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JOAQUÍN
GRILO. FESTIVAL DE MONT DE MARSAN 2004
La eclosión
Silvia Calado. Mont de Marsan, 5 de julio
de 2004
Fotos: Daniel Muñoz
‘Grilo’. Baile: Joaquín
Grilo y Rosario Toledo. Guitarras: José Quevedo
‘Bolita’ y Daniel Méndez. Cante: Carmen
Grilo, José Valencia y Antonio Núñez
‘El Pulga’. Contrabajo: Pablo Martín. Violín:
Alexis Lefevre. Percusión: Paco González. Palmas:
Carlos Grilo. Espace François Mitterrand. Mont de Marsan
(Francia), 5 de julio de 2004. 21 horas.
Las guirnaldas de luces ‘rojigualdas’ adornando
las calles y un no sé qué en el ambiente anuncian
que Mont de Marsan está preparada para comenzar una
nueva edición de su festival de flamenco, uno de los
más reputados de este arte. Y, más que preparada,
está entusiasmada y completamente volcada con la décimo
sexta edición del certamen francés. De hecho,
todo el papel está ya vendido y los cursos de baile,
guitarra y compás, llenos hasta la bandera. Apenas
habían terminado de llegar los autobuses con artistas,
managers y periodistas procedentes del otro lado de la frontera,
cuando en la Minoterie se procedía a inaugurar el festival
con el ya tradicional cóctel de presentación,
entre las fotografías de Marie-Béatrice Seillant.
Y de la orilla del río Midouze, el epicentro se trasladó
en un ratito al gigantesco auditorio François Mitterrand,
donde la verdadera puesta de largo estaba al llegar.
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Joaquín Grilo

Rosario Toledo
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Joaquín
Grilo fue el encargado de abrir el telón con el
espectáculo ‘Grilo’, que comparte -de igual
a igual- con la bailaora Rosario Toledo y con una solvente
escudería musical. Más de dos mil personas aguardaban,
receptivas y entregadas de antemano, a que el flamenco comenzara
a manar. Y lo hizo, sin dilación. Sin más instrumentos
que las palmas, los pitos y los pies, la pareja de bailaores
se metió en un corro de cantaores y palmeros para,
entre todos, hacer música a compás de tangos.
La inmensidad de la sala quedó inmediatamente rebosante
de calor. El silencio, la tensión, el reto, el juego.
Rosario y Antonio. Antonio
Gades y Cristina
Hoyos. Reivindicando el baile de pareja, ambos bailaores
se midieron por seguiriyas. Arrancaron dando movimiento (no
sólo flamenco) a un inspirador pasaje musical de guitarra,
violín y contrabajo. La estética de la danza.
La música del movimiento. El baile del jerezano resulta
personal, fuerte, intenso... también emotivo. Su rostro,
ampliado en primer plano en las pantallas gigantes que flanquean
el escenario, lo muestra. Y el público sufre esa historia
de amor imposible. La tregua es un número instrumental,
con demasiado olor a relleno, tras el cual tomó la
escena Rosario Toledo. Haciendo gala de su patria, bailó
por alegrías ataviada con un elegante e inusual vestido
de noche aflamencado de pedrería. Mostró formas
curvilíneas, muy femeninas, citando a bailaoras coetáneas
como Eva Yerbabuena o Belén
Maya. El avance y la tradición se dan la mano.
El público está encantado y la premia con una
tremenda ovación. Toma el relevo Joaquín Grilo,
por soleá. Impone su planta, su pose, su reposo. Baila
la música (protagonista, el violín) en hombre,
majestuoso y dulce al tiempo. La hermana está cantándole,
con su dulce trino, y él asume todos los riesgos imaginables
en el bailar, compartiendo la alquimia de ser personal y colectivo,
Grilo y flamenco, pero flamenco de su tiempo y de todos los
tiempos. La bulería va llegando y, de su mano, el divertimento,
el todavía más, el éxtasis. Joaquín
Grilo está poseído, se deja mover por no se
sabe qué resorte, baila como fuera de sí, como
en trance, pero sin perder nunca el sentido (estético,
musical o flamenco). Y la audiencia enloquece, pateando el
suelo del enorme graderío. El jerezano y compañía
están entregados y hacen corro para un bis por bulerías
en el que todos participan. Grilo se llevó la mano
al corazón e hizo el gesto de repartirlo entre quienes
lo estaban, literalmente, adorando. Y no conforme con eso,
se quedó solo y agotó el último cartucho
bailando solo al son de la música de dentro. “Se
acabó”.
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