Galería de imágenes del Festival del Cante de Las Minas
Por Daniel Muñoz
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Ganadores del concurso del Cante de Las Minas de La Unión 2003.

Estrella Morente
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VV/AA
"Festival Nacional de Cante de las Mina. Antología"


Estrella Morente
"Mi cante y un poema"

 

FESTIVAL INTERNACIONAL DEL CANTE DE LAS MINAS
La Unión (Murcia, España), del 6 al 16 de agosto de 2003

Yacimiento de inagotable recurso jondo

Silvia Calado Olivo. La Unión, agosto de 2003
Fotos: Daniel Muñoz

El tren atraviesa el páramo castellano lentamente. El sol de agosto abrasa. Sólo cuando el río Segura comienza a lamer las resecas tierras ya penetrado el levante ibérico, gotas de verdor afloran. La huerta se anuncia. Y los turistas de ferrocarril huelen la cercanía del mar. Veranear en La Manga del Mar Menor tiene además de apreturas, arcillas para la piel, aguas al borde de la cocción y rascacielos de ladrillo, un aliciente cultural: el Festival Internacional del Cante de Las Minas, declarado de interés turístico nacional. Y, en cierto modo, la policromía del público que pasa por el antiguo mercado público de La Unión, ciudad de entrañas mineras, atestigua el atractivo de la opción. Cuarenta y tres años avalan una cita capaz de aliviar los rigores de la canícula hispánica con noches -entradas en madrugadas- de flamenco de primera. Por algo será que Antonio Gades afirma que se trata del "festival más importante para el flamenco"... sin ser andaluz, pero sintiéndose como tal. Y allí sucedió que...


Matilde Coral y Chano Lobato

"A los pies de un soberano, lloraba una cartagenera...". Respondiendo a la petición de Matilde Coral, Chano Lobato cantó mineras por bulerías. Y ese detalle en forma de pequeño homenaje a La Unión, colmó de divinidad "el vaticano del cante", el antiguo mercado unionense. Aquella noche del sábado 9 de agosto de 2003 el veterano trío formado por la bailaora sevillana, el cantaor gaditano y el guitarrista granadino Juan Habichuela escribió un capítulo para la historia, no sólo del Festival del Cante de las Minas, sino del arte flamenco... por el peso de la sabiduría. Evidentemente, no brindaron plenitud pues, como ellos mismos dicen bromeando, "ya actuamos por prescripción médica". Y es que este trenzado de arte prolonga, subiéndose aún a los escenarios, no sólo su propia vida, sino la del género en general. ¿De qué mejor modo "podemos dar historia a la gente nueva"? Lección magistral. Tomando la pausa por aliada, "sin aspavientos, sin locuras", Chano Lobato, Matilde Coral y Juan Habichuela fueron tejiendo un repertorio en el que tangos, soleares, alegrías, fandangos de Huelva, tanguillos y bulerías, sazonados por esas "historias de arte" que hacen de la palabra hablada una cuarta pata del flamenco. Que si Aníbal, que si el viaje, que si las pastillas, que si los nervios... Y la inspiración no pudo resistirse a llegar, con momentos de brillantez que ni la edad ni la falta de fuerzas osaron negar.

Con algo así como medio siglo menos y una década después de haber ganado la 'Lámpara Minera', Miguel Poveda multiplicó por dos la velada. El cantaor catalán, contrapunto a la veteranía, derrochó actitud y aptitud. Vestido de inmaculado blanco y acompañado al toque por Chicuelo, llevó su cante desde tierras gaditanas a tierras mineras, pasando por serranías malagueñas y onubenses, con escalas en Jerez por bulerías y en sus propios adentros por seguiriyas. El Londro y Encarna Anillo a los coros y Nacho López a la percusión se encargaron de crecerlo cuando el ritmo lo requirió, y su hermana Sonia de Poveda de poner la pincelada (verde) de baile. En este su "segundo pueblo", Miguel Poveda defendió ante todo clasicismo, si bien sus modos vocales se dieron en caracolear a placer rayantes en lo barroco. La garganta, cálida y de potencia matizada. El público, paisano en cierto modo, lo ensalzó sin escatimar.


Miguel Poveda

Constelación de una estrella

Aunque, sin lugar a dudas, fue Estrella Morente quien hizo reaccionar a la audiencia con máximo entusiasmo. Ningún otro día estuvo el antiguo mercado tan repleto ni tan excitado como esa noche del lunes 12 de agosto. La cola para acceder al imponente edificio modernista serpenteaba desde la caída del sol. Los "oles" y los "guapa" se estaban ya cocinando. En el recuerdo, la entrevista de Josefina Carabias a aquel fenómeno de masas cantaor que también fue la Niña de los Peines. Ella, la hija del cantaor Enrique Morente, hizo aparición como salida de un cuadro costumbrista, consciente desde el primer segundo de la escena. Peinado a lo musa de Julio Romero de Torres, abanico en mano, vestido blanco de flamenca, mantón bordado... y voz, una voz que brota de no se sabe qué manantial. Canta, posa, canta, baila, canta, se planta, canta, remata sentada, canta, hace un desplante, canta, se agarra el vestido... consciente de su belleza, de que seduce, de que embelesa. Un mucho de cante clásico, una pizca de vanguardismo y un casi demasiado de canción española de motivos 'taurinorrománticos' configuraron su repertorio. Cortes de su discografía, cortes clásicos y nuevas entregas en forma de cantiñas, cantes de levante, tangos, bulerías tradicionales y acancionadas, soleá, una nana y hasta un pasodoble. Y lo interpretó, con todo lo que conlleva el verbo. A su alrededor, Montoyita a la guitarra -picoteando de aquí y de allá en el acompañar-, El Negri a la percusión y Antonio Carbonell, Victoria Carbonell y Remedios Heredia a los coros y palmas. Mejor retaguardia ha llevado en otras ocasiones. La cantaora granadina tira de atrás, de alante y de don para seguir coronando una cima que alcanzó tan fulgurante como merecidamente. Y es que, además de comerse las tablas cuan tonadillera de pro, aporta al cante conocimiento, conciencia, vida y ese poco de trasgresión que modela a las individualidades. Estrella, cantaora y artista para el deleite.


Estrella Morente

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