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Sin embargo, no dejaba de tener su aquel, que el homenaje propuesto en Barcelona
por la SGAE y Taller de Músics, el pasado día 26 de enero de 2004,
con motivo del centenario de su nacimiento, fuese oficiado por otro gran herético:
Enrique
Morente. En la palestra, Morente, apoyado por el investigador José
Luis Ortiz Nuevo, presentó a Marchena como a un genio maldito, como un
Dalí del flamenco "poderoso, tierno, excesivo (
) también
algo disparate, surreal, vehemente, sutil, creador
".
Se trató, no obstante, de una evocación poética, de una
remembranza agradecida, de una glosa cómplice hacia un incomprendido, antes
que de un ajuste de cuentas. Los oradores desgranaron con ternura y casi en verso
algunos recuerdos, como aquel conmovedor momento en que Pepe, en su lecho de muerte,
vio a su mujer entornar la celosía de la habitación y le pidió
que no lo hiciera: "No mujer, no corras las cortinas, mira que me queda mucha
oscuridad que ver". En el ínterin, José Manuel Cerro al cante
y Juan Antonio España a la guitarra, ilustraban la sesión con 'Aires
Marcheneros', el título que se le había dado el encuentro.

El rumbo de la alegría
La ceremonia tuvo así perfume de reencuentro, de indulgencia plenaria
de un Marchena al que según Morente y Ortiz no se supo o no se quiso o
no se pudo entender: "Lo suyo era el rumbo de la alegría, el estado
perpetuo de sonrisa en que se halló por siempre, desde que lo parió
su madre hasta el mismo momento en que dejó de ser consciente que era vivo.
Le gustaba eso. Le gustaba reír, le gustaba gozar, le gustaba vestir a
su manera, le gustaba cantar. Era de esencia natural contraria a la seguiriya".
Pero en la España que le tocó vivir en su edad madura muy pronto
hubo poco de qué reírse: las tinieblas lo envolvieron todo y ese
hombre a quien le gustaba decir las cosas sin acritud, dulcemente, con una inflexión
de disimulada melancolía, se quedó sin lugar.
Si lo recuperará, si ya lo está recuperando, se hace difícil
de decir. Por de pronto, la sesión de desagravio de Barcelona invita a
la reflexión, invita también a cuestionarse los propios prejuicios
si los teníamos. Una sana sospecha que bien puede afianzarse, o no, con
la detenida escucha del disco recopilatorio 'Pepe Marchena, la voz de los pueblos',
que la conferencia-concierto también servía para presentar en Cataluña.
Fuere como fuere, merece la pena hacer pasar examen a las certidumbres de cada
uno y darse ocasiones para reencontrarse con la belleza, que es más pródiga
de lo que a menudo suponemos. Y negársela por completo al autor de la colombiana
tiene visos de mezquindad.
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