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La fama y otras cuestiones del flamenco (1ª
parte)
Mario Maya. Jerez, febrero de 2002
(Artículo expuesto por el bailaor y coreógrafo
granadino Mario Maya en la tertulia programada por el VI Festival de Jerez el
día 28 de febrero de 2002 en la Bodega de San Ginés)
Los poderes establecidos determinan socialmente el rumbo a seguir a una
sociedad en transformación en la que prima, especialmente, la vertiginosidad
con que cambia la sociedad de consumo y, con ella, el género artístico
flamenco, donde no hay una reflexión exhaustiva sobre la problemática
de nuestro arte. Los falsos prestigios de nuestra cultura en el baile flamenco
se dan mayoritariamente en nombres muy obvios, dándole mayor y más
valor del que realmente tienen y a los que ahora no voy a mencionar por una cuestión
ética. Aunque, a decir verdad, debería ser un deber denunciar mitos
porque algunas de esas falsas supuestas monedas ya son de curso legal. La gente
empieza a admirar mierda, si la mierda está bien promocionada.

Mario Maya presentado por Miguel Acal (Foto Silvia
Calado)
Las famas son nociones maleables y de no fácil definición, presentan
influencias confusas, bombardeadas con imágenes que disminuyen la fuerza
de la realidad. La popularidad, ese denominador común de los prestigios
y las famas, a todos nos salpica con su niebla. Todos pagamos las consecuencias
de su gratuito insistir. Los famosos, en mayor o menor grado, tienen sus servidumbres
y de nada vale decirles sus errores o descomponer su tesis.
La mayoría de las veces habréis observado, que la popularidad
que surge de un día para otro es la máscara barata de la fama. Sin
embargo, el prestigio se gana gota a gota, paso a paso, se tarda y toma tiempo
en ser reconocida su labor artística. La pregunta que queda por hacer y
no es de fácil respuesta, podría formularse así: ¿Quién
da la patente de la fama y la desorbitada popularidad? Probablemente, en mayor
o menor grado, un ente tan confuso y huidizo como la televisión y otros
medios de información, que están al servicio de la necedad y la
vulgaridad, a la que le es más cómodo políticamente anestesiar
que instruir.
Lo que no se emite por la televisión, no ha ocurrido nunca. Lo que no
dicen los periódicos, no se ha dicho nunca. Los artistas que no son producto
de los medios de comunicación, lo tienen difícil para acceder a
la programación de teatros o conciertos. El empresario o el organizador,
quiere obtener la máxima rentabilidad en el más corto plazo y, para
ello, contrata a los artistas con nombre y apellidos. Quiero decir, que el silencio
que cae sobre los que no se someten, es el ácido más destructivo
contra la realidad.
Decía Claudiano que la presencia merma la fama y aseguraba Horacio,
dándole la vuelta a la manera de decir, que la fama crece con la vida oculta.
Para mí, tanto el uno como el otro, aludían más al prestigio,
ese adorno a la chita callando pues, según Víctor Hugo, la fama
no es sino la gloria en calderilla.
Para mi generación, saber de cante y baile ha necesitado pasar por el
bachillerato de muchas noches sin luna y, sobre todo, ser un buen aficionado.
Haber tenido la oportunidad de conocer, ver bailar y oír cantar a esos
artistas irrepetibles, claro está, que sin olvidar el rigor y la dureza
diaria de la disciplina dancística. Esa y no otra ha sido mi escuela, donde
aprendí la dignidad y el respeto a los anteriores maestros. La juventud
de hoy esto ya no lo tiene en cuenta.
Ahora vivimos en una sociedad de consumo global, cada vez más competitiva,
que nada tiene que ver con la profundidad arraigada en el arte flamenco. Por ello,
la sociedad provoca y crea bailarines de laboratorio, que se empecinan en un continuo
tam-tam de percusionista, donde la melodía y el espíritu de cada
baile, se anula por la mecánica efectista de cortes y remates y gritos
de kárate al finalizar cada desplante. Pero ahí no queda la cosa,
continúan con sus falsas despedidas y mutis alusivos, empujados por un
espúreo cajón de percusión, cuya fuerza y sonoridad anula
cualquier tipo de sutileza y todo esto, para provocar el aplauso.
Nos cuenta la historia que había en Cádiz un cantaor gitano que
se llamaba Enrique
el Mellizo. Se dice que, con frecuencia, visitaba la iglesia para oír
los cantos religiosos litúrgicos. Él, con gran afición y
mejor oído, construyó en base al tono de Si mayor con el dominante
de Do una malagueña que hoy lleva su nombre. Y, como preámbulo de
afinamiento, tomó una pequeña parte del canto gregoriano, recorriendo
la escala dórica hasta la octava alta de dicho tono.
Esto es una pequeña muestra de la influencia que tuvo la religiosidad
popular, que fue centro de los atavismos y supersticiones de una sociedad inculta
que se sirvió de las cofradías y pasos de semana santa como instrumento
ideológico para una iglesia que estaba al borde de perder su influencia
en amplias capas sociales. Pero brotó de nuevo una extensa devoción
religiosa en la que, en cierto sentido, influyeron y jugaron un gran papel los
cantes litúrgicos y, de este modo, los cantes de martinetes, tonadas, y
su derivado la saeta. Esto como prototipo del cante jondo, que tuvo sus efectos
en la sociedad andaluza y se convirtió en espectáculo cultural de
masas.
Los gitanos de la baja Andalucía hacen su interpretación más
sublime de la liturgia cristiana y el canto popular andaluz, ofreciendo la creación
de esta letra de saeta:
¡Oh, pare de almas
y ministro de Cristo,
tronco de nuestra madre iglesia santa
y árbol del paraíso!
(Fin de la primera parte. Próximamente, segunda entrega
del artículo...)
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