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JOSÉ MERCÉ.
PRESENTACIÓN DE ‘CONFÍA DE FUÁ’
Delicatessen
Silvia Calado. Madrid, 22 de noviembre
de 2004
Fotos: Daniel Muñoz
‘Confí de fuá’.
José Mercé: cante. Moraíto Chico, Diego
de Morao, Juan Diego: guitarras. José María
Cortina: teclados. Manolo Nieto: bajo. Teatro Lope de Vega.
Madrid, 22 de noviembre de 2004. 22 horas.
Ante un público mitad aficionado real, mitad invitado
famoso, José
Mercé presentó oficialmente su nuevo trabajo
discográfico ‘Confí de fuá’
en Madrid. El escenario elegido fue el Teatro Lope de Vega
de la capital española, que hizo un breve paréntesis
en la temporada del musical ‘Mamma mia!’ para
dar espacio al flamenco. Y es que, por mucho coqueteo con
otras músicas que contengan sus discos, José
Mercé no puede ni quiere eludir el flamenco. De hecho,
este es un disco de reafirmación. Hay canciones, sí,
pero hay flamenco... y del más añejo.
José Mercé |
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Apareció bajo un haz de luz, de pie. El “trantrán”
con el que se templó anunció el cante por martinetes.
A palo seco. La voz desnuda, poderosa, entera, estremecedora.
Por no partir el clima creado con tan profundo cante, prosiguió
por malagueñas, evocando a cantaores como Enrique el
Mellizo o Manuel Torre. Ya con la guitarra firme de Moraíto
Chico a siniestra y con José María Cortina
emulando en el teclado el órgano de la Basílica
de la Merced, como hiciera en ‘Bajo un jazmín
de verano’ del álbum ‘Lío’.
El cante, lento, contenido, masticado. Una vez templados,
comienzan a desmenuzar el repertorio de ‘Confí
de fuá’. Asistido por el atril, el cantaor jerezano
agarró la soleá ‘De tu olvío me
curé’ que en el disco les salió tan íntima,
tan verdadera. El guitarrista tira de bordón, pródigo
en entereza, en solidez, clarividente la sonanta como pocas.
Y el cantaor en paralelo. A continuación llegaron los
fandangos de la monja. ‘Cuenta que tiene un amante’.
Lo dice bonito, como dejando caer las frases por efecto de
la gravedad de su timbre. Los aplausos van, al fin, creciendo
en un patio de butacas aún algo frío.
Cantaor y guitarrista se toman un respiro y dejan pista libre
a dos jóvenes guitarristas de Jerez, cada uno con su
personal propuesta: Diego de Morao y Juan Diego. El primero,
que ha participado activamente en el disco, tiró de
escuela paterna en unas bulerías que salpicó
de personalidad. El segundo extrajo un fragmento por tangos
de su celebrado álbum
‘Luminaria’, un prodigio de musicalidad.
José Mercé y Moraíto volvieron a la
carga, dispuestos a ofrecer los temas más acancionados
del álbum, con toda la banda en escena (coros, cajón,
bajo...). El cantaor se pone cantante para ‘Líbreme
el hombre’. Meloso, diciendo, haciéndose escuchar.
Maestro en engranajes melódicos diferentes. Y disfrutando...
Baile en la silla, sonríe, abre los brazos como bañándose
de la música que, por cierto, estaba perfectamente
sonorizada. El cajón hace el empalme con los tangos
‘Juana’, con una letra graciosa, con tres guitarras,
con un estribillo balsámico. Viveza. Y, al fin, ‘Confí
de fuá’, ese primer single del álbum dedicado
a la mujer, en honor a ella... lo mejor. Frases densas, bellamente
cantadas dentro de un tema propicio para la banda y el gran
escenario.
José
Mercé por bulerías
Moraíto Chico se queda solo. Arranque espectacular.
“¡Viva la Sinfónica de Nueva York!”,
le gritan. Y el guitarrista jerezano toca esa gran composición
que inicia el disco ‘Morao
y oro’. Grande. Volvió José Mercé
al ruedo con las alegrías ‘Tirititrán’
y con esas bulerías del barrio de Santiago tituladas
‘No me digas’ que cantan a un “gitano vegetariano”.
Vuelta al registro ‘cantante’: ‘Clandestino’
de Manu Chao, la versión del disco. Denuncia social,
suave bulería, cante que siente, que brota con autoridad,
con sentimiento, con credibilidad. Con la rumba ‘Saliva
curativa’ se cambia de tercio y se apunta el final.
Tema ligerito, tarareable, latino, bailón. José
Mercé disfruta, rebosa satisfacción. Se ha hinchado
de cantar... y no le importa seguir. El bis fue triple. Primero,
‘Aire’, a petición popular. Segundo, unas
bulerías sin micro y con bailecito del cantaor incluido.
Y tercero, ‘Al alba’. Para entonces sólo
quedaban los incondicionales, los que se sabían las
letras y las tarareaban, los que hicieron sentir tan a gusto
a un cantaor sin miedo a renovarse y a ser libre.
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