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FESTIVAL
FLAMENCO MONT DE MARSAN 2005.
BELÉN MAYA Y MAYTE MARTÍN. CARMEN GRILO. JOSÉ
VALENCIA
Diálogos de
café cantante
Silvia Calado. Mont de Marsan, 5 de julio
de 2005
‘Flamenco de cámara’. Belén
Maya: baile. Mayte Martín: cante. José Luis
Montón, Juan Ramón Caro: guitarras. Elisabeth
Gex: violín. Sara Barrero, Ana Gómez: palmas.
‘Recital de cante’. Carmen Grilo. José
Valencia. José Quevedo ‘Bolita’: guitarra.
Café Cantante de la Place St Roch. Mont de Marsan (Francia),
5 de julio de 2005. 19:30 horas.
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Belén Maya (Foto:
Daniel Muñoz) |
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Ya no hay mesitas en el café cantante. Por motivos
de seguridad, se han sustituido por hileras de butacas de
plástico azul, con lo cual la capacidad del mercado
de abastos se ha multiplicado. La barra situada en el exterior
también se ha agrandado y quizás también
el tamaño de la paella que busca con fruición
el aficionado. Lo que no ha cambiado en absoluto es el calor
con el que el flamenco es recibido en este espacio, las ganas
de escuchar un quejío profundo, las ganas de ver un
baile sincero. Y esta segunda jornada de festival ofreció
un doble cartel justo para satisfacer. El cante tomó
el protagonismo durante la primera parte, con un programa
compartido entre dos jóvenes valores que comienzan
a andar camino en solitario, tras curtirse en el acompañamiento
al baile y al toque. Carmen
Grilo, que desde hace varias temporadas pone la pincelada
vocal a las composiciones de Manolo Sanlúcar, quiere
no parecerse a nadie. Tiene un eco y una forma de colocar
la voz únicos. Cada tercio en su garganta es una sorpresa,
un viaje cuyo destino no se conoce hasta el final. Calentó
con una farruca al estilo de La Niña de los Peines.
Jugueteó con unos tientos tangos. Se remetió
por seguiriyas, dejando caer los versos en simas profundas.
Y acabó por bulerías, desplegando un variado
abanico de recursos, letras y referentes, incluido Camarón.
José Valencia, que viene de trabajar en la prolongada
gira del ‘Carmen, Carmela’ de Antonio Canales,
tenía claro que en veinte minutos debía llegar,
ver y vencer. Su natural torrente vocal era su baza segura,
la voz ancha, grande. Se dio espacio en la soleá para
hacerse con el terreno. Las cantiñas las acometió
con frescura, a veces cantando, a veces diciendo. Y aportando
cantes y maneras poco o nada frecuentadas. Olores añejos.
La seguiriya la hizo con peso, con seriedad, dejando respirar
los tercios. Y en la bulería de cierre, arropado por
soniquete jerezano, dio todo lo que le quedaba por dar. El
bis quiso compartirlo con su compañera, “esa
pedazo de artista que con veintiún años canta
como una maestra”. Que esta nueva generación
venga con intenciones de aliviar el individualismo resulta
reconfortante. Qué bien se lo pasaron cantando y bailando
ante una audiencia totalmente entregada. Hasta José
Quevedo ‘Bolita’ salió darse su vueltecita
por bulerías, después de desempeñar el
papel más difícil de la noche, el de acompañar
(tan bien) a la guitarra a los dos cantaores. Tuvo la maestría
de cambiar de chip sin despeinarse, adaptándose a dos
maneras tan diferentes de cantar, poniéndose al servicio
de la inspiración de cada uno y, encima, brindando
detallitos de inspiración propia. Pocos hay con esa
capacidad en el panorama actual de la guitarra.

José Valencia y Carmen
Grilo (Foto: Daniel Muñoz)
Apoteosis del sentimiento
A pesar de estar enmarcado en el recogido café cantante,
‘Flamenco de Cámara’ brilló
en todo su esplendor. No podía ser de otra manera.
El espectáculo, estrenado hace dos temporadas en el
Festival de Jerez, funde las bellas maneras de entender el
flamenco de dos de las más grandes artistas contemporáneas
del género: Belén Maya y Mayte
Martín. Y lo hacen acentuando la tradición
y prescindiendo de todo lo innecesario. José Luis Montón
y Juan Ramón Caro proporcionan las guitarras que encajan
en esta propuesta compartida, con la musicalidad perfecta,
con la profesionalidad justa, con el equilibrio exacto entre
razón y sentimiento. Una pincelada de violín,
tan dado a reforzar la melancolía, y un par de discretas
palmas cierran el cuadro. Baile y cante encuentran en esta
sucinta estructura la órbita a medida por la que circular,
alternándose los papeles de planeta y astro. La conjunción
se da desde el primer segundo, cuando se encuentran en el
centro de la escena, la cola de la bata blanca enrollando
al cante. Espiral de emotividad.
Tras tan escalofriante presentación, Mayte Martín
se templó con la conmovedora vidalita de ‘Querencia’.
Miró al otro lado del océano para traer aires
guajiros, arrancando con un ay que dolió a todo el
mundo. Y por esas lindes se quedó para hacer el garrotín,
pues es maestra de lo melódico. El grupo se completó
para el primer número completo de baile, unos tientos
tangos que Belén Maya curvó a placer. Imaginativo.
Es extraño el adjetivo para describir un baile. El
más leve movimiento es un mundo personal e intransferible.
Sorpresa continua, que de eso va el arte que se precie de
ser. La farruca de José Luis Montón. Interludio.
Momento ‘manantial’. El antídoto tiene
forma de alegrías y color amarillo. Belén Maya
se ha salido de sí misma para ser otra mujer, la de
la bata de cola. Todo lo rescata, todo lo versiona, es ella
y todos. Bailar de verdad. Un juego. Un reto. Una sonrisa.
Una coquetería. Un plante. Magnífica. El aplauso
del público no cesa, no cesa. Pero hay que volver a
la intimidad, a mirarse dentro. La violinista llora la petenera,
haciendo el clima para el taranto final. Si la tristeza fuera
danza... Si la tristeza tuviera voz... Apoteosis del sentimiento
hecho flamenco. No queda hueco para más esta noche.
revista@flamenco-world.com
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