|
ISABEL BAYÓN. ‘LA PUERTA
ABIERTA’. JUEVES FLAMENCOS, SEVILLA
Baile curvo
Silvia Calado. Sevilla, 1 de diciembre
de 2005
‘La puerta abierta’. Isabel
Bayón: baile y coreografía. Jesús
Torres: guitarra. Juan José Amador: cante. Sergio Martínez:
percusión. Ciclo Jueves Flamencos. Centro Cultural
El Monte. Sala Joaquín Turina. Sevilla, 1 de diciembre
de 2005. 21 horas
| |
Isabel Bayón (Foto:
Daniel Muñoz) |
| |
|
Isabel Bayón estrena ‘La puerta abierta’.
Tras la atrevida incursión en el teatro con ‘La
mujer y el pelele’, retoma el recogimiento de ‘Del
alma’. El nuevo espectáculo de la bailaora sevillana
apuesta por la intimidad. Baila como si nadie la estuviera
viendo, dejándose llevar. No traiciona a la tradición,
pero tampoco se hace presa de ella. Baila con libertad, mirándose
dentro, fluidamente. Sensual, coqueta, personal, curva. Y
nunca sale de escena durante la hora larga que dura la actuación.
No hay más escenografía que una colección
de zapatos de baile desperdigados por la tabla y una puerta
abierta en el telón de fondo que brinda a la acción
un segundo plano en el que el vestuario se transforma. No
hay más acompañamiento que el del cante de Juan
José Amador, la guitarra de Jesús Torres, las
percusiones de Sergio Martínez... y los cantes por
martinetes rescatados de históricas gargantas.
Tiene este montaje de formato reducido dos momentos álgidos.
Uno es el de la milonga, oda a la sensualidad... con guantes
y escote a lo Gilda. Isabel Bayón sublima su braceo,
su trazo ondulado, mecida por las dulces melodías del
cantaor. El cuerpo sabe bailar, casi sin que hablen los pies.
El otro, en la misma onda, es el del pasodoble, que empieza
con un revolotear de mantón. Se lo canta de pie a la
izquierda del escenario Juan
José Amador, un cantaor del todo versátil
y personal, en un momento digno de aprovechar para entrar
al estudio de grabación. Y ella, equidistante entre
la voz y la guitarra, se deja mecer por ese ritmo del patrimonio
popular español que tan bien defiende Jorge Pardo.
Quizás sea la primera vez que se baila a lo flamenco.
Se hace con tanta finura que hasta el ‘agarrao’
entre cantaor y bailaora resulta delicioso.
La fluidez es el arma en unos momentos de la obra. Movimientos
tan naturales como el aire o el agua brotan al son que marca
una variación al piano de Bach, a modo de introducción.
También se da en pasajes instrumentales como el ‘Zapateao’
de Jesús Torres, una guitarra a tener en cuenta no
sólo para el baile. Y en otros, es la flamencura femenina,
sin más. Irrumpe esta faceta en las alegrías
que apuntan el final. Bonita como una muñeca Marín,
con bata de cola negra de escote palabra de honor, se planta
en medio de la escena. Más rítmica, más
temperamental, muy coqueta. La gracia de la pieza es que es
cortada en seco por el antiguo martinete de Anica
la Piriñaca, que viene a recordar la cara dolorosa
de la vida. Las alegrías vuelven como si el tiempo
hubiera sido interrumpido. El efecto es extraño, pero
se aprecia la intención de quebrar las estructuras
establecidas. La música está pensada, está
coloreada con guiños para los que escuchan. Y a ello
contribuye, por supuesto, la bailaora... especialmente graciosa
en la escobilla. Vuelve el martinete. Vuelve el baile seco,
introvertido. Sólo acompañan las palmas y la
percusión. Sobriedad para un final en paralelo al comienzo.
Y en línea con el bis, un concentrado de fiesta, que
recurre a la sobria bulería lebrijana. La ovación
es sentida en el semicírculo del teatro, lleno a rebosar
y con notable presencia de aficionadas niponas. Isabel Bayón
vuelve a escribir con mayúsculas el baile de mujer.
|