NIÑA PASTORI. PRESENTACIÓN DEL DISCO ‘ESPERANDO
VERTE’
Flamenco de mayorías
Silvia Calado. Madrid, 23 de marzo de 2009
‘Esperando verte’. Niña
Pastori: cante. Manuel Monge: guitarra. Chaboli:
guitarra, mandola, percusión. Adrian Schinoff: teclados.
Katumba, Ramón Torres: percusión. Samara Amaya,
Ana Núñez: coros. Antonio Ramos ‘Maca’:
bajo. Teatro Rialto. Madrid, 23 de marzo de 2009. 21 horas
Era el tercer y último lunes que,
aprovechando el descanso semanal del musical ‘Enamorados
anónimos’ y su luminosa escenografía,
Niña
Pastori acudía al madrileño Teatro Rialto
para presentar en directo su nuevo disco. No era el día
con más público pero sí, según
ella misma notó, el más cálido. Y esa
sensación se maximizó en los innumerables
y ovacionadísimos bises... por bulerías, por
tangos, por ‘Como el agua’. Aunque ese fue sólo
el culmen de un recital que transcurrió ‘in
crescendo’ entre oles y bendiciones a una artista
que sabe merecer su sitio y que tiene el secreto de abrir
a las mayorías el camino hacia el flamenco.

Niña Pastori
(Foto Daniel Muñoz) |

Niña Pastori
(Foto Daniel Muñoz) |
Arropada por un grupo hecho de nueva savia
flamenca (Monges, Amayas y Rancapinos), acompañamiento
poprockero y la piedra angular que es Chaboli, la cantaora
-que lo es más que nunca- partió la tercera
puesta de largo de su séptimo álbum en dos
mitades. La primera la acometió sentada en silla
de nea, dejando reposar la voz y dejándose caer del
lado jondo. No es que cantara las soleares ni las mineras
del disco, pero sí se decantó por los fandangos
tras poner el instrumento a punto con las bulerías
‘Pintaré de azul’, las alegrías
‘Somos marineros’ y el ‘Imposible’
de su anterior ‘No
hay quinto malo’. Sin desmerecer los tres primeros
compases, en los que ya emocionó y deleitó,
fue en esos aires onubenses donde sentenció. Valiente,
tensa, dulce, perfecta. Por esos tercios recibió
piropos... y algún “¡dios te bendiga!”.

Chaboli (Foto Daniel Muñoz) |

Manuel Monge (Foto Daniel
Muñoz) |
Y aprovechando el clímax creado,
se quedó en el tempo lento para la bulería
‘Vagabundo’ (que en la grabación toca
Vicente
Amigo) y para la canción por tangos ‘Me
he vuelto a levantar’. Entonces dejó hacer
a la banda con unas bulerías de rollo progresivo.
Y regresó cambiando la silla por unos vertiginosos
tacones, el mono negro por un voluptuoso vestido blanco,
el pelo recogido por las ondas sueltas y toda posible distancia
por la más cómplice proximidad con el público.
Tiene toda la conciencia de que es afortunada de tener esa
fidelidad desde que era apenas una niña: “Yo
soy feliz cantando y me siento querida por vosotros... eso
es lo más grande que puede tener un artista”.
Para ellos fue su versión del ‘Cuando nadie
me ve’ de Alejandro Sanz, que embellece con su deje
flamenco y su eco-caricia.
-Uf, qué concentración
(dijo María desde el escenario)
-Dan ganas de llorar (dijo una fan desde el público)
-Bueno, a veces está bien llorar, pero vamos a reírnos
que la vida es muy bonita... (respondió la artista)
Y entonces el tono del concierto viró
hacia el más puro estilo ‘Pastori’, el
de sus rumbas y tangos flamenco-pop, de esos que alegran
la vida y agitan a la gente en sus butacas. ‘Dime
quién soy yo’ de su disco ‘María’,
el ‘Capricho de mujer’ con el que en el nuevo
disco celebra su reciente maternidad, las ya emblemáticas
canciones ‘Amor de San Juan’ y ‘Puede
ser’ que el público no dudó en corear
y, como remate, la movidísima ‘Esperando verte’
que da título al nuevo trabajo. Un subidón
que no hizo sino arengar a la audiencia para pedir más
y más y más. Ya con todo el teatro de pie
y haciéndole compás cantó ‘Enamorada’,
dio las gracias, se acercó más aún
al borde del escenario, y se despidió hasta tres
veces con sus respectivos corrillos del grupo ya desenchufado
y con ganas de fiesta. A todos dio sitio, pero sobre todo
a las niñas, Samara Amaya y Ana Núñez,
potenciales cantaoras con casta, energía y futuro.
Pero el broche lo puso ella, agarrada al volante de su vestido,
acordándose de Camarón
y compartiendo pataíta con Chaboli. Felices se fueron
ellos y felices los que pagaron su entrada. Por las caras
se les reconocía Gran Vía arriba.