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Rafael Marín, el maestro y teorizador
que nunca existió (o eso quisieron muchos)
Alberto García Reyes. Sevilla, noviembre de 2002
En el flamenco es ya esencial la discusión sobre la importancia de
saber música o no. Algunos afirman que conociendo el solfeo se pierde autenticidad.
Otros, en cambio, están seguros de que el conservatorio aporta conocimientos
que auxilian enormemente a la hora de componer y ejecutar. Y en medio de estos
dos bandos se encuentra Rafael Marín, un guitarrista decimonónico
que, por circunstancias cronológicas y sociales, aprendió a meter
las manos en las jarcias según dos escuelas: la de Paco el de Lucena, de
quien fue alumno y émulo, y la de Francisco Tárrega. ¿Cómo
podría solucionar el dilema entre lo flamenco y lo clásico?
He aquí la respuesta a otra batalla histórica aún vigente:
los guitarristas por lo fino siempre desdeñaron a los tocaores por lo flamenco
por considerar este género como de segunda fila. Rafael Marín, que
conoció los dos, eligió el arte jondo para desarrollarse artísticamente.
¿Qué vería en él? Probablemente mucha grandeza, tanta
que intentó explicarla con el lenguaje técnico musical. Y con el
corazón: "Sólo diré, a mi leal entender, que la guitarra
es genuinamente española, y que si bien en ella se pueden ejecutar preciosidades
en el género serio, no para eso se hizo, no; la guitarra se hizo para los
aires regionales españoles, y, sobre todo, para los aires andaluces; pues
¿qué instrumento del mundo imita el rasgueo en las Soleares, Malagueñas
y aun en la misma Jota Aragonesa?".
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Pero ese fue su propio castigo, ser flamenco para los clásicos y clásico
para los flamencos. Eso lo llevó al olvido y hoy pocos conocen la figura
trascendental de este maestro. El investigador Eusebio Rioja resuelve en pocas
palabras el porqué: "Posiblemente, el arranque de esta amnesia principie
en el capítulo que Fernando el de Triana dedica a la historia de la guitarra
flamenca en su célebre libro "Arte y artistas flamencos"... Al
no mencionar a Rafael Marín más que como partícipe de la
"siguiente tanda de profesionales" tras Paco el de Lucena, Fernando
el de Triana inicia quizás inconscientemente un injusto silencio de Rafael
Marín, hasta ahora ininterrumpido. Quizás por su extremado "purismo"
-tan limitativo por naturaleza- obvió la "diversa escuela" de
Rafael Marín que contenía indiscretos y evidentes olores clásicos".
Intachable opinión.
Pero como el tiempo es el juez de todas las cosas, un siglo después
todo vuelve a estar en su sitio. Hace ahora justo cien años que el artista
de El Pedroso (Sevilla), donde nació el 7 de julio de 1862 según
el Diccionario de Guitarristas de Domingo Prat (1934), publicó la primera
edición de su Método de Guitarra por Música y Cifra, una
obra básica en el estudio del flamenco. Había estado en París
actuando en la Exposición de 1900 y a su vuelta recibió el encargo
de don Marcelino García. Dudó en aceptarlo, pero finalmente decidió
abordarlo y sólo tardó catorce días en terminarlo. Eran los
años en los que solía frecuentar la tertulia del guitarrero Santos
Hernández en su taller de la calle Aduana y es probable que de allí
extrajera muchas de las ideas que posteriormente plasmó en este libro ejemplar
del que bebieron figuras de la talla de Ramón Montoya, Luis Molina o Manolo
de Huelva, según explica el cantaor trianero Pepe el de la Matrona.
El caso es que Rafael Marín sienta, sin pretenderlo, las bases teóricas
de la guitarra flamenca y, además, logra traducir las falsetas de las partituras
a un sistema de cifras fácilmente inteligible por quienes no habían
pasado por el conservatorio. El método no es del todo ajustado, pues hay
elementos musicales imposibles de explicar sobre el papel, pero Marín se
encarga de añadirle narraciones anexas que dan una idea muy aproximada
al lector del auténtico sonido que debe tener cada pieza. Para ello también
ofrece un decálogo sobre cómo colocar las manos, profundiza en la
correcta colocación de la guitarra en el cuerpo -aún a lo barbero,
pues sería Paco de Lucía quien cambiara este concepto-, traza las
premisas básicas para el conocimiento del solfeo, de los compases y de
los acentos, explica con paciencia técnicas como las del ligado (unión
de dos notas con una sola pulsación), el trémolo ("repetición
de un mismo sonido dos, tres, cuatro veces, etc.") y el picado, así
como el correcto uso de la "ceja" o cejilla.
La cifra, gran aportación
Y una vez aclarados todos estos términos elementales para cualquier
guitarrista, comienza la verdadera gran aportación del sevillano: la cifra.
En realidad este método es sencillo de captar a primera vista, pero tiene
bastantes matices que dificultan luego la ejecución. A saber: el autor
elabora un "pentagrama" con seis líneas, una por cada cuerda
de la guitarra. Sobre cada una de estas líneas se sitúan los números,
colocados en forma de escritura de izquierda a derecha. Por ejemplo: si se coloca
un tres sobre la primera línea empezando por arriba, eso quiere decir que
hay que pulsar la prima en el tercer traste. Los compases están separados
por barras y dentro de cada uno de ellos hay también subdivisiones marcadas
por rayas curvas. Esto es, un compás puede estar separado en dos, tres,
cuatro partes, etcétera, cada una de ellas con un determinado número
de notas. Asimismo, Marín especifica claramente cuándo y dónde
hay que colocar el dedo índice izquierdo como cejilla para ejecutar algún
acorde o escala de picados. Aclara muchas cosas más que no es necesario
señalar, pues para eso está escrito el método, pero sí
es destacable el esfuerzo de síntesis que realiza el músico para
trasladar todos los pequeños detalles de la guitarra al papel y, sobre
todo, con qué facilidad lingüística los explica.

No obstante, uno de los apartados más llamativos del libro es el capítulo
titulado "Historieta del flamenco". En este punto, Marín arroja
una anécdota hasta ahora poco usada en los estudios sobre la génesis
de este arte: "Creo que el flamenco debe provenir de los gitanos, siendo
difícil la contestación a la pregunta siguiente: ¿Quién
legó esos cantes a los gitanos? Y aquí la dificultad, pero yo tengo
algo que contar y es muy fácil que dé alguna luz sobre el asunto.
Si no recuerdo mal, por los años 1881 o 1882 tocaba un servidor la guitarra
en un café muy pequeñito que había en la plaza de la Cebada
(llamábase café de Naranjeros), y por esa época vino a Madrid
una embajada mora, y alguno de los sujetos que la formaban se personaron una noche
en dicho café, donde cantaba también y a la perfección, sobre
todo las seguirillas y martinetes, un muchacho de Jerez. Uno de los individuos
moros, que hablaba bien el español, en uno de los entreactos llamóme,
y después de hablar de varias cosas, me dijo: ¿Cómo se llama
lo que acaba de cantar ese joven? Contestéle que siguirillas gitanas, y
él entonces me dijo que en su país se cantaba lo mismo, o sea, la
música (porque la letra, como se comprenderá, sería en su
idioma); y, en efecto, en su lenguaje se puso a cantar, y quitada la letra, la
música era igual. ¿Es que durante su estancia en España dejaron
esos aires o se los llevaron? Creo lo primero, pues no solamente se reduce a las
seguirillas, sino a otros cantes los que son suyos".
La petenera también proviene...
A esta interesante aportación el autor añade después otras
muchas cuando desglosa uno a uno los cantes flamencos y las características
particulares de cada uno a la hora de tocarlo con la guitarra. En este punto dice
cosas como "la jabera tiene su macho, o sea, su complemento, al que los inteligentes
dan el nombre de rondeñas del Negro". Curioso. Otra: "La petenera
también proviene de una mujer, según dicen, a la que apellidaban
así; pero no cabe duda que su origen es el paño moruno, cante y
toque antiquísimo, como lo es también el Punto de la Habana. Se
ha cantado también una petenera llamada Bola del Fillo". Más:
"La geliana es un cante por alegría muy bonito, el que no cabe duda
es moro" -Antonio Mairena hace un "descubrimiento" posterior y
afirma que se trata de un cante por soleá. ¿Pudo ser un invento
personal al que directamente endosó este viejo nombre de giliana?-. Seguimos:
"Caña de Curro Paula: a ésta todo el mundo ha dado en llamarla
Caña del Granadino, mas no es así, su autor es Curro. Es libre al
cantar, de modo que, según las facultades del cantador, así pueden
durar los tiempos" -¿quién había dicho que la caña
era un palo cuadriculado sin posibilidades de creación? He aquí
la prueba de que no es así. Por cierto, ¿dónde está
la caña del Granadino? ¿Por qué se ha perdido si en el siglo
XIX "todo el mundo ha dado en llamarla" así? ¿Sería
el granadino gitano o castellano? ¿Sería el famoso hermano del Fillo
y de Juan Encueros, Curro Pabla, que creó la toná liviana? Más
bien no, porque en ese caso la razón incorpórea nos habría
legado el dichoso cante-.
Sea o no estrictamente riguroso todo lo que Rafael Marín afirma en esta
obra, lo cierto es que la duda que provoca es enorme, pues ¿por qué
deben tener mayor validez los escritos de otros autores como Fernando el de Triana
o Demófilo? Todos deben ser tenidos en cuenta en la misma proporción.
Todos. Más aún ahora que el acceso a este Método de Guitarra
es tan sencillo, después de que el Ayuntamiento de Córdoba editara
en 1995 una edición facsímil con motivo de su Concurso Nacional.
En un "tocho" de papel valorado en cinco duros Rafael Marín resumió
muchos datos trascentales de la guitarra jonda y, de paso, planteó dudas
que ya es hora de ir abordando en torno al propio núcleo del flamenco.
Han pasado cien años, un siglo. Ya las heridas están curadas. Hablemos
de ellas de una vez por todas.
revista@flamenco-world.com
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