MARINA HEREDIA. PRESENTACIÓN
DE ‘LA VOZ DEL AGUA’ EN MADRID
Luz cenital. Marina vuelve
Silvia Calado. Madrid, 13 de marzo de 2007
‘La voz del agua’. Marina
Heredia: cante. José Quevedo ‘Bolita’,
Luis Mariano: guitarras. Fidel Cordero: piano. Alexis
Lefèvre: violín. José Manuel Posada
‘Popo’: bajo, contrabajo. Carlos Grilo, Luis
Cantarote: palmas. Teatro Calderón Haagen-Dazs.
Madrid, 13 de marzo de 2007. 21 horas
Marina Heredia (Foto:
Daniel Muñoz) |
|
| |
|
Manolo Caracol y Lola Flores son sólo
algunas de las grandes figuras del flamenco que dejaron
su arte en el escenario que Marina
Heredia escogió para vestir de largo su nuevo
trabajo discográfico ‘La voz del agua’.
Respirando esa añeja inspiración, se plantó
en la coqueta bombonera madrileña del Teatro Calderón
–ahora patrocinado por una marca norteamericana
de helados- rodeada de sus diez músicos, bellamente
vestida por la diseñadora Ángeles Verano
y dispuesta a desgranar el repertorio de su segundo álbum,
el que se sincera con Marina Heredia.
Entre admiradores, amigos, familiares
y el perfume de cientos de claveles rojos y blancos, hizo
aparición en escena la cantaora granadina. Eligió
como presentación el ‘Tango de las madres
locas’ del cantautor granadino Carlos Cano, un tema
de forma y de fondo. No sólo da alas a todos los
matices de voz, desde el terciopelo más dulce al
rajo más jondo, sino que dice y denuncia. La fidelidad
al disco es impecable, raro en flamenco, al igual que
la solidez de la banda, variada en cuerdas y percusiones.
Ya sentada, se aplica en el cante por malagueñas,
rematado con fandangos del Albaycín. Entrega total,
energía plena. La escena se desborda, inundando
la sala. Y llueven oles y piropos. Recogida, serena, profundiza
en la soleá con marca de la casa, con marca ‘Parrón’,
acompañada por el toque natural de Luis Mariano.
Vuelve entonces la mirada a uno de los
temas más tarareables del disco, que también
los tiene. Con los coros allanándole el camino,
entra en la bulería acancionada ‘La rosa
tardía’. Y ahí se desfoga, con un
acompañamiento ebrio de brío y vida. Tras
el ‘flash’, retorno a la luz tenue, a la cosa
jonda. Pero esta vez en pie, junto al piano de Fidel Cordero,
que la lleva a la mina, paso a paso. Estampa. Quejío.
Toca entonces alternar con la fiesta, con el ritmo, esta
vez con la balada por tangos ‘Mil vidas’.
Y ahí se luce, melosa y versátil, enganchando
por lo amoroso y por el estribillo, poniendo un punto
y aparte en el recital.
| |
Marina Heredia
(Foto: Daniel Muñoz) |
| |
|
Intermedio para degustar helados –no
es broma, el carrito se planta en el pasillo del patio
de butacas, con sombrilla y todo- y para hacer vida social,
que hay invitados más que ilustres... desde Pepe
Habichuela a Luis Cobos, pasando por Nacho Cano. Y segunda
parte. La bella granadina irrumpe con bata de cola negra
y mantón, entre una lluvia de claveles y loas,
arrimándose al piano para ponerse coplera con ‘A
tu vera’. Artes de diva en el andar y posarse. Artes
de cantaora en el interpretar. Una grabación antigua
la lleva entonces al Sacromonte, con aires morunos que
retoma en directo la guitarra del jerezano José
Quevedo ‘Bolita’, el productor del álbum,
“mi media naranja artística”. Para
la ocasión, viene vestida de rojo y flores, con
un ay mirando para Tánger. Y ese estilo lo borda.
Le da el peso propicio, preparándose para los momentos
de cante valiente, de partirse la garganta y estremecer.
El escalofrío permanece con la ‘Balada del
que nunca fue a Granada’, pero de otra manera. El
poema de Alberti habla de una cita que nunca pudo tener
con Lorca... porque lo fusilaron. Y Marina Heredia pone
el acento en el drama y en la letra. Que se entienda,
que hiera, pero que entre por el oído dulce, fácilmente.
Mientras la música va formándose,
con el violín de Alexis
Lefèvre delante, “ese violín que
llora”, se cambia para la última faena, con
falda ajustada franjas negras, rosas, naranjas... y chalequillo
torero. Dos toros. Dos poetas. ‘La gran faena’
del granadino Manuel Benítez Carrasco, una canción
circular en cuyo estribillo echa las penúltimas
fuerzas. ‘Illo y Romero’ de José Bergamín,
por bulerías “cañeras”, con
aire de fiesta flamenca... y taurina. El grupo engorda,
crece, penetra contundente, casi a la manera del rock,
pero sin enchufes. Vuelta al ruedo. Y salida a hombros
tras la tanda de pregones a pie de escena, con la decena
de músicos cubriéndole, callados, las espaldas.
Marina Heredia selló así, derrochando jondura,
gusto y raíz, la presentación de ‘La
voz del agua’, el disco que pone de nuevo el
acento en una de las cantaoras más destacadas de
la brillante generación de ‘povedas’,
‘estrellas’ y ‘arcángeles’.
Y está que se come los escenarios...