remata. Recorta. No hay efectismos. Hay búsqueda. El silencio es pura delicia. Y el resto del baile, pura chispa, pura sal. Siempre hay esperanza.

revista@flamenco-world.com

 

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