MÁLAGA EN FLAMENCO 2007. CARRETE, ‘YO NO SÉ LA EDAD QUE TENGO’

Taconear sin tacones

S.C. Málaga, 27 de agosto de 2007

‘Yo no sé la edad que tengo’. Carrete: baile. José Luis Ortiz Nuevo: actor, guión. Juan José Amador, José Valencia, Laura Román: cante. Juan Requena, Paco Iglesias, Joaquín Losada ‘Carretillo’: guitarra. Diego Suárez: piano. Carmen Ríos, Cristóbal García: baile. Pepa Gamboa: dirección escénica. Juan Requena: dirección musical. Málaga en Flamenco 2007. Teatro Cánovas. Málaga, 27 de agosto de 2007. 21 horas

 

Carrete (Foto Daniel Muñoz)
   

Dicen que es verdad. Que todavía tiene las espigas clavadas en las plantas de los pies. De cuando Carrete era niño y su madre le pedía que fuera la era y el trillo. “Baila, Carretillo”. Y el chiquillo bailaba con esa manía suya de hacerlo descalzo. Quizás por eso cuando ahora -que tiene muchos años, pero no sabe cuántos- taconea, lo hace con rabia, con dolor... como espantando las penas pasadas. Y es que pasaron los años de hambre, de reformatorio, de escaparse, de bailar en las tabernas por dos gordas, de clases y tablaos en la Costa del Sol. La memoria de Carrete estaba esperando que alguien le alargara la voz. Hasta que llegó José Luis Ortiz Nuevo, que es cómico, guionista e incluso director de este festival, a ponerlo todo en su sitio. A los recuerdos, al personaje y a la persona.

‘Yo no sé la edad que tengo’ es un espectáculo liberador. Y no sólo para este Carrete, sino para todos esos ‘carretes’ de los que el flamenco anda lleno. Personas y personajes que quedan al margen, alimentando el lado ‘outsider’ de este arte. El tiempo se los lleva y de muchos tan sólo queda un rumor, una anécdota que pasa de boca en boca… y, a veces, nada. Por eso ahora no tienen que contarnos que hubo un bailaor que una vez le quitó la tristeza a Carmen Amaya bailándole con uno de sus trajes, que soñaba de chico con ser Fred Astaire, que actuó en una boda real noruega con una troupe de flamencos, que se ennovió con una rica anciana americana, que bailaba descalzo sobre el trigo… Ahora nos lo cuenta José Luis Ortiz Nuevo. Y el propio Carrete nos lo baila, nos lo interpreta, nos lo da ya gozado, con la intensidad de los sueños.

Anécdota con anécdota está hilvanado el montaje. De las tristes y de las cómicas. Y entre bromas, veras, risa y dolor; entre soleares, alegrías, seguiriyas, bulerías, rumbas, ‘yalis’ y punzantes palabras del rapsoda, nos embarcamos en un viaje catártico. Y así es su baile, una liberación que duele. En un periódico de Oslo escribieron hace muchos años, con mucho tino, que la fuerza de los pies le salía por la cabeza. Y esa es justo la sensación que da cuando zapatea (ya con botas), retuerce el gesto de ave, anuda los viejos dedos y revuelve en el aire los pelos empapados de sudor, esos que le tuvieron que cortar en las lejanas tierras noruegas para que pudiera entrar en palacio. Artista ‘sui generis’, sin molde, sin filiación. Artista surreal, de lo crudo, del instante. Artista y personaje, que se burla de su historia vistiéndose de rey o del bailarín de las películas. Qué gracia cuando entra en la sala por el patio de butacas con su flamante frac, con su chistera y con su bastón. Qué pena cuando se retuerce en el taranto. Qué gracia cuando huye de la monja queriendo no sufrir más. Qué pena cuando relata su memoria que se le quedaron las piernas inmóviles de frío aquel invierno que nevó en Málaga.

Y como lo viven el protagonista y su memoria, también lo vive el atrás que los acompaña. Todos se implican a tope en la historia, no sólo en su misión cantaora, bailaora o tocaora. Que si hay que acabar haciendo de cuerpo de baile de Fred Astaire, pues así se acaba. Aunque los requerimientos del guión y de la puesta en escena -ideada por Pepa Gamboa-, no deslucen la calidad del cante de monstruos como Juan José Amador y José Valencia; ni la idoneidad musical del guitarrista Juan Requena. Todos se dan por entero, conscientes de que contribuyen a que la historia no se diluya. Y que está genial la ovación, aunque vaya con pancartas (“CARRETE”, “CARRETE”, “CARRETE”). Pero a ver si es verdad lo de las veinte galas.


Carrete (Foto Daniel Muñoz)

 
 
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