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EL
QUEJÍO RIMAO
Flamenco y poesía
por
Candela Olivo
Federico García Lorca
"Una de las maravillas del cante jondo, aparte de la esencia melódica,
consiste en los poemas". Federico García Lorca sellaba con estas
palabras la admiración que el mundo de las letras profesa al anónimo
verso flamenco. En su historia, este arte ha fraguado un vasto poemario cuya riqueza
lírica ha llamado la atención de literatos de varias corrientes
y escuelas. Del romanticismo, Bécquer, por ejemplo. Demófilo, padre
de los hermanos Machado, fue de los primeros en recopilar esos versos y pasarlos
a papel como fórmula para salvaguardar un tesoro que la transmisión
oral podía llegar a diluir. Años más tarde, la Generación
del 27 asumió y defendió los valores literarios intrínsecos
al flamenco. De ellos, fue Lorca el más firmemente comprometido con esa
rimada confesión del dolor de un pueblo secularmente subyugado. Poema
del cante jondo es el fiel reflejo de una pasión que pronto tendría
feed-back. Dice el poeta granadino en La Soleá:
Vestida
con mantos negros
Piensa que el mundo es chiquito
Y el corazón es inmenso...
Si
en el proceso de gestación del cante jondo es el poeta popular el que se
erige en juglar del quejío, anotando en las coplas sus propios sentimientos,
el paso de los años dio, en ocasiones, un nuevo papel al intérprete.
Pues, vueltas las tornas, ha sido el cantaor el que ha echado mano del verso del
poeta de renombre para transmitir su mensaje a través del flamenco. En
este intercambio, ha sido Lorca el poeta más cantado. La leyenda del
tiempo de Camarón u Omega de Enrique
Morente son, quizás, las más dignas muestras de este intercambio.
En este disco -incomprensiblemente descatalogado- suenan con ecos morentianos
poemas como Vuelta de paseo, Vals en las ramas, Norma y paraíso de los
negros o Ciudad
sin sueño (Real Audio)...
No
duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan.

Enrique Morente (Foto: Anahí Cármody)
Pero
no sólo a Lorca. Por ejemplo, Morente ha puesto voz flamenca a la Nana
de la cebolla del poeta pastor Miguel Hernández; Vicente Soto Sordera
ha cantado al portugués Pessoa
(Real Audio); Calixto Sánchez a Antonio Machado o a Alberti en De
la lírica al cante... Y se han dado curiosos cruces flamenco/poesía
como aquel homenaje al literato argentino Jorge Luis Borges que, a golpe de cante
y baile, dieron los flamencos en el Teatro de la Maestranza de Sevilla en el centenario
de su nacimiento.
Estas
experiencias de ida y vuelta no merecerían más comentario que la
admiración al enriquecimiento de ambas artes, de no ser porque la poesía
flamenca, la letra, la copla, ha entrado en punto muerto. Sí, es cierto
que, como decía José Mercé cuando publicó Del Amanecer,
los tiempos han cambiado y ya no se pude cantar al borrico aquel que acarreaba
cántaros de agua por los caminos. Ahora hay quien le canta a las pilas
alcalinas; otras que, como La Chiqui, le canta a los Tele Tubbies por tangos;
y otros que, como Diego Carrasco en Inquilino
del mundo (Real Audio), dedica sus canturreos hasta "a la vaquita
que echa su lechecita por las tetitas".
¿Falta
inspiración? ¿Falta calidad artística? ¿Obliga el
yugo comercial a desdibujar los contenidos? ¿Las formas pueden a los fondos?
En parte, Mercé tenía razón, pero sólo en parte. El
marco sociopolítico en el que actualmente se mueve el artista flamenco
no es el de hace veinticinco años, ni el de hace cien, ni el de hace dos
siglos. Y puede que el colchón centrista, medio y acomodaticio que hoy
arropa la existencia del flamenco ya no inspire queja ni lamento alguno. Como
mucho, alguna que otra pena de amor, sentimiento que, como la muerte, sobrevuela
los avatares políticos, económicos y tecnológicos.
Echar
un vistazo a cualquier memoria del flamenco es, como poco, algo revelador. Conforme
las capas más humildes de la sociedad andaluza fueron tomando conciencia
de clase, las letras flamencas se hicieron más comprometidas. El tono de
resignado desahogo de una primera etapa descontaminada de ideologías, se
resiente con las convulsiones decimonónicas. Y el flamenco critica la política
borbónica, idolatra al bandido, resiste al invasor galo... Y desemboca
en el siglo veinte ora sucumbiendo a los desmanes burgueses, ora ondeando banderas
republicanas, como hicieran Manuel Vallejo o la Niña
de los Peines.
Que
bonita está Triana
Cuando le ponen al puente
Banderas republicanas
(Real Audio)

La Niña de los Peines
Los
últimos coletazos de la dictadura volvieron a alzar el grito, tras un silencioso
paréntesis. Y Manuel Molina, José
Menese o Manuel Gerena enrojecen sus voces. Cantaría Lole entonces
en Nuevo día que "el pueblo se despereza, ha llegao la mañana".
Y El Cabrero, al que todavía hoy puede escuchársele en los festivales
de verano hasta letras contra los dictámenes de la Unión Europea,
no renuncia a martillear conciencias en sus fandangos. Por Calañas ha cantado
Se
la dan de inteligentes
Muchos hombres en esta vida
Se la dan de inteligentes
Y son la fruta podrida
Esa que escupe la gente
A la primera mordida
Esta
etapa quedaría del todo incompleta sin la figura de Francisco Moreno Galván,
que dibujó como nadie el clamor popular durante la transición, hecho
quejío por Menese y Diego Clavel. Un ejemplo entre decenas...
Escucha
pueblo que andas
por naciente libertad
no será este pueblo libre
sin aire que respirar
Ahora
el pueblo es libre, o eso dicen, y hasta los albañiles del barrio donde
vive Mercé construyen votos conservadores. Pero es que ni siquiera las
letras nuevas sobre los universales sentimientos están, cualitativamente,
a la altura. Y son muchas las muestras... basta echar mano de cualquier radiorepetido
estribillo.
Candela
Olivo
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