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SORDERA. SAGAS DEL CANTE DE JEREZ (I). ESPECIAL
Los Sordera
Carlos Sánchez. Jerez, septiembre
de 2004
Jerez de la Frontera guarda ensimismada el misterio
de su arte. En esas pequeñas calles adoquinadas, en
esas ‘casapuertas’ agrietadas por el paso del
tiempo, en esos patios y corrales de vecinos se esconde la
esencia del cante flamenco. Del barrio de Santiago a la Plazuela,
pasando por San Miguel. Un recorrido por esas familias jerezanas
que tanto han aportado a la idiosincrasia de este pueblo.
Un trayecto que la serie ‘Sagas del cante de Jerez’
-que te ofrece en exclusiva Flamenco-world.com- comienza con
los Sordera, una de las estirpes más flamencas que
ha dado la tierra del vino, del caballo y, por supuesto, del
flamenco.
En el corazón del barrio de Santiago nace la familia
de los Sordera. Son descendientes directos de Paco
de la Luz, un seguiriyero que por desgracia para el flamenco
no dejó grabado nada. Tan sólo su hija, La Serrana,
dejó algunas grabaciones, compartidas nada menos que
con Manuel Torre. En el árbol genealógico también
encontramos a La Sordita -que fue bailaora-, El Sordo la Luz
y El
Niño Gloria. De esta reminiscencia, la familia
Soto Monge fue gestando una saga de cantaores cuyo máximo
exponente ha sido Manuel Soto Monje ‘Sordera’.
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Manuel Soto 'Sordera' |
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Enrique Soto Junquera y Francisca Monje Carrasco tuvieron
ocho hijos, cuatro hombres y cuatro mujeres: Juan, Francisco,
Luisa, Enrique, Manuel, Eduarda, María y Salvadora.
Aunque nunca se dedicó profesionalmente al cante, Enrique
Soto Junquera enseñó a sus hijos los secretos
del mismo. Le explicaba de quién y de dónde
provenían los cantes. Todos trabajaban en el campo.
Después de una jornada intensa, y tras haber repuesto
sus estómagos, la familia Soto Monge se llevaba hasta
altas horas de la madrugada encomendándose a los duendes
en esas noches de gañanías que tanto le deben
al flamenco. El propio Sernita
trabajaba con ellos en Montecorto, una de las fincas de los
Domecq. Allí mismo se montaba la fiesta. Si acudía
José Vargas ‘El Chozas’, la juerga estaba
garantizada. Muchos han intentado calcar el sello de esta
familia, pero les ha sido imposible. Su cante era único.
De los ocho hijos de Enrique y Francisca, tan sólo
Manuel
Soto Monje ‘Sordera’ se dedicó profesionalmente
al cante. El apodo de ‘Sordera’ se lo puso el
bailaor Tío Parrilla ‘El Viejo’ porque
decía que era un poquito sordo. Aunque quien era realmente
sordo era su abuelo. El apodo viene más bien de familia.
Cuando regresó del servicio militar, empezó
a ir a la venta Maribal y a la Rosaleda, donde iban todos
los artistas a buscarse la vida. Un día, su hermano
Enrique tenía que ir a Madrid por cuestiones de trabajo.
Habló con sus jefes y mandó a su hermano Manuel
en su lugar. De Santiago a la plaza Santa Ana de Madrid, concretamente,
a Villa Rosa. En esa época estaban allí todos
los artistas, entre ellos José
Cepero, el poeta del cante, y Chaleco.
Que llores por mi querer...
Allí pudo Sordera mostrar su cante. Fue entonces cuando
comenzó la carrera artística de este cantaor
jerezano. Estuvo en el cortijo Guajiro de Sevilla con Farruco,
Paco Toronjo, Chocolate...
En esa época ganaba ya cincuenta duros diarios. Manuel
tenía una voz dulce, sana y muy flamenca. Los cantes
con los que se encontraba más a gusto eran la bulería
‘pa escuchar’, la bulería para bailar y
el fandango. Él fue uno de los primeros que grabó
los fandangos de El Gloria y los divulgó:
Que llores por mi querer
te tiene que llegar el día
que llores por mi querer
con un llanto tan profundo
que tengas tú que aborrecer
a quién tú quieras más en el mundo
Dijo mi madre al morir
reza por mí todos los días
y un día se me olvidó
y fue la tarde que te vi
pero Dios me perdonó
(‘Canta
Jerez’. Hispavox. 1967)
Pero en esa época Sordera aprendió a cantar
todos los palos, apoyado por su trabajo como cantaor para
el baile. Después de su periplo por tierras hispalenses
se trasladó de nuevo a Madrid. Cantaba en una sala
de fiestas llamada Pasapoga, de donde pasó a los tablaos
El Duende, Los Canasteros (la sala de Caracol)... En Madrid
estuvo más de veinte años. Allí se criaron
sus hijos. Cuando regresó a Jerez ya había dejado
su saga propagada por la capital de España.
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