FESTIVAL FLAMENCO MONT
DE MARSAN 2007
ROCÍO MOLINA/ PANSEQUITO & AURORA VARGAS
La pura contradicción
S.C. Mont de Marsan, 5 de julio de 2007
Primera parte. Rocío
Molina: baile. Leo Triviño, Antonio Campos:
cante. Paco Cruz, Manuel Cazás: guitarras. Sergio
Martínez: percusión. Ana Romero, Tacha:
palmas/ Segunda Parte: Pansequito: cante.
Aurora Vargas: cante, baile. Diego Amaya:
guitarra. Eléctrico, Rafael Junquera: palmas. 19º
Festival Flamenco Mont de Marsan. Café Cantante
Place Saint Roch. Mont de Marsan (Francia), 5 de julio
de 2007. 19:30 horas
Rocío Molina
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Rocío Molina
(Foto Daniel Muñoz) |
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Rocío
Molina viene a representar el cambio del que en la
conferencia hablaba Juan Manuel Suárez Japón.
El flamenco se desarrolla hoy en una Andalucía
desarrollada, moderna, universal. Y dado que nunca ha
sido impermeable a su entorno, el flamenco actual es desarrollado,
moderno, universal. Como decía el rector de la
Universidad Internacional de Andalucía, en este
flamenco coexisten la ortodoxia y la heterodoxia, “por
tanto es una falsa polémica porque nada nuevo puede
haber en el flamenco si se desconoce lo antiguo, en flamenco
no es posible crear desde la nada”. Y para muestra,
el taranto con el que la bailaora malagueña abrió
su recital en el Café Cantante. Vestida de cuero,
con vestido ajustado por la rodilla, con chaquetilla,
con botas altas, con la melena suelta. Como cualquier
chica urbana de su tiempo. Pero resulta que en esta pieza
evoca a la bailaora Fernanda Romero, a cómo ella
interpretaba el taranto, con la melena suelta, con los
crótalos de metal tintineando. Et voilà.
Claro que Rocío Molina le imprime un fortísimo
sello personal, alucinante si se tiene en cuenta su edad.
La malagueña se muestra implacable en la escena,
absolutamente expresiva y segura de cada uno de sus pasos,
extremadamente pulcra en la ejecución, pero desbordante
en sentimiento.
Además, tiene la capacidad de
desarrollar los bailes de forma que evolucionen, que atrapen,
que integren al receptor. Y en todo alimenta la línea
creativa y rupturista de jóvenes maestros como
Rafaela
Carrasco, que la jaleaba desde la primera fila. Da
como pudor tanto piropo, pero es la realidad de esta artista
a sus veintipocos años. Y el público fue
unánime. No sólo aplaudía... gritaba.
No sólo al taranto, sino a los otros dos bailes
que defendió. El segundo fue una especie de zapateado
con guitarra y escueta base de percusión, abstracto
y concreto a la vez, antiguo y contemporáneo, que
interpretó con pantalón corto y transparencia
cristalina. Y el último, una soleá. Arropada
hasta casi el mimo por su grupo, combinó las dosis
justas de estética y rítmica, lo mismo clásica,
que canastera, que hipertécnica. Como entró,
con la espalda arqueada hacia atrás, con los ojos
perdidos, casi en silencio... así se fue. Y el
público en pie... y gritando.
Pansequito & Aurora Vargas
Aurora Vargas (Foto
Daniel Muñoz) |
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Aunque de la modalidad
grito, pasaría a continuación el respetable
a la modalidad furor de coso taurino. Aquí profesan
devoción por el toro y por el cante tradicional.
Y Pansequito
fue tratado como una estrella de los ruedos. El cantaor
gaditano salió a la arena, por supuesto, con alegrías.
Y cada verso fue como un pase torero. “Maestranza
de Sevilla”. Oleeee. “La del amarillo albero”.
Oleeeee. “La que huele a manzanilla”. Oleeeee.
“Y a capote de torero”. Oleeee, oleeeeee,
oleeee. El cantaor no tuvo más que entregarse,
rebuscarse, acordarse, mantener el temple. La audiencia
estaba enloquecida, ejerciendo de fan no sólo con
los jaleos, sino con las últimas tecnologías
de grabación. La soleá la dijo añeja,
resquebrajándose la voz para encontrar la ‘res’
dramática. El toque de Diego Amaya, sencillo y
eficaz. Hasta el último aliento echó en
el taranto, aunque aún quedaría el plato
fuerte: las bulerías. Oleeee. Oleeee. Oleeee. Y,
por supuesto, tuvo que haber bis. Unos fandangos dedicados
a una fan que no paraba de hacer compás, Pepa de
Benito. Capotazo p’allá. Capotazo p’acá.
Oleeeee.
Así el ambiente, caliente hasta
quemar, salió Aurora
Vargas para lidiar el segundo de la noche. Traje blanco
cegador. Maneras firmes, semblante serio, mujer de bandera.
Templó la bruñida garganta, igual que su
compañero, por alegrías y soleá.
Un mero trámite para llegar a lo que todo el mundo
esperaba, los tangos y bulerías entre cantados
y bailados. Casi disimulando, se acercó por tientos.
Con un leve gesto, hizo entrar a los palmeros. Apretón
de puños sobre el pecho... y se forma el zipizape.
Revuelo de rizos negros, de volantes, de manos, de brazos
y caderas. El baile al natural, abrupto, que electriza
como un rayo. Ya no hace falta micrófono, ya falta
espacio en la tabla. Hagan sitio, que viene por bulerías.
El café cantante empieza a echar chispas. Y ya
no se sabe en qué Andalucía de las que describía
el conferenciante andamos, si en aquella de carencias,
latifundios y braceros que dio origen al flamenco, o en
esta de futuristas centrales solares, turistas y trenes
de alta velocidad.

Pansequito (Foto Daniel Muñoz)