FESTIVAL FLAMENCO DE NÎMES
2008
MIGUEL POVEDA • CHANO LOBATO • ROCÍO
MOLINA
De maestros y discípulos
Silvia Calado. Nîmes, 26 de enero de 2008
Festival
Flamenco de Nîmes 2008. Galería de fotos,
por Daniel Muñoz
(con Chano Lobato, Miguel Poveda, Rocío Molina)
Viernes, 25 de enero. Miguel
Poveda (cante) con Chicuelo (guitarra) y El Londro
y Carlos Grilo (palmas). Sábado, 26 de enero. Chano
Lobato (cante) con Niño de la Manuela
(guitarra) / ‘Almario’, Compañía
Rocío Molina: Leo Triviño
y Emilio Florido (cante), Paco Cruz, Juan Requena (guitarra),
Sergio Martínez (percusión), Guadalupe Torres
y Vanesa Coloma (palmas). Festival Flamenco de Nîmes
2008. Théâtre, Nîmes (Francia), 21
horas
Chano Lobato
Chano Lobato y Niño
de la Manuela (Foto Daniel Muñoz) |
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Ole, Chano. Ole, Chano.
Y no hay que parar de decirlo. No, mientras al maestro
gaditano le quede una chispita de fuerza para llegar hasta
el centro del escenario. No, mientras sea capaz de cruzar
un país y llegar a otro -después de medio
día de viaje en tren, avión y autocar- sólo
para dar más de su arte a quien bien lo quiera.
Y en Nîmes lo recibieron con los brazos de par en
par, con una ovación de esas que alzan termómetros.
Como contrapartida, el cantaor ofreció un ratito
de antología cantaora gaditana, mimado al toque
por Niño de la Manuela. Y es que aunque es maestro,
nunca deja de acordarse de los que le precedieron, como
Aurelio
Sellés por soleá, como Ignacio Espeleta
y Manolo Vargas por cantiñas, como la chirigota
de Las Viejas Ricas por tanguillos... A lo que añadió
su ‘savoir faire’ por tientos-tangos y por
ese género tan suyo que es el de contar anécdotas.
El anfiteatro romano de la ciudad le trajo a la memoria
aquella de cuando quiso ser torero para sacar adelante
a sus hermanas. “Y fíjate qué paliza
no me daría la vaca, que me sacó hasta los
tacones de los zapatos. Mis hermanas, que se vayan al
comedor. Qué difícil es ser torero. Aunque
cantaor...”. Y tanto que lo es, aunque él
haga el mágico truco de que no lo parezca. Porque
hay que verlo cantando de pie, sin micro y bailándose
por bulerías. Y luego irse agarradito del brazo
del guitarrista como un ancianito impedido. El escenario
hace el milagro de insuflarle vida... la misma que él
le insufla al escenario. A qué tanta medicina.
Miguel Poveda
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Miguel Poveda (Foto
Daniel Muñoz) |
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No extraña entonces que, ante
ejemplos así, haya jóvenes flamencos que
se dejen la piel en los teatros. Y hubo dos ejemplos en
la recta final del festival. A continuación de
su actuación, el de la bailaora Rocío Molina.
Y la noche anterior, el de Miguel
Poveda con un recital en solitario... que tuvo que
defender a pesar del resfriado que traía, precisamente,
de “la bendita tierra de Cádiz”. El
joven cantaor, recientemente laureado con el Premio Nacional
de Música 2007, se ciñó al formato
clásico. Acompañado por la eficiente y cómplice
guitarra de Chicuelo,
más las palmas jerezanas de (el generoso) Londro
y Carlos Grilo, brindó un concierto de la calidad
y el gusto que acostumbra. El epílogo, valiéndose
de un tono pregrabado de fondo, fue por cantes a palo
seco. Martinetes. Pregones. Solito se debatió con
el cante, transmitiendo escalofríos. Ya con la
sonanta a la vera, hizo del cante un algo recogidito,
de dentro, ensortijando la voz. No sin antes alabar a
la plaza, “donde sé que hay un respeto inmenso
hacia el flamenco”, se condujo hacia las alegrías
que en muchos momentos contó más que cantó,
a la manera del maestro Chano. Y esa ronquera que cogió
tumbado en la arena de La Caleta, le dio un regustillo
añejo. La malagueña le sirve para recuperar
el aliento, dibujando los tercios con punta fina, hasta
el verdial de Vallejo, el de las murmuraciones. Entonces
llega el momentazo de la noche. Arranca Chicuelo con la
guitarra, jaleado por el público... y en esas que
hace aparición Diego
Carrasco, que aquí es una institución.
Con su estampa y arte inclasificable entabla diálogo
Miguel Poveda. ‘Alfileres de colores’ trae
la locura al teatro. Y el guiño taurino continúa
en la soleá, con ese verso de Bergamín tan
del gusto de Morente. Mitad de oro. Mitad de plata. Y
la ronquera le hace pelear, pero quiere más asaltos.
Primero, los tientos-tangos, a la antigua. Después,
el remix de coplas. Y ya, al final, las bulerías.
Ya avisó de que pensaba “dejarme el alma,
porque de otro modo no sé hacerlo”.
Rocío Molina
Rocío Molina
(Foto Daniel Muñoz) |
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Y lo mismo hizo al día siguiente
Rocío
Molina, aunque ella venía en plenitud de facultades.
La bailaora malagueña cerró el festival
con ‘Almario’, que estrenó en el pasado
Festival de Jerez 2007. Y de verdad que apabulla la seguridad,
la perfección y la intensidad de esta niña.
El espectáculo no es más que un sencillo
-aunque bien pensado- marco para dar rienda suelta a la
danza de esta artista que crece a pasos de gigante. Y
puede hacerlo porque ya tiene rebasada la técnica,
a lo que añade creatividad y, por llamarlo de alguna
manera, flamencura. Si se pone atención, no hace
más que referirse a las raíces. El taranto
con crótalos y melena huele a Fernanda Romero.
La seguiriya con bata de cola, a Pilar
López. La soleá con mantón a...
Aunque son sólo aromas, pues ella lo inunda todo
con su personal manera de atacar el baile. Y lo mismo
se emplea en un trepidante zapateado, que se pone a rozar
la parodia, que se descalza y, tan sólo cubierto
su cuerpo con una malla negra, se pone abstracta y de
lo más vanguardista. Sin respiro ni descuidos,
la siguen al pie de la letra sus acompañantes,
las dos guitarristas de Paco Cruz y Juan Requena, los
dos cantaores Leo Triviño y Emilio Florido y dos
eficaces palmeras. Y sin esa actitud del ‘cuadro’
no sería posible la propuesta de la malagueña,
pues a todo lo dicho suma una terrible musicalidad, que
traduce con todas las partes de su cuerpo y que aplica
no sólo al ritmo, sino también a los ecos,
los tonos, los climas. A Nîmes la dejó epatada.
Así son los jóvenes flamencos... por tener
maestros como los que tienen.