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FESTIVAL DE JEREZ 2007. RAFAELA CARRASCO
• RUBICHI
Baile con materia gris
Silvia Calado. Jerez, 4 de marzo de 2007
‘Del amor y otras cosas’.
Baile y coreografía: Rafaela Carrasco
y Daniel Doña. Cante: Miguel Ortega, Antonio Campos.
Guitarra: Jesús Torres. Violonchelo: José
Luis López. Flauta y saxo: Ramiro Obedman. Piano:
Pablo Suárez. Música: Jesús Torres,
Pablo Suárez, José Luis López, Nacho
Arimany. Escenografía y vestuario: Elisa Sanz. Iluminación:
Gloria Montesinos. Dirección escénica: Teresa
Nieto. Dirección: Rafaela Carrasco. 11º Festival
de Jerez. Teatro Villamarta (Jerez, Cádiz), 4 de
marzo de 2007. 21 horas
Ancho es el flamenco. Y artistas como Rafaela
Carrasco trabajan por hacerlo aún más
ilimitado. ‘Del amor y otras cosas’ aboga por
el arte de concepto, por el arte que hace pensar, por el
mimo estético, por la depuración formal, por
la elegancia, por el matiz. El espectáculo combate
la evidencia, aborrece el facilón aplauso intencionado.
Tiene al espectador pegado a la butaca sin poder apenas
batir palmas, aunque removiéndolo por dentro... para
bien o para mal. Es lo que tienen estas propuestas con materia
gris, que se aman o se aborrecen. El hall del teatro era
al término de la función un hervidero de gustos
y disgustos. Y eso es tremendo logro. Aunque vaya por delante
la larga y entusiasta ovación de los (muchos) del
gusto.
Rafaela Carrasco y Daniel
Doña
(Foto: Daniel Muñoz)
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Y mira que la historia era clara como el
cristal, universal y antigua como el ser humano: el amor.
La estructura era, simplemente, la sucesión de episodios
de una relación de pareja, del encuentro a la pasión,
de la monotonía al desamor, y al final la ruptura...
y vuelta al principio. Claro que en la manera de contarlo
está el quid de la cuestión, pues el riesgo
de melaza en este asunto suele ser alto. El baile es cosa
de dos. Ella es Rafaela Carrasco. Él es Daniel
Doña. Ella más flamenca. Él más
‘clásicontemporáneo’. Pero juntos
alcanzan un punto de encuentro, una especie de lenguaje
dancístico común cuajado de sutilezas, armado
de todos los tiempos verbales. Los pasos a dos que conforman
la espina dorsal del espectáculo son exquisitos.
Y no sólo usan el baile como vehículo sino,
sorprendentemente, el vestuario. Cada pieza da pie a un
capítulo. El abrigo de cola expresa “la necesidad
del amor”. Ella a lomos de la cola, dejándose
arrastrar. La doble chaqueta roja unida por una larga tira
de tela permite contar el desamor... con tensión
e intensidad. Los enreda, los ata, los ahoga, los distancia.
Y de camino, brinda hermosas estampas. Las castañuelas
que él toca replicando los pasos de ella conducen
a la monotonía. Al igual que el vestido de papel
que se desgarra en el último solo de la bailaora,
la memoria que se quiebra, el olvido.
Y el mismo papel juegan el cante y la música,
cada uno con su individualidad respetada, sin que unos subyuguen
a otros, sin roles de acompañamiento. Miguel Ortega
y Antonio Campos tienen el camino despejado en cada una
de sus intervenciones, siendo a la vez cantaores y trovadores,
contando con las letras. El cante fue excelente por todos
los palos que se tocaron, que fueron varios. Los músicos
-guitarra, piano, flauta, chelo- contribuyeron por igual
a aportar los matices justos a coreografías y narraciones,
responsables de configurar ambientes, de enfatizar cada
pasaje de la película. A cada uno, su espacio. Y
muchos silencios. También intervino, pero enlatado,
el percusionista Nacho
Arimany, con una envolvente pieza multitímbrica
que enmarcó el momento de la pasión. Asimismo,
la iluminación no sólo estuvo para dar luz,
sino para crear situaciones. Igual que la escenografía
a base de tubos erguidos, un bosque que se iba metamorfoseando
conforme y según... como el amor.
Ciclo Los conciertos de Palacio.
Rubichi
La experiencia de escuchar
cante sin amplificación en la intimidad
del salón de un palacio se vuelve aún
más única según qué
cante. El de Diego Rubichi encontró en
Villavicencio el marco ideal. Ya de por sí
es un cante seco, duro, abrupto, así
que el eco lo devolvía con todas sus
cualidades enfatizadas. Las limitaciones de
su convaleciente garganta las suplió
con esfuerzo, fuerza, sabiduría y jondura,
atreviéndose no sólo con el repertorio
rítmico propio de la tierra, sino también
con estilos de naturaleza lírica entre
la granaína y la malagueña. Tientos-tangos,
soleá por bulerías, soleá,
seguiriyas y bulerías formaron parte
de un repertorio, acompañado por el toque
clásico del guitarrista Alberto San Miguel,
que penetró profundamente en la audiencia,
en todo momento arropando con oles al artista
jerezano.

Rubichi (Foto: Daniel
Muñoz)
CD:
Rubichi. Luna de calabozo
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| Y mañana... Ángeles Gabaldón
• Canela de San Roque
• Inmaculada Ortega Cante
en palacio y baile de mujer. La fórmula
se repite el lunes 5 de marzo. El programa del
día arranca por la tarde con Canela de
San Roque en el Palacio de Villavicencio. Dos
horas después, el Teatro Villamarta acoge
el estreno de ‘Femenino plural’
de la Compañía Ángeles
Gabaldón. La bailaora sevillana leyó
con firmeza en la rueda de prensa unas notas
en las que señaló que espera que
esta obra comprometida “contribuya a crear
un cambio interno en el espectador”. Explicó
que está dividida en cinco partes que
van del “escaparate, el reflejo de nuestra
sociedad” a la “soledad de la mujer”.
El director artístico, Fernando Lima,
dijo que “lejos de ser panfletario, busca
tocar a fondo la problemática de la mujer
en nuestra sociedad”. El guionista y letrista,
Juan José Téllez, se sumó
al turno de palabras defendiendo el arte como
una vía “para meter las manos en
las llagas de la realidad”. El cartel
de la jornada se completa con la actuación
de la bailaora jerezana Inmaculada Ortega en
la Sala Compañía.
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