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FESTIVAL DE ARTE FLAMENCO
DE MONT DE MARSAN 2003
Lo unívoco
Candela Olivo. Mont de Marsan (Francia), 1 de julio de 2003
Fotos: Daniel Muñoz
Esperanza Fernández con Miguel Ángel
Cortés a la guitarra; y Miguel Vargas y Luis Peña al compás.
Juana Amaya con Enrique el Extremeño, Juan José Amador, José
Valencia y María Vizárraga al cante; Rafael Campallo al baile; Ramón
Porrina al cajón; y Paco Fernández y Miguel Iglesias a la guitarra.
Café Cantante de la Place Saint Roch. Mont de Marsan (Francia), 1 de julio
de 2003. 19:30 horas.
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Esperanza Fernández
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Juana Amaya
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No es tarde de toros. Los alrededores de la plaza están en silencio,
aguardando las venideras Fiestas de la Magdalena... pues es más taurina
que flamenca Mont de Marsan. Sólo rompe la quietud el tacatatá
colectivo que sale de las aulas de la École de Musique et de Danse, que
acogen los cursos de baile de La China, Joaquín Grilo, Ángeles Gabaldón
y Felipe Mato. Apenas han terminado de impartir sus respectivas clases, otra de
las actividades paralelas del festival va a tener lugar en el pequeño auditorio
del conservatorio. El antropólogo Fernando González-Caballos imparte
una conferencia, ilustrada por Daniel Méndez, sobre el toque de Morón,
a partir del estudio recogido en el libro 'Guitarras de Cal'. Y expone que, efectivamente,
una serie de características en el modo de tocar como "el uso abundante
del pulgar", diferencian "una manera local de entender el flamenco que
se ha convertido en seña de identidad". Aunque destaca la importancia
de Diego
del Gastor -que, a pesar de sus limitaciones técnicas "entra en
el grupo de los grandes creadores personales junto a Sabicas o Niño Ricardo"-,
sitúa los orígenes de la escuela en Paco de Lucena, "tres generaciones
anterior". González-Caballos resalta la vitalidad de un toque que
ha influido a músicos flamencos y no flamencos, y que ha ido desarrollándose
con guitarristas como Paco del Gastor, "que ha subido un escalón al
aportar técnica contemporánea a lo que su tío le enseñó".
Animados por el reto de "poner al toque de Morón a la altura de la
guitarra flamenca contemporánea", una nueva generación toma
el relevo. Como muestra, su acompañante, que, tras ilustrar por soleares,
bulerías y seguiriyas el toque de sus predecesores, acomete una malagueña
en la que la evolución está servida.
La jornada volvería algunas horas más tarde a Morón, pero
antes se quedó entre Triana y Lebrija. La guitarra de Miguel Ángel
Cortés prologa a una Esperanza
Fernández, preciosa con un mantón oro viejo bordado de rosas,
que se presenta con una de las canciones de su disco debut, 'La blanca fuente'.
"Encantadísima de volver a estar aquí", la cantaora sevillana
tomó asiento para la soleá. Exponiendo toda la sabiduría
vocal que atesora, cantó con reposo, a veces dulce, a veces torrencial.
Escalofrío. Y la guitarra en paralelo, también ovacionada. Continuó
con unas cantiñas de Pinini, tan dispuesta y enérgica. Sobre la
consistencia del toque de Cortés, cantó con aje, con fuerza, con
sal... diciendo un variadísimo repertorio de coplas, que la sonanta también
supo ornamentar. "Voy a cambiar el tercio y voy a cantar por seguiriyas".
La guitarra se torna sólida, con gravedad, con peso. "Por los siete
dolores"... Magnifica el lamento, hiriente, tan recogida en sí misma,
como entregada hacia fuera, haciendo huecos para que la guitarra vuele, sin nunca
perder los mandos. Con el apoyo de palmas, ataca por tientos tangos, un estilo
muy suyo. "Fui piedra y perdí mi centro...". Ella, azúcar
tostada. Él, genial en los despegues. Utrera, Lebrija. Con su retoño,
Miguelito, como tercer palmero, deja la silla para la bulería... masticada
despacio, como se hace por esas tierras. 'A tu vera' por bulerías, Santa
Justa y Rufina, el pollito... y una pataíta y otra y el vestido asido con
fuerza y el arrebato y... el café cantante en pie.

Rafael Campallo
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Previo avituallamiento de bocados andaluces en la barra -por tanto, con gazpachos,
tortillas, paellas y montaditos de jamón-, el abarrotado "café"
se prepara para el huracán por venir procedente de, como dijimos, Morón
de la Frontera. Pertrechada por un atrás de excepción, irrumpió
Juana
Amaya por seguiriyas. Recia, temperamental, imponente. Creando tensión
hasta ese mágico momento en el que arrecia la tempestad que es su baile.
El intermedio instrumental por tangos lo conduce María Vizárraga,
sevillana que lleva a Remedios Amaya cerca de la garganta. Pero no ha amainado.
Juana Amaya vuelve, ahora con pantalones y chalequillo, por alegrías. Entra
y se planta al filo del escenario. Espera y... explota. Salvaje, entonces. Los
cantes que le brindan Enrique
el Extremeño y de Juan José Amador son para sentirlos... y,
de hecho, se para a hacerlo. El intermedio continúa la bulería.
Y llega Rafael Campallo a bailar también por alegrías... una regla
rota, un feo descuido eso de repetir palo. Aunque ello en nada empañara
la compostura con la que el bailaor sevillano, siempre elegante y equilibrado,
interpretó su número. Con fino sevillanismo, con pulcritud técnica...
puso el contrapunto a lo telúrico de su anfitriona. Y el público
lo agradeció levantándose incluso del asiento. También lo
hicieron los cantaores para recibir a la bailaora, ahora vestida de rojo. Soleá
por bulerías. Acalla al tiempo para marcar y recogerse, lo acelera hasta
la extenuación en sus arrebatos, en sus exposiciones de virtuosismo de
cintura para abajo. La tensión se masca. "¡Eje!". Y ahí
lo deja. El solicitado bis se concentra en la pataíta de El Extremeño.
Sembrado. En el segundo tampoco la moronera se da. Juan José Amador, guiado
por el cante extremo, echa el cierre a una jornada en la que las discusiones de
género estaban desterradas.
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