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FESTIVAL DE JEREZ 2006. MANUELA CARRASCO/
BELÉN MAYA/ ÁNGEL MUÑOZ
Un viaje por el baile
flamenco
Silvia Calado. Jerez, 25 de febrero de
2006
Fotos: Daniel Muñoz
‘Un sorbito de lo sublime’. Compañía
de Manuela Carrasco. Manuela Carrasco, Torombo, Rafael
de Carmen: baile. Manuel Molina: artista invitado. José
Valencia, Antonio Zúñiga, La Tobala, Samara
Amador, Juan José: cante. Pedro Sierra, Miguel Iglesia:
guitarras. José Carrasco: percusión. Teatro
Villamarta (21 horas). ‘Dibujos’. Belén
Maya: baile y coreografía. José Luis
Rodríguez: música y guitarra. Manuel Gago: cante.
Teatro de Guadalcacín (18:30 horas). ‘Cinco
sentidos’. Ángel Muñoz: baile
y coreografía. Cañizares: artista invitado.
Nantha Kumar: tabla india. Paco Arriaga: guitarra. Miguel
Ortega: cante. Charo Espino: palmas. Mario Carmona: percusión.
Sala La Compañía (24 horas). 10º Festival
Flamenco de Jerez 2006. Jerez (Cádiz, España),
25 de febrero de 2006
Intensa jornada de baile en el Festival de Jerez 2006. Viaje
con tres escalas por la danza flamenca actual...
Primera parada. Belén Maya. A pesar
de la incesante lluvia y lo retirado del lugar, no dejó
un hueco libre en el Teatro de Guadalcacín. La bailaora
presentaba ‘Dibujos’, un montaje sencillo, de
bailes inspirados en la música del guitarrista José
Luis Rodríguez. Y decenas de cursillistas estaban deseosas
de verla bailar. Cuando echó a andar el metrónomo
y apareció con el vestido verde, un escalofrío.
Había salido del celuloide y al fin se había
materializado ese baile por bulerías que tantas vueltas
al mundo ha dado dentro de
‘Flamenco’ de Carlos Saura. La pizarra indicaba
que la segunda pieza sería ‘Trémolo’.
Belén
Maya aparece descalza con una bata de cola azul, regalando
movimientos tan leves y exquisitos que era difícil
no dejar escapar un suspiro. La cola se comió las piernas.
Sirena varada que danza desde la cintura hasta los ojos. Números
de transición y al que hace cuatro, la bailaora se
flamenquiza para la rondeña. Creatividad total en el
movimiento. Interludio al compás de las dos ‘palmeras’
con guiño de humor. La bailaora vuelve y esboza sus
recorridos rayando con tiza la pizarra. Baile por tangos tan
canasteros como contemporáneos. Busca la curva. José
Luis Rodríguez se vuelve acompañante del cante,
un cante con limitaciones, en el taranto, pues no acompaña
en el baile... el baile se deja inspirar por sus sonidos.
Y nunca mejor dicho tratándose de las alegrías
con bata de cola del final. La bailaora busca la estampa antigua,
el coqueteo femenino... pero sin dejar nunca su impronta personal
y futura. Enamoró a la audiencia. Y eso que se enfrentó
al escenario con una doble lesión de espalda y antebrazo.
Nada se interpuso.
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Manuela Carrasco (Foto:
Daniel Muñoz) |
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Parada central. Manuela
Carrasco. La segunda parada de este viaje es como Victoria
en Londres o Atocha en Madrid, ese punto central donde convergen
todos los caminos. Al que se llega cuando se viene de lejos.
Y del que hay que partir cuando uno marcha en cualquier dirección.
Manuela Carrasco baila sentando cátedra. Tantas líneas
se han escrito ya sobre cómo se planta y eleva sus
brazos al cielo... que hay que volver a escribir un par de
ellas. Al hacer aparición en escena, envuelta en un
espectacular mantón bordado, el teatro enmudeció
a gritos. La negación del movimiento y del tiempo.
Sólo presencia. Bailó primero el taranto. Hermosa,
potente. Sencilla y eficaz en el zapateo. Templanza de pies
para arriba. José Valencia canta delante un martinete.
Sentido, hacia dentro, antes de hacer estallar toda la anchura
de su voz. Se hace la luz y aparece un cuadro de trece artistas
sentados en sillas. La mirada se dirige a un único
punto. Sorbitos de todos. Baila Torombo. Canta La Tobala.
Toca Pedro
Sierra. Hace su arte sin título Manuel Molina.
Poeta con guitarra de pie. Y Manuela Carrasco que se levanta
a bailarle vestida de verde oscuro y chaquetilla torera. “Bailaora,
dibújame con tus brazos”. Tremendismo. Ole. Un
respiro a tanta emoción con las participaciones del
bailaor Rafael de Carmen y de la cantaora festera Samara Amador.
Pero Manuela Carrasco vuelve por alegrías. Baila. Qué
bonito es cuando todo el atrás sube y ella reinterpreta
la subida quedándose absolutamente quieta. El interludio
rompe la hilazón del montaje, pero se suple con pinceladas
de arte del trío formado por Pedro Sierra, La Tobala
y Samara Amador, por tangos. La seguiriya de Rafael de Carmen
es un mero trámite. SOLEÁ. Manuela Carrasco
es soleá. Sísmica, telúrica, salvaje.
Sobran los adjetivos. Cierre los ojos, siéntala.
Ángel Muñoz
(Foto: Daniel Muñoz) |
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Final de trayecto. Ángel Muñoz.
La última parada estaba prevista en la Sala La Compañía,
ese templo majestuoso donde el baile se contempla con la solemnidad
de un ritual religioso. El bailaor cordobés abría
el ciclo ‘Solos en Compañía’, con
la compañía de un invitado de lujo: el maestro
Cañizares,
con quien bien se entiende desde hace años. Saben que
mútuamente se inspiran y que en común tienen
un absoluto respeto a la tradición, así como
la seriedad y la profesionalidad con la que afrontan el flamenco.
Pero no estaban solos. Vino a llamar a los orígenes
el maestro indio de la tabla Nantha Kumar que abrió
el espectáculo con un sobrecogedor solo por seguiriyas
y bulerías. Al fin la tabla se asoma al flamenco en
toda su dimensión. No quiso Ángel
Muñoz desaprovecharla para darle un color nuevo
a la farruca. La comenzó en silencio, plantándose
y marcando con pulcritud. Y, poco a poco, fue incorporándose
la música, comandada por la sonanta de Paco Arriaga.
El bailaor dibujó una coreografía llena de matices
y sutilezas, novedosa dentro de los cánones. La bailó
con elegancia, potencia, hombría y exactitud. El interludio
musical tenía todo el sentido con un invitado así.
Cañizares condujo al público a la ensoñación
y al trance con la balada. Música de otra galaxia.
Y después lo hizo vibrar con esa rumba que es ya patrimonio
de la historia reciente de la guitarra. El grupo se muestra
compacto, a gusto, en el punto óptimo para compartir.
Apenas se apunta el compás de la soleá por bulerías,
hace aparición Ángel Muñoz, vestido de
traje negro. Le falta escenario. A la altura de la bulería,
Cañizares le da la réplica. El bailaor lo escucha,
asimila y ofrece una equilibrada propuesta de técnica,
personalidad y pellizco. El aplauso del público es
cómplice y sincero, tanto como el cachito de fin de
fiesta de la compañía. Fin de trayecto.

Compañía Ángel
Muñoz con Cañizares (Foto: Daniel Muñoz)
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