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MONTSE CORTÉS.
PRESENTACIÓN DE ‘LA ROSA BLANCA’
Sin espinas
Silvia Calado. Madrid, 25 de noviembre
de 2004
Fotos: Daniel Muñoz
‘La rosa blanca’. Montse
Cortés: cante. Diego de Morao, Eduardo Cortés:
guitarras. Piraña: cajón. Alain Pérez:
bajo. Luisa Carmona, Jenara Cortés, Antonio Campos,
Miguel el Lavi: coros. Conciertos Casa de América.
Madrid, 25 de noviembre de 2004. 21 horas.
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Montse Cortés y su
grupo |
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La recta final del año viene plagada de estrenos discográficos
flamencos. Y Madrid es el escenario. Hace apenas tres días
José Mercé estrenó ‘Confí
de fuá’ en el Teatro Lope de Vega y un par de
semanas atrás Niña Pastori puso de largo ‘No
hay quinto malo’ en el ciclo de conciertos de Casa de
América. El mismo marco acogió la presentación
del segundo disco de Montse Cortés. ‘La
rosa blanca’ sonó por primera vez en directo
en este afortunado escenario, un recogido anfiteatro con capacidad
casi familiar que, para colmo, goza de excelentes medios técnicos.
Así pues, la audiencia pudo disfrutar a placer de la
voz de una cantaora, en momento de gracia, cuyas facultades
convierten este ramo de nuevas canciones casi en mera excusa.
El repertorio del concierto -que reprodujo fielmente el disco...
y en flamenco no siempre ocurre- estuvo formado por cantes
eminentemente festeros: tangos, rumbas y bulerías.
Sólo se salió de esta línea para cantar,
sólo acompañada por la solvente guitarra de
Diego de Morao, la soleá ‘Lloran al lao mío’.
Como ella misma dijo con su dulce voz de hablar, hizo “un
homenaje al flamenco tradicional”, ese que, aunque no
muestra en sus discos, domina con tanto acierto como ese otro
más extrovertido. Este cante le sirvió para
mirarse dentro, para demostrar conocimiento y templanza. Pero
sólo fue una gota de intimidad en medio del alborozo.
El concierto comenzó con las bulerías ‘Nostalgia
añadía’, anunciando la fórmula
a seguir: canción flamenca de corte rítmico,
casi siempre de poesía insustancial, adornada con coros
y dotada de espacios abiertos para dar alas a la voz de la
cantaora. Desde su registro más tenue al más
forzado, la cantaora resuelve. Y es que de su dilatada experiencia
en el acompañamiento al baile y a la guitarra para
artistas de la talla de Joaquín Cortés, Antonio
Canales o Paco de Lucía, Montse Cortés ha extraído
una absoluta seguridad y un perfecto dominio de sus cualidades
vocales. Conoce sus barreras y, si se extralimita, siempre
sale airosa, dejando pasmada a la audiencia.
Las rumbas ‘Río de azúcar’ caldearon
el ambiente, para dar paso al primer single del álbum:
‘Hiere’, una canción por tangos de pegadizo
estribillo que el grupo (cajón, bajo, dos guitarras
y coros) interpretó de forma sobresaliente. Tras el
paréntesis de la soleá, la artista catalana
reatacó con los tangos ‘...Y si no es verdad?’,
compuestos por el cantaor onubense Arcángel
y, por tanto, impregnados de su estilo melódico. Las
bulerías ‘Un ole a tiempo’, obra del bailaor
Farruquito
-que ya compuso un tema para Niña Pastori en el anterior
álbum ‘María’-,
propuso un juego distinto con el ritmo, con cortes y espacios
de efecto, que enfatizaban los malabáricos juegos vocales
de los que es capaz la cantaora.

Montse Cortés
A continuación, cantó ‘La rosa blanca’,
tango-rumba que da título al disco. A tenor del cálido
aplauso de la concurrencia, tiene visos de futuro ‘hit’.
Con el mismo entusiasmo recibió ‘Las Alfareras’,
unas bulerías de acelerado tempo, con inicios jerezanos
y desarrollo acancionado que, en el disco, cuenta con el aliciente
de la guitarra de Tomatito. Una vez presentado al grupo y
dadas las gracias a todos los que debían recibirlas
-incluido el productor, Javier Limón, que se le olvidó-
cantó el coro ‘Jesús de Nazaret’,
una especie de oración convertida en balada con la
que comparte su sentimiento religioso. El público se
puso directamente en pie. Montse Cortés casi no digería
tanto cariño. “Me tenéis emocioná.
Canto lo queráis. ¿Canto otra vez el ‘Hiere’?”.
Y lo cantó. Aprovechando el derroche de complicidad,
Piraña animó a la audiencia hasta a acompañar
con palmas, como en los conciertos buenos. Todos felices.
“¡Dios os bendiga!”
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