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La Paquera de Jerez triunfa
en Japón. El público la aclama. La cantaora, a sus 67 años,
alucina. Una película documental recoge la experiencia.
Un viaje de arte en Tokio
Daniel Gil. Tokio, enero de 2002
Tokio. Domingo, 20 de enero de 2002. Escenario del Nuevo Teatro Nacional.
"¡Paquera, Paquera, Paquera!", "¡Viva Jeres, viva Jeres!".
La Paquera de Jerez concluye la última de sus cuatro actuaciones en la
capital nipona. El público japonés, habitualmente frío y
reservado, jalea a la cantaora. Puestos en pie, los espectadores, que casi llenan
las 1.200 plazas del patio de butacas, se rompen las manos en una larga ovación.
Es el punto culminante de una odisea de ocho días con origen y destino
en Jerez que ha llevado a Japón por primera vez en sus cinco décadas
de carrera profesional a Francisca Méndez Garrido, La Paquera de Jerez,
de 67 años, uno de los últimos mitos vivos de la época dorada
del cante flamenco.

La Paquera afronta el ajetreado ritmo de vida japonés
(Foto: Fernando González-Caballos)
"Hay muchas luces, muchos edificios y mucha gente corriendo", acierta
la cantaora a decir de Tokio. Esa noche, antes de emprender el viaje de vuelta
a casa, a trece mil kilómetros de su apartamento en la playa gaditana de
Rota, desde el que La Paquera deja pasar los largos meses de invierno y en el
que se esconde del bullicio que trae el verano, se siente sobrepasada por una
ciudad de doce millones de habitantes, que a sus ojos resulta apocalíptica,
deshumanizada. De su memoria rescata una imagen con la que compara la de esta
ciudad. "Me recuerda a la Puerta del Sol y la Gran Vía (de Madrid),
con tantos luminosos". Se solapan las impresiones de la artista veterana
y de la joven que, en los años sesenta, triunfaba en Madrid a razón
de siete mil pesetas por noche. Ahora como entonces, sólo el público
y un buen caché consiguen apartarla de Jerez, de su familia de pescaderos,
su cama y su puchero.
Cuarenta años antes, en 1962, Yoko Komatsubara era una joven japonesa,
de clase acomodada, recién llegada a España para dar un giro a su
vida tras caer enamorada del flamenco tres años antes, cuando vio bailar
en su Tokio natal a Antonio Gades. La joven bailarina clásica quiere convertirse
también en bailaora y, en su proceso de aprendizaje, conoce a Antonio Pulpón,
el primer gran representante de artistas flamencos, que le da cobijo protector
y la pasea por España para que conozca cante, baile y toque. Los mejores
actúan en esa época en Madrid, en tablaos flamencos tan populares
como Torres Bermejas, Los Canasteros, El Duende o El Corral de la Morería.
En una de esas noches de inmersión en la exótica música que
tanto la atrae, Yoko cae perdidamente enamorada de una voz de mujer. "Esto
es verdadero flamenco", pensó Komatsubara cuando oyó cantar
por primera vez a La Paquera. "Nunca he podido olvidar su cante".
Aquel flechazo artístico fue el germen de esta aventura. "Me ha
costado cuarenta años convencerla. Siempre se negó a venir tan lejos.
Tengo mucha suerte. Todo Japón tiene hoy mucha suerte", afirma Komatsubara,
incapaz de refrenar su satisfacción minutos antes de que La Paquera de
Jerez debute en el Nuevo Teatro Nacional. Es viernes, 18 de enero. La de esta
tarde es la primera de las cuatro actuaciones que la artista jerezana ofrece dentro
del espectáculo de danza estrenado por Komatsubara, convertida cuatro décadas
después en bailaora, coreógrafa y productora con compañía
propia, una de las referencias imprescindibles del mundo del flamenco en Japón.
Aeropuerto de Jerez. Martes, 15 de enero. La Paquera y su séquito llegan
cargados de maletas y dispuestos a coger el primero de los tres vuelos que les
llevarán hasta Tokio. "Yo voy a Japón a ganar dinerito",
dice la cantaora, abrigada hasta el cuello con un pesado abrigo de piel y de muy
buen humor dado lo intempestivo de la hora para una flamenca. En el pequeño
aeródromo jerezano espera el equipo de rodaje de la película documental
que el antropólogo y crítico flamenco Fernando González-Caballos,
de 27 años, va a rodar sobre la figura de la artista y su odisea en Japón.
Su título provisional, 'Sin ojaneta ninguna', hace referencia a aquella
parte de algo que es desechable por carecer de valor, por falsa o mentirosa; algo
que, para él, no ocurre con La Paquera: "Ella siempre lo da todo,
siempre va por derecho".
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"Yo voy a Japón a ganar dinerito"
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La producción de González-Caballos y la empresa Flamenco Libre,
independiente y de escaso presupuesto, cuenta en el equipo con dos jóvenes
operadores de cámara muy experimentados en el documental: el francés
Yvan Schreck, que ejerce también como realizador, y el sevillano Óscar
Clemente. El currículo de ambos está cargado de puntos de interés.
Schreck ha trabajado recientemente en otra cinta sobre el flamenco: la película
de sus compatriotas Dominique Abel y Jean Yves Escoffier acerca de las Tres Mil
Viviendas, la barriada más deprimida de Sevilla. Clemente ha sido premiado
por su labor de realización en una película sobre la barcaza que
cruza el río Guadalquivir a la altura de Coría del Río (Sevilla).
Ambos trabajaron juntos en las innovadoras imágenes con las que el joven
bailaor Israel Galván ilustró su espectáculo 'Metamorfosis',
inspirado en el texto de Frank Kafka.
El viaje a Japón es, para los tres, una aventura tan importante, atractiva
e intimidatoria como para la propia Paquera. Además, temen el comportamiento
de la cantaora, habitualmente reacia al contacto con cámaras y periodistas.
El control de pasaportes y el embarque en el avión sirven para dibujar
sonrisas optimistas en los jóvenes documentalistas. Para La Paquera ya
son sus "sobrinos". La realización de la película busca
mostrar la naturalidad y la frescura con la que ella se desenvuelve. Con un guión
abierto, cámara al hombro y dispuestos a recoger lo que de imprevisible
tiene la experiencia. Su intención, estrenar la cinta en el Festival del
Cante de las Minas de La Unión, en Murcia, que este verano homenajeará
a La Paquera.
Durante el viaje, los tres jóvenes comprueban que el mundo gira alrededor
de La Paquera mientras ella, impasible, acompaña el movimiento del planeta
con alguna ocurrencia o con sentencias propias de su edad y su experiencia. "¡Ponte
en Pamplona, que de tan cerca parezco el muñeco Michelín!"
grita la jerezana a uno de los cámaras, que ha rebasado el límite
mínimo de distancia para filmarla. Con la cantaora viaja un grupo de asistentes
y familiares preocupados de que no le falte de nada. El guitarrista que la acompaña,
su guitarrista, su 50%, es Manuel Fernández, Parrilla, de 56 años.
Maestro del toque de Jerez. Los palmeros son su hermano Pepe, que hace las veces
de agente personal, y su viejo amigo Anselmo de Jerez. También como palmero
se estrena Pepito, de 15 años, el sobrino preferido de La Paquera. Y, para
atenderla más y mejor, su cuñada Francisca, mujer de Pepe, y su
amiga Curra, la vecina de Rota, que se apunta a un bombardeo. Ellos son la tribu
de esta gitana pelirroja que celebra su atrevimiento aventurero con una copa y
un cante en la zona de tránsitos del Aeropuerto del Prat. Los viajeros,
incrédulos, giran la cabeza. "¡Si esto es un acontecimiento!",
replica ella, "cincuenta años de artista y es la primera vez que voy
a Japón. ¿Quién me iba a decir a mí que yo iba a ir
tan lejos?". La odisea no ha hecho más que empezar.
| "¡Si esto es un acontecimiento! Cincuenta años
de artista y es la primera vez que voy a Japón. ¿Quién me
iba a decir a mí que yo iba a ir tan lejos?" |
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Miércoles, 16 de enero. Siete de la tarde. Un grupo de españoles
llega al lujoso hotel Keio Plaza Intercontinental de Tokio. Las veintiséis
horas de viaje han hecho mella en La Paquera y su gente. La cantaora, que ya roza
los setenta, no está para estos trotes. No es como cuando empezó,
con apenas 18 años. Entonces recorría las plazas de toros de toda
España con un espectáculo que se llamaba 'Así canta Jerez'.
Su poderío, su capacidad física, su talento natural le permitían
llevar su cante a los tendidos sin necesidad de micrófonos. Un derroche.
El compositor Rafael de León le dijo en los cincuenta: "Tienes la
voz para que te la cuiden y te la eduquen para cantar ópera pero, si te
dejas, perderás la pureza del cante flamenco". Ahora, de vuelta de
todo, sabe bien de qué habla. "Rocío Jurado es la más
grande, pero no sabe cantar flamenco. Te lo digo yo, que soy La Paquera de Jerez".
La cantaora aún conserva gran parte de aquel torrente. Todavía
hoy, en los teatros, se sale de micro y emociona con su voz a pelo a cualquier
audiencia. Su magnífico estado físico es directamente proporcional
a los minuciosos cuidados que ella misma se procura. Duerme una barbaridad "ya
sea aquí, en China o en Checoslovaquia", bromea su hermano Pepe. Él
y el resto de la familia se preocupan de que la artista duerma, coma y beba cuándo,
cómo y dónde ella quiera. A la llegada a Tokio se acostó
a las diez de la noche y no se levantó hasta las cuatro de la tarde del
día siguiente. Sólo se despertó dos veces. La primera, de
madrugada, se comió todas las frutas de la cesta que encontró en
la habitación. A media mañana, pidió huevos, panceta y cruasanes,
dio buena cuenta de ellos y siguió durmiendo.

La Paquera canta para Yoko Komatsubara en el nuevo
Teatro Nacional de Tokio (Foto: Fernando González-Caballos)
Viernes, 18 de enero. La Paquera calienta la voz en su camerino del Nuevo Teatro
Nacional minutos antes de su debut. Su vozarrón resuena por los pasillos
del teatro mientras la primera parte del espectáculo se desarrolla en escena.
Toma un sorbito de whisky para preparar la garganta. Otro ejemplo de sus meticulosos
cuidados: ese trago es el único alcohol que bebe 48 horas antes de una
actuación. "Los excesos han acabado con muchos artistas".
La meticulosa organización japonesa incluso ha previsto un camerino
para el equipo de rodaje del documental. González- Caballos pretende utilizar
la experiencia de La Paquera en Japón "para reflejar desde un punto
de vista antropológico, alejado de los tópicos tradicionales, el
choque cultural entre un mundo tan informal como el del flamenco y una sociedad
tan organizada como la japonesa, en la que curiosamente se ha desarrollado un
enorme mercado para esta expresión artística". Ese mercado
ha dado origen en Japón, aparte de a la venta de discos, a la aparición
de decenas de academias de baile, sobre todo en las grandes ciudades como Tokio
u Osaka, tablaos y hasta talleres de fabricación de artículos de
artesanía como trajes o zapatos de baile e instrumentos musicales. Según
datos de la Universidad de Keio (Tokio), en 1996 existían en el país
cien academias, quince tiendas especializadas y diez tablaos.
Continúa...
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