JUEVES FLAMENCOS DE SEVILLA
2007. ROCÍO MOLINA & LAURA ROZALÉN
Oiga, ¿qué dice
que falta?
Silvia Calado. Sevilla, 22 de noviembre de 2007
‘Turquesa como el limón’.
Rocío
Molina & Laura Rozalén:
baile. Paco Cruz, Manuel Cañas: guitarra. Jesús
Corbacho: cante. Sergio Martínez: percusión.
Popi, Vanesa Coloma: palmas. Jueves Flamencos 2007. Centro
Cultural Cajasol. Sevilla, 22 de noviembre de 2007. 21
horas

Rocío Molina (Foto
Antonio Cid)
“Nunca se conforma”. Hay
una voz en off que habla así de Rocío
Molina. Y el espectáculo entero viene
a confirmarlo. ‘Turquesa como el limón’
es una propuesta entre gamberra y clásica que conmina
al espectador a no juzgar. “Así somos”,
sentencian la bailaora malagueña y su compañera
Laura Rozalén a la hora del aplauso final. Y lo
que son -o lo quieren proyectar que son- es dos bailaoras
que gozan bailando, que disfrutan de sus diferencias y
que no quieren que nada les arrebate tal gozo. Aunque
sobren kilos o falten centímetros, ‘limitaciones’
que para ellas no son más que motivo de burla;
y para los que disfrutan de la personalidad y la diferencia,
motivo de alegría. Rocío Molina se destapa
como una descarada cómica, atiborrándose
de canapés -que primero ofrece al público-,
rebuscándose espinillas en el espejo, meneando
la barriga, bailoteando ritmos brasileños, parodiando
y parodiándose. Un remix de voces con acento guiri.
Letreros que penden de sogas. “Ponte a dieta”.
“Estoy amargá”. “Ole”.
“Niña, te falta una cuarta para bailar”,
como a ella le dijo un crítico... o a cualquier
otra un profesor de ballet. Y ella por bailar, baila hasta
las palabras.
Rocío Molina
(Foto Antonio Cid) |
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A partir de ese momento, el espectáculo
olvida tan atrevido planteamiento inicial y toma las formas
tradicionales de solos alternos y un paso a dos. Un grupo
compuesto por dos guitarras, percusión, cante y
palmas las secunda. Laura Rozalén baila sola un
garrotín, antiguo, coqueto, redondeado y muy muy
lento, dando estampas como pintadas por Botero... pero
hace más de un siglo. Jesús Corbacho llama
a Rocío Molina. Y ella aparece vestida de cenachera
para, ya sola con la sonanta, fantasear un zapateado en
el que cada movimiento tiene su porqué. “Amor.
Chocolate. Color turquesa”. Palabras que preceden
la salida, cantando una jota, de Rozalén, con bata
de cola y por cantiñas. A contrastar el clasicismo,
vuelve Molina con su danza casi futura. La soleá
por bulerías la hace medio en penumbra -un poquito
de luz faltaba-, con un alucinante trabajo de brazos,
pies y silencios, con un lenguaje corporal absolutamente
propio. El público rompe en aplausos. Y ella sigue,
ya por bulerías, redoblando carretillas, haciendo
alas de sus brazos, maravillando con sus giros. Ta. Ta.
Ta. Ta. Ta.
“Aligera las mulas que viene el
alba”. El cante de Corbacho, que tan bien resuelve
su sustitución de última hora a Falo, anuncia
el paso a dos. Batas de colas negras. Una mantón.
La otra, castañuelas. El zejel de las ‘Tres
morillas’ las hace danzar con suavidad por la tabla...
hasta que desaparecen. Y entonces vuelve Rocío
Molina sobre un cuadrado de luz, con vestidito rojo salpicado
de lunares, a acordarse de la guasa inicial. Habla, vía
pitos, con el percusionista, como tímida, como
provocando, hasta que estallan en revoltoso ritmo que
se hará rumba y fin de fiesta. “Se están
muriendo de envidia las flores, las estrellas...”.
Y allí se quedan las dos solas gozando con sus
diferencias, riéndose del mundo, ‘cheek to
cheek’.