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ESPECIALES: QAWWALI JONDO
El salto del abismo
Alex D'Averc. Barcelona, septiembre de 2003
Fotos: Taller de Músics
En la pasada edición del Festival Grec 2003 de Barcelona el flamenco
corrió una de sus más osadas aventuras: el maridaje con la música
qawwali. El recelo que pudiera sentir el aficionado ante tal experimento tendría
que haberse disuelto al observar la exquisita cautela con que se llevó
a término. Si los amantes de la música tradicional siempre temen,
muy razonablemente, que las mescolanzas con otras músicas puedan desnaturalizar
su expresión, sesiones como la de 'Qawwali Jondo' -en la que participan
Duquende,
Miguel Poveda y Chicuelo- valen para demostrar que pueden también servir
para lo opuesto. Medirse con tradiciones tan ricas como la sufí y conversar
con ellas tan exitosamente sólo puede asentar el aprecio por lo propio
y exaltar la búsqueda de lo mejor de ello, esto es, fortalecer las raíces.
Del valor y el sentido de esa apuesta y de su ejecución procuramos ocuparnos
en este artículo.
Es uno de los últimos latidos de los pueblos y también uno de
los más refinados tesoros que ellos nos han legado. Las músicas
de raíz no son sólo preciosas por su rareza, sino también
porque contienen informaciones insustituibles acerca de nuestros antepasados,
de sus modos de relación y conocimiento, de sus esplendores, terrores y
arcanos. También las formas de transmisión de ese acervo se nos
alejan: la iniciación, la oralidad, el ritualismo, la absoluta implicación
con lo creado.
Si a lo largo de la historia la elaboración de la cultura popular ha
recaído en el misma gente que después la debía recibir, interpretar
y transmitir, el siglo XX vio aparecer las industrias culturales, en las que,
a menudo, gestores anónimos y desarraigados imponían patrones ajenos
a los receptores; asépticos, intercambiables y a la larga, desgraciadamente
dominantes. Por ese motivo, las músicas de raíz que han llegado
vivas al siglo XXI se nos presentan como un fósil maravillosamente sustraído
a las mutaciones del mundo, con su sentido original comprometido por el cambio
de hábitos y maneras de pensar, pero con su rumor trascendente, su sonido
a verdad, su capacidad para transformar la experiencia, arrastrar el ánimo,
hechizar y estremecer, casi intacta. Las suyas son estructuras sonoras de difícil
encaje en las radiofórmulas, planteamientos estéticos y morales
poco compatibles con el modelo estelar anglosajón, letras que con frecuencia
rehuyen las afectaciones al uso y no eluden los recodos más sombríos,
de nuestros "veinticinco calabozos de la cárcel de Utrera" a
la "tuberculosis que nos traerá la muerte" de los rembetis de
Salónica.

Faiz Ali
Así, a pesar de las diferencias de función y contenido, de instrumentos
y espacios, las denominadas con bien poca facundia "músicas del mundo"
comparten una naturaleza semejante que las llama a la mutua simpatía y
a la resistencia conjunta. Y ha sido en los últimos años, cuando
las músicas tradicionales se han dado a conocer fuera de sus reductos primitivos,
sus intérpretes han viajado y se han acercado a otros ritmos y artífices,
el momento en que se ha empezado a sentir esa lógica complicidad.
Pero los custodios de tan delicada tradición han sentido también
en esto el peso de su responsabilidad. Si han comenzado a cruzar mensajes con
músicos de otros ámbitos, a aventurar puntos de enlace, a releer
la propia herencia en otras claves, no ha sido ni con el beneplácito ni
con el consentimiento de todos los aficionados. La larga polémica de si
el cante debe seguir siendo un arte de iniciados, casi secretamente transmitido
y cantado según códigos invariables o si debe abrirse al mundo para
no agotarse, aún a riesgo de que se disuelvan sus esencias primordiales,
no nos es exclusiva, aunque algunas veces sí sea modelo de encono.
Pero con todo, muchos flamencos ya han transitado esa senda. El jazz, como
referencia de música de raíz que ha trascendido ese estado para
volverse universal, ha sido un filón recurrente. También el blues,
o las músicas cubanas, con las que existía una larga historia de
intercambios que la última década ha revivificado y asentado. Otros
acercamientos quedan por ensayar, como tanteos con la sevdah bosnia o la rembetika
griega, pese a los paralelismos que entre ambas y el flamenco se podrían
hallar. En cambio, la música árabe, en alguna de sus múltiples
modalidades, sí ha recibido la visita de emisarios del cante, aunque haya
sido de forma algo esporádica. No obstante, una de esas conjunciones ha
sido reveladora de una magnifica intuición, la de haber presentido que
el flamenco podía encontrarse con el qawwali y alumbrar un 'Qawwali jondo'.
Tirar monedas. Partirse la camisa
Antes había que abstraerse de las diferencias. Por ejemplo, el qawwali
es una música muy vinculada a su antigua función religiosa. Las
enseñanzas de los sufis, una rama heterodoxa del Islam, la contemplan como
un modo de recordar a Alá y acercarse a él sin otras mediaciones.
Asimismo, para su interpretación se emplean el harmonio, el rabab y el
sirangi (cuerdas) o la tabla y el dholak (percusiones), instrumentos de la tradición
persa e hindostaní a los que no estamos habituados. Pero las coincidencias
son persistentes. El acompañamiento clásico y fundamental del qawwali
son las palmas. Como el flamenco, el qawwali es una música cantada que
da una total preeminencia al vocalista. Al comenzar a cantar, para conseguir la
disposición adecuada, el qawwal (cantante de qawwali) se vale del Alap,
forma musical que, entre otras cosas, puede consistir en modulaciones vocales
ascendentes y descendentes. A lo largo de las canciones, largas declamaciones
monosilábicas, que guardan una gran similitud con los quejíos flamencos,
rasgan la melodía. Las sesiones de canto bien trenzadas van creciendo en
intensidad, hasta que el intérprete entra en un poderoso trance que puede
llevarle a alcanzar un estado de iluminación espiritual conocido no como
duende, pero sí como "fana". Y, desde luego, también el
público puede dejarse transportar por un parejo arrobo, que expresará
arrojando monedas a los músicos, en el momento en que aquí los más
conmovidos se partirían la camisa.
No extraña que tantas vecindades hayan sugerido a los organizadores
el hablar de "espíritus gemelos". Y además de con remembranzas
formales o con unas vicisitudes históricas evocadoras en su cotejo con
lo flamenco, el aficionado puede deleitarse con un fantasioso brinco de la imaginación,
que le llevará a salvar la distancia entre el norte de la India y Pakistán
y la Baja Andalucía, cubierta hace tantos siglos por el pueblo gitano.

Faiz Ali
El atrevimiento para este salto se lo debemos a Taller de Músics, que
ya en 1989 citaron a qawwalis y flamencos en un mismo escenario. Pero ha sido
su última reincidencia la que ha reforzado los cimientos de un experimento
que sería una lástima que no prosiguiera. 'Qawwali Jondo' ha enrolado
a Duquende, Miguel
Poveda, Faiz Ali Faiz y el Qawwali Ensemble para un encuentro arriesgado,
volátil, pero incontestablemente hermoso. En la cita del Teatre Grec de
Barcelona, Poveda mostró que tiene un instinto fuera de lo común
para dar con los mejores atajos y llegar a campos ajenos sin sufrir percance o
mengua de la propia identidad. Flexible y sutil, sabe trasladar la lógica
del flamenco a mundos que se rigen por otras reglas sin que lo esencial se desintegre
por el camino. Duquende estaba a su lado, y ya esto era un acontecimiento. Cantaron
primero cinco temas juntos, antes de que Faiz Ali Faiz y los suyos dispusieran
de media hora para atrapar al público con sus emanaciones hipnóticas.
Luego llegó el peliagudo momento de compartir las tablas.
Nuevo fluido
La falta de referentes hace que el juicio de lo acontecido sea complicado y
quede como única brújula la emoción percibida. Se sintió
el respeto de los músicos, se sintió incluso un pelín de
su congoja por adentrarse en veredas tan inciertas, pero también se percibió
la sensación de feliz peligro, de aventura difícil que está
a punto de resolverse; se sintió por momentos que se alcanzaba la temperatura
en que los metales alquímicos se transmutan y renacen como un nuevo y mágico
fluido.
Al grácil dibujo del cante de Poveda, Duquende le ofreció su
intensidad. Fue así como se compenetraron y como pudieron dar un contrapunto
bien trabado al qawwali de un magistral Faiz Ali Faiz y los suyos. Un hombre,
sin embargo, fue el que estuvo más inspirado y accionó los resortes
más cabales: Chicuelo.
Su guitarra se movió ligerísima y fue enmarcando todas las tentativas
de los otros artistas. Con su concurso, se tuvo la definitiva impresión
de que las músicas se fundían una en otra, aunque fuera para retirarse
pudorosas al poco. Y, sobre todo, se tuvo el convencimiento de que lo que emergía
tenía sentido, operaba como una suma, se completaba y se enriquecía.
Hubo, en rigor, un 'Qawwali jondo', o cuanto menos su acertado esbozo, y lo más
emocionante es que los espectadores fueron testigos de su generación.
¿El futuro del qawwali jondo? Los escarceos que se vieron en Barcelona
están llenos de encanto y contienen sugerentes promesas. Pero dos tradiciones
tan marcadas necesitarían alternarse mucho y con gran dedicación
para conocer todas sus potencias y de ahí generar un lenguaje coherente
y perfectamente cuajado. Los hábitos y ritmos de consumo, las necesidades
de los músicos, los riesgos económicos de la empresa, la lejanía:
muchas cosas conspiran contra una investigación extensa de hasta donde
podría llegar la fusión de qawwali y flamenco.
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