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FESTIVAL FLAMENCO
MONT DE MARSAN 2005. ‘LAS TRES MIL’
Colonia flamenca
Silvia Calado. Mont de Marsan, 9 de julio
de 2005
‘Las Tres Mil’. Cante: Angelita Montoya,
Ismael Fernández. Baile: El Torombo. Guitarra: José
Carrillo ‘Fiti’. Cante y baile: Noemí y
Susi Vizárraga, Purificación Cruz. Contrabajo:
Miguel Vargas. Cajón: Antonio Barrul. Palmas y dirección
artística: Bobote. ‘El cuadro de la fiesta’.
Baile: Manuela Reyes y Jairo Barrul. Cante: José Valencia,
Guillermo Manzano, María Peña. Guitarra: Antonio
Moya, Eugenio Iglesias. Cante, Baile y palmas: Luis Peña,
Nono Manzano, Javier Vargas. Hall de Nahuques. Mont de Marsan
(Francia), 9 de julio de 2005. 22 horas

Foto: Daniel Muñoz
Mientras más veces se viene a Mont de Marsan, más
se está convencido de que es un trocito de territorio
andaluz trasplantado un poco más arriba de los Pirineos.
Lo demuestra desde hace diecisiete años con un festival
de flamenco que, edición tras edición, revalida
su posición entre las principales citas del arte jondo.
Y lo es por varios motivos. Por una parte, porque ocurre gracias
a una afición respetuosa, conocedora y ávida
de autenticidad. Todas las localidades de estas seis intensas
veladas de flamenco se han agotado, en su mayoría,
por público que reserva su abono casi de un año
para otro. En total, más de seis mil personas asistieron
a esta edición. Y casi trescientos han sido los alumnos
matriculados en los cursos, lo cual confirma al festival como
una plaza formativa fuerte.
Por otra parte, porque mantiene un criterio de programación
que equilibra distintas tendencias. Estuvieron estrellas actuales
como Sara Baras y Diego
el Cigala, pero también artistas que comienzan
a despuntar y necesitan un foro para mostrar sus propuestas
en solitario, como fue el caso de José Valencia y Carmen
Grilo, de Antonio Rey y José Maya. Hubo flamenco con
tintes contemporáneos, pero también la más
rancia tradición. También distintos formatos
en los que enmarcarlo: de la amplitud del Espace François
Mitterrand a la intimidad del Café Cantante, sin olvidar
la caseta de la plaza del ayuntamiento para los cuadros locales.
Y cante, baile y toque fueron colocados a la misma altura.
Por último, porque la organización trabaja de
forma exquisita. Sin darse cuenta, hace algo que no existe
en ningún otra cita flamenca: poner a convivir a artistas
con periodistas, a artistas con artistas, a artistas y periodistas
con otros profesionales del sector (técnicos, representantes,
conductores, organizadores...), con alumnos, con aficionados.
No es habitual ver a una primera fila llena de flamencos-público
jaleando a flamencos-artistas. Y aquí ocurre. En el
‘backstage’, en el comedor del Auberge Landaise,
en la Escuela de Música y Danza, en los hoteles...
existe entre todos estos agentes una comunicación que
sólo se da aquí. La propia ciudad también
contribuye a crear ese ambiente. Hasta los comercios se implican
decorando sus escaparates con motivos flamencos o añadiendo
a la carta de la semana platos y bebidas españolas.
Y la ‘españolización’ no ha hecho
más que empezar. El festival flamenco es el preludio
de las Fiestas de la Magdalena que ahora comienzan, con un
lujoso cartel de toros integrado por toreros españoles
de primera división y, como dice el folleto turístico,
con “millares de juerguistas que se aglutinan en las
bodegas y en las casetas”.

Foto: Daniel Muñoz
Yacimiento de barrio
La cena de clausura del Festival de Flamenco 2005 fue otra
evidencia más. Mil doscientas personas se congregaron
en el Hall de Nahuques para cenar y disfrutar de un doble
espectáculo de flamenco, a lo largo de cinco horas.
Eso sí, hasta que el estómago no estuvo lleno
de tortilla de patatas, langostinos a la plancha y sangría,
no se iluminó el escenario. Mientras duró la
comida, hubo que contentarse con el pase de las fotos tomadas
en directo en esta edición proyectadas en pantalla
gigante, lo cual hizo rememorar los buenos momentos flamencos
vividos durante la semana. Los primeros en tomar la tabla
fueron un grupo de jóvenes artistas de Las Tres Mil,
dirigidos por Bobote. El valor añadido es que algunos
participan en un programa de formación profesional
especializado en flamenco que se desarrolla en el barrio sevillano.
La jovencísima Noemí Vizárraga es buena
prueba de que el proyecto está dando resultados. Cantó
con gusto y con pellizquito por tangos, una canción
de Niña
Pastori y unas bulerías, aderezadas con su poquito
de baile. Sus compañeras de trío, Susi Vizárraga
y Puri Cruz, no se quedaron atrás, mostrando cada una
de ellas maneras propias de encarrilar el cante, con referentes
tan distintos en el punto de mira como Remedios Amaya y Mayte
Martín.
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Foto: Daniel Muñoz |
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Allí mismo tenían un espejo en el que mirarse.
Angelita Montoya, hija de La Negra y hermana de Lole, cantó
sola por soleá y bulerías, con marchamo familiar
en el metal y alguna letrita extraída de la discografía
de Lole
y Manuel. Fiti, guitarrista oficial de María Pagés,
se encargó de dar unidad a cada pieza, con un toque
eficiente y creativo. También hubo baile. Torombo salió
desbocado a abrir por alegrías, pero quien de verdad
ofreció esencias fue Bobote, mago del compás.
Loable esta iniciativa a la que se le augura un próspero
futuro. Tras un breve descanso, continuó el flamenco
con un cuadro refrito de artistas que ya habían actuado
estos días atrás. José Valencia aún
tenía cuerda. Jairo Barrul volvió a bailar por
soleá. María Peña acometió las
cantiñas de Pinini
de la noche anterior. Javier Vargas repitió la vueltecita
ralentizada por bulerías. Etcétera. ‘El
cuadro de la fiesta’ ejerció como tal y puso
un animado cierre al festival, justo ya cuando las fuerzas
de todos empezaban a flaquear. La última noche seguro
que ni hubo fiesta noctámbula en la Peña Quehupa.
Si hasta los técnicos cantaban, recogiendo el escenario
pasada la medianoche, “¡c’est fini, c’est
fini!”.
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